Lucha, esfuerzo, dolor, pérdida,
un mundo loco y enfurecido
que nos arranca la piel
con látigo de espinos.
Y siendo tan poca cosa como somos,
somos tanto, que el universo
nos queda pequeño.
Por eso, al tocarnos,
creamos entre nosotros uno nuevo
en el que un parpadeo
es nuestro ser y estar eterno;
la piel, un límite infinito;
el pensamiento, nebulosas llenas de ilusión y misterio.
Más allá de ti, no hay nada,
excepto Dios, espacio y tiempo...
Dios que te alaba,
espacio que te acuna,
tiempo que se sonroja
porque no puede medir ese parpadeo
que es nuestro ser y estar eterno.
¡Qué cierta!
¡Qué real eres!
Y el resto del mundo, fondo,
paisaje, adorno, marco insulso
de tu sólido ser.
Tú,
esencia, verdad, luz, calor, caricia
que regenera la piel perdida,
que inclina de mi lado
la balanza de la vida
sólo por tomarme de la mano.

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