miércoles, 8 de octubre de 2014
Ingrin, el arquero.
Al amanecer, dejó de nevar. Ingrin disparó el arco. Frauen yacía en el interior de la cabaña consumido por la edad y agotado en un desvelo expectante: había estado escuchando el silencio desde hacía dos días y dos noches. Oyó los pasos de su discípulo alejándose sobre la nieve. El tiempo de acecho y el intervalo entre sonidos significaban una pieza de gran tamaño, cual fuese, herida o muerta a más de un kilómetro de distancia, en si misma suficiente provisión de alimento y otros recursos para abandonar el valle a través de las Cumbres Imposibles. La formación del niño había sido completada, el viejo monje se sintió orgulloso, concentró la conciencia para detener los latidos del corazón y murió en paz.
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