Cuando menos lo esperas, ocurre que al abrir los ojos alguien te está mirando fijamente, estático.
Sostienes la mirada de esos dos espejos sosegados y te desarma la inquebrantable lealtad que entregan, lealtad enraizada en una antiquísima herencia genética, lealtad templada con instintiva sabiduría. Ves en esos ojos tanta inocencia dócil, tanta incomprensible generosidad por encima de su propia vida misma, que ante esa fidelidad que nada reclama, ni nada espera, ni reprocha nada de ti, te cuestionas si eres digno de ser honrado con su amistad. Es entonces cuando despiertas del trance de esa comunicación visual, y recordando quién es quién, gritas "¡Vamos!", y esa forma de vida terrestre se levanta ladrando feliz y salís juntos a pasear por el planeta, tú con cierta tristeza, consciente como eres de que no encontrarás semejante ejemplo de nobleza en ninguna otra especie de ese mundo.
domingo, 28 de agosto de 2011
martes, 23 de agosto de 2011
A la distancia de un "No estar"
A la distancia de un "No estar"
te tengo cautiva en mi memoria,
por siempre carcelero, que amar
tu imagen es vivir en la Gloria.
Y vaya la vida como la noria
con los años girando sin parar,
que todos los afanes son escoria
al lado de este idolatrar:
Alabo tu mirada y sonrisa
en la catedral de tu hermosura;
comulgo de tu aliento la brisa;
bendigo de tu humor la frescura;
consagro cada beso, cada risa,
devoto de tu bondad y ternura.
te tengo cautiva en mi memoria,
por siempre carcelero, que amar
tu imagen es vivir en la Gloria.
Y vaya la vida como la noria
con los años girando sin parar,
que todos los afanes son escoria
al lado de este idolatrar:
Alabo tu mirada y sonrisa
en la catedral de tu hermosura;
comulgo de tu aliento la brisa;
bendigo de tu humor la frescura;
consagro cada beso, cada risa,
devoto de tu bondad y ternura.
lunes, 22 de agosto de 2011
Cada lágrima inocente
.
Porque yo vestí de espino
tu piel sensible y amable,
cada púa quiere el Sino
sea en la mía un sable;
cada lágrima inocente
que te hiciera derramar,
hundido mi pecho la siente
como en una fosa del mar;
cada silencio de locura
con que mancillé el desvelo
de tu bondad y tu ternura,
se hizo grito en mi duelo...
¿Y cada risa compartida...?
...Sí, ese recuerdo me calma:
es agua que me da la vida
en el desierto de mi alma.
Porque yo vestí de espino
tu piel sensible y amable,
cada púa quiere el Sino
sea en la mía un sable;
cada lágrima inocente
que te hiciera derramar,
hundido mi pecho la siente
como en una fosa del mar;
cada silencio de locura
con que mancillé el desvelo
de tu bondad y tu ternura,
se hizo grito en mi duelo...
¿Y cada risa compartida...?
...Sí, ese recuerdo me calma:
es agua que me da la vida
en el desierto de mi alma.
martes, 16 de agosto de 2011
Oremos
Señor, tú que lo puedes todo,
incluso no existir,
te ruego que me impidas rogarte,
dame fuerzas para estar débil,
y una lucha imposible
para no tener que luchar.
Dame una cara triste como el entierro de un bebé,
cara que no dé pié a confusión
ni sea máscara sobre espejo del alma.
Y cambia al barrendero de mi calle,
me agota ese operario (ya personalizo),
invirtiendo tanta responsabilidad
donde no la tuvimos los demás
empuercando las aceras a diario
con nuestros poemas arrugados
como voces de ancianos verborreicos y delirantes.
Amén.
Qué bien:
un todo a cien,
tengo que comprar un millón de metros de cable
para puentearme el cerebro.
Calor
Qué calor, hoy.
Las moscas echaban humo, como los reactores.
Se han doblado las farolas que no quedaban a la sombra.
En el matadero, los pollos de engorde se pegaban
por entrar los primeros a morir.
Qué calor.
Escupí desde el andamio y se evaporó el gapo
antes de tocar el suelo.
Las mujeres han estado un 160% más guapas de lo normal.
Los perros han salido a pasear con sandalias.
Qué calor.
En el bar, he pedido de tapa un plato de cubitos de hielo.
No quedaban.
Me he tomado una cerveza con un abanico dentro.
Al ir a pagar he tenido que coger la calderilla
con unas pinzas de madera.
Qué calor.
Las cerillas se encendían solas al sacarlas de la caja.
Dos monjas han colgado los hábitos
y se han metido a putas, para ir más frescas.
El de la tienda de animales ha cambiado el cartel
"Se venden peces de colores"
por el de "Vendo sopa de pescado. Calentita, recién hecha".
Qué calor.
Los Testigos de Jehová se han apuntado
a la secta "Ángeles del Infierno".
Los de "Ángeles del infierno" se han ido al Infierno.
En el infierno, Luzi ha mandado apagar las calderas.
"Esto no hay quien lo aguante", decía
y pedía más hielo pal cubata.
In
Incesantemente, la incertidumbre me incapacita
en una insólita incredulidad.
Incordio con imprecaciones indecentes
la incuestionable indefensión de mi indigna indolencia,
indocto introvertido
en la industria de los indultos
a la infame impaciencia.
En insípidos intervalos de ingenio indomable,
insulto la inflexible intransigencia de la inquietud
con la implicación de mi improvisada infancia,
por incendiar
la impredecible impertinencia
de la inmensa e insufrible invocación
a la inconformidad de mis instintos.
Un incomprendido imbécil
me importuna
desde la incómoda, impúdica, indeleble
impavidez instigadora de mi infortunio.
Insisto en indultar
la incógnita imposible de un impulso incierto
con la insensata insurgencia
de una íntima invalidez intelectual,
inmerso en la indisciplina
de la infecunda inconstancia
por la insana imprecisión de mis incoherencias.
Aún implacable impío,
inspiro con inflamada informalidad
la incurable incongruencia insuperable
de invadir el invernadero de los incentivos
para inclinar la inseguridad
hacia el ingente imperio de las impresiones intangibles.
Ya me vale.
en una insólita incredulidad.
Incordio con imprecaciones indecentes
la incuestionable indefensión de mi indigna indolencia,
indocto introvertido
en la industria de los indultos
a la infame impaciencia.
En insípidos intervalos de ingenio indomable,
insulto la inflexible intransigencia de la inquietud
con la implicación de mi improvisada infancia,
por incendiar
la impredecible impertinencia
de la inmensa e insufrible invocación
a la inconformidad de mis instintos.
Un incomprendido imbécil
me importuna
desde la incómoda, impúdica, indeleble
impavidez instigadora de mi infortunio.
Insisto en indultar
la incógnita imposible de un impulso incierto
con la insensata insurgencia
de una íntima invalidez intelectual,
inmerso en la indisciplina
de la infecunda inconstancia
por la insana imprecisión de mis incoherencias.
Aún implacable impío,
inspiro con inflamada informalidad
la incurable incongruencia insuperable
de invadir el invernadero de los incentivos
para inclinar la inseguridad
hacia el ingente imperio de las impresiones intangibles.
Ya me vale.
Novia flamenca
Baila la novia,
flaca, flamenca, flaca;
vuela la guadaña,
silba sedienta.
¡Qué profundas cuencas,
qué sonrisa tan bien dentada!
¡Cuánta poquita gracia
esa capa estampada en calaveras
a juego con la saya negra...!
Negra y podrida va la novia:
un velo de telarañas,
un ramo de olivareras;
pendientes, dos gusanos;
coloretes de sangre fresca,
zapatos de hueso blanco;
joyas, grilletes y cadenas...
Vienen viniendo los novios,
ella señala y señala,
a todos besa,
los quiere a todos:
niños o ancianos,
civiles o soldados,
prudentes o temerarios,
los quiere a todos,
a todos besa.
Vuela la guadaña,
silba sedienta,
flaca, flamenca, flaca,
baila la novia eterna.
El Señor de los Acantilados (V)
"¿Qué es esto...?"
En el pecho,
calor,
una presión
como si el alma quisiera expandirse, ser paisaje;
un hormigueo en los dedos
como si las manos desearan ser viento y trenzar
el olor del mar con los rayos del Sol;
un sentimiento de generosidad
como si un anhelo de su profundo pecho quisiera compartir
con la música de las rompientes olas
un canto a la ilusión del niño
que despierta,
bosteza
y abre sus ojitos, todo afán de interpretar el mundo con agradecida admiración.
Tiempo de amar.
El Señor de los Acantilados ama tanto su propia tristeza
que la vuelve alegría.
Esperanza.
"Es un niño,
mi niño".
El Señor de los Acantilados (IV)
Miró al cielo,
vio una flecha perdida,
que volando por encima de las murallas,
le llamaba.
El hastío detuvo sus pasos,
sonrió ajeno a la mensajera
frente a la esperanza de la herida
y el destino le hizo favor:
paró la muerte con el pecho.
La saeta fue recibida como amiga
con un creciente beso de sangre inocente,
un tibio abrazo de noble dolor,
un breve saludo de palabras y silencio...
"Mi amiga a mi encuentro...
Sácame la vida...
Sólo si tú me las quitas
tiene valor...
Sólo si tú me la quitas
tiene valor....
Sólo si tú... Valor...”
Quedó firmada la promesa de un olvido
que sería recordado eternamente.
Amaba.
Octubre
Ha salido de su cueva indefenso;
ni un endeble escudo de papel,
ni una triste espada de tinta;
camina tan despacio
como el reloj que mide las esperas
de quien llena su vida de ilusiones fantasmas;
observa el mar
como si temiera despertarlo con uno de sus parpadeos;
mar dormido
bajo un manto de lana sucia,
nubes extrañadas
del paisaje
impregnado de la misteriosa luz
que cae de ese grisáceo tamiz...
Entre azul y cielo,
de sal y algas,
un frío viento
eriza de melancolías la piel
del Señor de los Acantilados.
Desnudo de armas
acude al combate de las efemérides de octubre:
tal día como hoy,
la más hermosa y noble de las princesas
que concebir pudiera Azar o Dios,
llegó huyendo de la línea del horizonte
con un presente de roce de labios
que para los suyos fueron llave mágica
de la celda
donde cumplen condena los milagros del amor.
El Señor de los Acantilados vivió medio año
difuminado
en un Universo convertido en decorado de fondo
de ese divino Ser venido de islas lejanas...
Hoy,
ve su pecho abierto
por la lanza de esa imagen
y cae de rodillas
herido de dulce muerte,
y con un lamento en grito
de dolor y gozo
queda inmóvil,
un año más,
feliz de haber perdido nuevamente
la batalla de octubre.
ni un endeble escudo de papel,
ni una triste espada de tinta;
camina tan despacio
como el reloj que mide las esperas
de quien llena su vida de ilusiones fantasmas;
observa el mar
como si temiera despertarlo con uno de sus parpadeos;
mar dormido
bajo un manto de lana sucia,
nubes extrañadas
del paisaje
impregnado de la misteriosa luz
que cae de ese grisáceo tamiz...
Entre azul y cielo,
de sal y algas,
un frío viento
eriza de melancolías la piel
del Señor de los Acantilados.
Desnudo de armas
acude al combate de las efemérides de octubre:
tal día como hoy,
la más hermosa y noble de las princesas
que concebir pudiera Azar o Dios,
llegó huyendo de la línea del horizonte
con un presente de roce de labios
que para los suyos fueron llave mágica
de la celda
donde cumplen condena los milagros del amor.
El Señor de los Acantilados vivió medio año
difuminado
en un Universo convertido en decorado de fondo
de ese divino Ser venido de islas lejanas...
Hoy,
ve su pecho abierto
por la lanza de esa imagen
y cae de rodillas
herido de dulce muerte,
y con un lamento en grito
de dolor y gozo
queda inmóvil,
un año más,
feliz de haber perdido nuevamente
la batalla de octubre.
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