Este cuento educativo es utilizado en los parbularios de toda la Confederación Galáctica. Su contenido puede herir los sentimientos de formas de vida sensibles, por lo cual ustedes los humanos, niños o adultos, pueden leerlo tranquilamente.
EL MONJE Y EL NIÑO
El monasterio chino se caía a pedazos. Había conocido mejores tiempos. El agua del río bajaba negra y apestosa debido a la actividad industrial de la ciudad cercana. Los turistas pululaban por los alrededores merodeando por cada rincón. Alguno se había sentado al borde del bosquecillo para descansar.
A la entrada del templo, junto al río, un viejo hablaba con un niño. El anciano vestía una túnica roja y morada, colores que simbolizan sabiduría y autoridad. El niño, de unos doce años, vestía de blanco, símbolo de la inocencia y la inexperiencia, como correspondía a la uniformidad de los novicios.
- Maestro, ¿por qué los árboles no son todos de la misma especie?
- ¿No lo sabes?
- No.
- Piensa en la razón.
- Por mucho que pienso, no encuentro la respuesta.
- ¿Crees que debe haber una respuesta?
- ¿No la hay para todo?
- ¿Ha de haberla?
- No lo sé, maestro.
- Piensa si ha de haberla.
- ¿Cómo puedo saber si habría de haberla? Tal vez, pudiera haberla y yo no alcanzarla o no alcanzarla por no haberla. En el segundo caso, yo no podría saber que no la estuviese alcanzando por no haberla, podría pensar siempre que no la alcanzo por mi ignorancia a pesar de sí haberla. También podría haberla y yo alcanzarla si fuera tan sabio como tú, maestro porque tú sabes todas las respuestas a todos las preguntas, ¿verdad?
- ¿Cuántas preguntas existen?
- Infinidad, maestro.
- ¿Cuántas respuestas?
- Infinidad, o menos de infinidad en el caso de que algunas preguntas no tengan respuesta, o más de infinidad en el caso de que una pregunta tenga más de una respuesta.
- Menos de infinidad o más de infinidad es lo mismo que infinidad, luego un hombre necesitaría una infinidad de tiempo para escuchar las preguntas y dar todas las respuestas. ¿Hay algún hombre que viva eternamente?
- No, maestro. Ya lo entiendo. No hay forma de saber si un hombre conoce las respuestas a todas las preguntas porque en toda su vida no tendría tiempo de escuchar todas las preguntas.
- Te equivocas. Un hombre puede conocer todas las respuestas sin haber oído nunca las preguntas.
- ¿Cómo?
- Hazme tu primera pregunta.
¿Por qué los árboles no son todos de la misma especie?
- No lo sé.
- Si no lo sabes, maestro, ahora yo sé que no conoces todas las respuestas.
- Pero tu pregunta ha tenido su respuesta: "no lo sé"
- Sí, eso es una respuesta, yo también soy sabio, pues tengo las respuestas a todas las preguntas. Sólo tengo que contestar "no lo sé". Soy tan sabio como tú, maestro.
- ¿Estás seguro?
- Si.
- Cierra los ojos.
Cuando el niño cerró los ojos, el monje levantó un brazo, lo echó hacia atrás con la palma de la mano abierta y manteniendo esa posición preguntó al alumno.
- ¿Qué va a ocurrir ahora?
- No lo sé.
El siguiente movimiento del monje fue tan rápido que ningún ojo humano lo hubiese podido captar por mucha atención que hubiera prestado a la escena.
¡PLAS! La bofetada sonó tan fuerte que en el bosquecillo levantaron el vuelo varias bandadas de pajarillos asustados. Algunos turistas se volvieron a mirar sin comprender el origen de ese "disparo" que habían oído claramente. El niño, que por el golpe había inclinado la cabeza como un muñeco de trapo, se enderezó al mismo tiempo que abría los ojos serenamente, por haber sido educado en la dura disciplina de la templanza estoica de la Orden del monasterio.
- Como puedes ver, pupilo mío, tu respuesta era errónea. A las preguntas que te hice, la respuesta sabia era "me vas a dar una bofetada", y no "no lo sé".
Y ahora, vuelve a cerrar los ojos. De nuevo te pregunto ¿qué va a ocurrir ahora?
- Pudiera ser que el maestro me diera una bofetada.
- ¿Estás seguro de que esa es la respuesta acertada?
- No.
- ¿Dudas?
- Sí.
- ¿Quieres salir de la duda?
- Si contesto "sí", pude ser que el maestro me dé una bofetada.
Si contesto "no", soy mal alumno por no querer resolver mis dudas, y por lo mismo, hacerme merecedor de la bofetada. Si contesto "no lo sé”, sé que puede ser la respuesta errónea y puedo recibir una bofetada que me lo confirme.
¡PLAS! Esta vez, el monje no hizo movimiento previo. La capacidad física de toda una vida de entrenamiento en las artes marciales de lucha le permitía realizar, incluso a su edad, gestos instantáneos con una fuerza contundente y precisa. El alumno, en cuclillas todo el tiempo, estuvo punto de caer hacia un lado. Su cara tomó un vivo color rojo, símbolo de la sabiduría. Unas lágrimas cayeron por sus mejillas. Recobró la compostura, contuvo el hipido entrecortado de su respiración y guardó silencio. En el bosquecillo, las aves apenas se habían levantado por encima de las copas de los árboles, menos sorprendidas por el ya conocido ruido.
Algunos turistas se quedaron mirando las dos figuras, atraídos por la clase matinal.
- Como puedes ver, ratoncillo colorado, lo que iba a ocurrir siguió su curso de manera independiente a tus divagaciones. Dieras o no la respuesta sabia, el bofetón era la realidad. Ahora, vuelve a cerrar los ojos. De nuevo, te pregunto ¿qué va a ocurrir ahora?
- Mi maestro va a darme una bofetada.
- ¿Estás seguro?
- Sí, del todo.
- ¿Por qué estás seguro?
- Es la respuesta más sabia, puesto que si recibo la bofetada tendré la satisfacción de haber acertado la respuesta sabia y si no la recibo, a pesar de haberme equivocado en una valoración demasiado pesimista, tendré la satisfacción de de no tener que soportar el dolor de la bofetada.
¡PLAS! ¡PLAS! Afortunadamente, el monje le propinó una bofetada en cada papo, lo que le equilibró el cuerpo del niño, sometido en este caso a fuerzas de empuje contrarias, y repartió el dolor entre dos mejillas, pues una de ellas iba adquiriendo ya un tono de color morado, símbolo de la autoridad. Pasados unos segundos de conmoción, el niño comenzó a temblar como si tuviese frío. Lloraba profusamente, pero con el rostro inexpresivo, a pesar de la expresividad de sus colores. Los pájaros del bosque que, segundos antes, aleteaban nerviosos por el escándalo que armaba un grupo de excursionistas al cantar a voz en grito, se relajaron al escuchar el familiar sonido de las bofetadas. Varias personas habían ido acercándose a la entrada del templo y rodeaban al viejo y a su discípulo.
- No has sido pesimista, mi pequeño saltamontes malogrado. El riesgo lo has corrido desde el optimismo de la respuesta "me vas a dar una bofetada", cuando la realista y sabia era "me vas a dar dos bofetadas". Ahora, cerraré los ojos yo y tú me preguntarás "¿qué va a ocurrir ahora?".
- Maestro, ¿qué va a ocurrir ahora?
- Me vas a dar una bofetada.
- Pero esa no es la respuesta sabia, yo jamás daría a mi maestro una bofetada.
- Te ordeno que lo hagas.
El niño, enseñado en la Sagrada Ley de la Obediencia a los monjes sin importar cuál fuera la orden recibida, comprendió que el maestro había dado la respuesta sabia y, no quedándole otro remedio, golpeó muy levemente con las puntas de los dedos de la mano, como en un gesto cariñoso, la cara de su maestro.
-Tenías razón, maestro.
- ¿Estás seguro?
- Sí... ¿Sí?
¡PLAS! Algunas de las hojas de los árboles del bosquecillo, las que estaban sujetas con menos fuerza, se desprendieron y cayeron al suelo. Todos los turistas, excursionistas, monjes, discípulos, servidumbre del templo y curiosos que pasaban, rodeaban en círculo al sabio y al niño, escuchando atentamente las enseñanzas impartidas. Hacían fotos y filmaban con cámaras digitales, tomaban notas apresuradamente en agendas y cuadernos. Los pájaros se habían quedado dormidos, a las once de la mañana de un soleado día de primavera.
El niño se había llevado las manos a la cara, gritaba de dolor, blasfemaba e insultaba con chillidos histéricos al anciano maestro y a todos los presentes. Tardó media hora en conseguir fingir que se había calmado. En su rostro, como esculpido en piedra de granito, quedó un gesto malvado, una mirada torva, rencorosa, iracunda, tal vez asesina, que parecía surgir de ese pozo putrefacto del alma que comunica directamente la naturaleza humana con el corazón del infierno.
Te volviste a equivocar, mi pequeño saltamontes abofeteado. La respuesta sabia, que yo no di, para ocultar intencionadamente mi sabiduría y poder poner a prueba tu capacidad de aprendizaje, era "tú me vas a dar a mí una bofetada y yo a ti otra", de lo cual debes aprender lo que ya deberías saber a estas alturas: ni tu maestro ni ningún hombre sabio o ignorante crea la realidad cuando habla, sino que la realidad, repito hoy por segunda vez, tiene existencia propia e independiente de la palabra, sea la palabra en divagación o en afirmación segura y venga de quien venga.
- Ahora, cerremos los ojos los dos. Yo, que soy tu maestro, te digo que uno de nosotros dos dará una bofetada, y sólo una, al otro, tan fuerte que lo tumbará de costado. ¿Qué va a...?
¡PLAS! El maestro cayó de costado, sangrando por la boca. Fue escupiendo uno a uno los pocos dientes que había conservado hasta ese momento de su vida, dando al charco de sangre que se iba formando delante de su cara el aspecto de un gazpacho con tropezones de taquitos de cebolla, muy cargado de tomate.
El niño, alumno aventajado en Kung-Fú, sacaba las mejores notas en el gimnasio del monasterio. Su maestro de educación física, Kevin Debruces Lee, le apodaba "Garra de tigre"
- Maestro, la respuesta sabia es "yo, tu pequeño saltamontes espabilado, seré quien te dé una bofetada". Ahora puedes terminar de preguntarme "¿qué va a ocurrir ahora?"
- Efcelente, efcelente..., mi pequeno zatamontez ninja..., haz apendido la lezón: pada conocé la dezpuezta zabia a una pegunta, fabica pimedo la dezpuezta zabia y dezpuez haz la pegunta.
¡PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS!
El público concurrente aplaudía admirado de la sabiduría del maestro y la agudeza del discípulo. Se agotaron las memorias y las baterías de las cámaras digitales. Los lapiceros se quedaron sin punta, los bolígrafos sin tinta, las agendas y los cuadernos sin hojas. Los pájaros, despertados por la salva de aplausos, acudieron raudos a comer el gazpacho, excepto dos, que se quedaron en la rama de un árbol haciendo el amor. Mal. Era la primera vez.
La madre del niño puso una denuncia.
Hace tres años que el maestro no para de recibir bofetadas.
Los otros presos quieren mucho al maestro. Cada día que pasa se hacen todos un poco más sabios.