León, a tantos de hoy del año en que escribo esto.
Como duermo menos que una lechuza en un concierto Hevy, he asistido esta noche en el albergue de peregrinos a un concurso de ronquidos cuyo primer premio ha quedado desierto porque el jurado se ha quedado sordo y ha tenido que ser trasladado de urgencia al hospital.
En mi opinión, el representante alemán ha hecho grandes méritos por su ataque inmediato, diez minutos después de que se apagaran las luces del dormitorio comunitario, y con un registro de graves equilibrado, profundo de tono como el de una leona llamando a las crías, con acertadas variaciones de volumen de mínimos a alto in crescendo. No obstante, ha de ser descalificado irremisiblemente, pues en sus tiempos de desvelo emitía sonidos carrasposos con la intención pésimamente disimulada de despertar a su más gallardo oponente. Me refiero al inglés que con una actitud de maratoniano incansable se expresaba en un rugido de hormigonera industrial con el eje descentrado. Así con todo, el inglés insistía en quedar profundamente dormido en cuestión de segundos para reiniciar la marcha de su potente motor decibélico. El alemán, al que con sus más de sesenta y cinco años podemos tildar de “Perro no joven”, alcanzó el súmmum de la anti-deportividad a las 4:40 de la madrugada, cuando habiéndose levantado para ir al baño, a su regreso sacudió al inglés con un pérfido guantazo al tiempo que decía “Sorry”.
Posiblemente, muy pocas veces en la historia nocturna de los albergues del Camino de Santiago se hayan dado casos de similar deshonestidad, comportamiento innoble, desprecio por el significado espiritual de esta antiquísima ruta que conduce a la ciudad del Apóstol que no está en ella. Gracias a que Nuestro Señor vela por los justos aún cuando duermen, pudimos ser testigos de cómo el inglés recuperaba el sueño en menos de un minuto, y poco segundos después alcanzaba el nivel rítmico de berrea con el desarrollo equilibrado del ciervo macho de la manada que acaba de sobreponerse en lance desigual contra el cuadrúpedo más viejo y resabiado de trucos engañosos, cual compañía de suministro eléctrico facturando los consumos de energía a sus clientes.
A más anécdota; otro peregrino durmiente no competidor en este reñido concurso y sin relación ni cuento con él, resultó ser víctima del percance de la no aparición de una botella metálica de aluminio, de lo cual se percató al aparejar su equipaje, expresando su contrariedad o cualquier otra emoción natural en esta coyuntura con la palabra “fuk” o algo parecido repetida varias veces y cuyo significado, si no yerro en mi breve archivo de vocabulario de este escupitajoso idioma, considero de lo más inapropiado de pronunciar en el lugar donde nos encontrábamos, nada menos que el “Convento de las Monjas Carvajalas, donde, en virtuosa oración y trabajo, vive una comunidad religiosa donde no se “fuk” ni se “fukó” ni se “fukerá”, por ser actividad mundana, pecaminosa, incluso si se realiza sin formalizar un contrato matrimonial, o se efectúa dentro de este contrato con intenciones distintas a la mera reproducción humana, siendo de esto muy conscientes los allí alojados, especialmente los jóvenes, que con inocente mirada seguían las evoluciones de sus congéneres femeninas ataviadas con esos pijamas del siglo XXI, los cuales no estoy seguro si son prendas de ropa o una capa de pintura dermatológicamente aprobada que se aplica sobre la piel con un spray desde la cintura hasta las rodillas.
Así mismo, hablando de estas nuevas generaciones de católicos, pude ser testigo de su devoción al observar cómo el día anterior habían hecho acopio en los supermercados de cuatro litros de la sangre de Cristo embasada en tetrabrik por una tal Don Simón, que estoy seguro comulgarían durante la etapa de hoy para sobrellevar, intoxicados de éxtasis, los padecimientos físicos del Camino de Santiago, que algunos creyentes, con sano humor cristiano, llaman “Camino de San Ampollo”.
Y esto es todo por el momento, desde la ciudad de León.
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