martes, 16 de agosto de 2011
El Señor de los Acantilados (IV)
Miró al cielo,
vio una flecha perdida,
que volando por encima de las murallas,
le llamaba.
El hastío detuvo sus pasos,
sonrió ajeno a la mensajera
frente a la esperanza de la herida
y el destino le hizo favor:
paró la muerte con el pecho.
La saeta fue recibida como amiga
con un creciente beso de sangre inocente,
un tibio abrazo de noble dolor,
un breve saludo de palabras y silencio...
"Mi amiga a mi encuentro...
Sácame la vida...
Sólo si tú me las quitas
tiene valor...
Sólo si tú me la quitas
tiene valor....
Sólo si tú... Valor...”
Quedó firmada la promesa de un olvido
que sería recordado eternamente.
Amaba.
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