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Ella era una mujer ordinaria que se salía de lo corriente. Tenía un culo que si tiraba un pedo sentada en un canto rodado fabricaba una bolsa de arena para el gato y unas tetas que cuando tomaba el Sol en toples en una posada rural las cigüeñas venían a posarle barro con hierbas en los pezones.
Él no era tonto. El tribunal médico le denegó, tras acalorada discordia interna, la pensión que solicitara su familia por una supuesta incapacidad mental.
Era alto como un champiñón bien crecido, delgado como un hipopótamo, guapo como una cicatriz de quemadura de ácido, compresivo como un lobo en un redil de ovejas, sensible y educado como J. M. Aznar, y atento como un funcionario de la administración después de treinta años de plaza fija. Se sentía solo cual pedorro en una escuela de perfumistas y buscaba novia para ejercer el amor y sus ordeños afines. En su espesa barba escondía las galletas que robaba en el hospicio, se le hacían puré con el hilo… la soga de baba perenne nacida en la cuna 40 años atrás.
Ella, harta de ser valorada como un objeto sexual quería encontrar al hombre de su vida: un tonto con dinero que buscara un objeto sexual.
Aquel fatídico día el Universo confabuló para retorcer los destinos como hacen los burócratas con los papeleos… Bueno, no, menos. Se hundió el falso techo del comedor social sobre nuestro falso. Doce horas después recuperó el conocimiento no porque valiera la pena, sino porque no tenía otro y se asustó al verse de color blanco. Le explicaron que una enfermera había ido a bazar chino a comprar un raspador de cocina y lija de chapa para quitarle la roña.
Una monja vino de cáritas con una bolsa de ropa que una criada de “pijos” había donado por error. Él se escapó del hospital pulcro de cuerpo, traje y corbata. El taxista de la puerta le confundió con el cliente que esperaba.
- ¿A dónde, señor?
Él contestó con el único balbuceo que en décadas saliera constante y repetitivo de su boca desde que aprendiera a hablar en la infancia, un inteligible “tu puta madre” que el taxista entendió “Al Cultura Café”, el local Chilaut de moda en la ciudad. A medio camino, radio-taxi comunicó la buena nueva paternidad al conductor, no veamos a ese hombre frenar de golpe, apear a nuestro barbas y volver al hospital a dos ruedas por los cruces y tomando las señales de tráfico con la misma seriedad que toma una plaga de langostas la degustación de un campo de trigo.
En fin, nuestro Gentleman cruzó la acera y cascó, como no, un cabezazo contra una puerta de cristal que en letra gótica de oro rezaba “Golden Palace Hotel” o algo así, seguido, eso sí, de cinco estrellas. Un conserje vestido de Arman creyó ver a un cliente atontado de un golpe, cuando la circunstancia era de nacimiento. Lo cogió del brazo, lo sentó en una silla Luis XV tapizada con motivos pastoriles y le posó delante a modo de peloteo anti-demandas un Güisqui de veinte y cuatro años en un vaso de diseño que había que coger con las dos manos porque tenía el culo de vidrio más gordo que la ventanilla de un batiscafo. Todo eso en un ya, para de seguido echar a correr el conserje hacia la puerta, que acababa de entrar Juan Carlos de Borbón en compañía de treinta guardaespaldas amigos suyos lleno de orgullo y satisfacción.
Ella había pasado la noche en el hotel invitada por un ejecutivo de Chupachups S. A. que le enseñó el sobrante de una muestra después de negociar con unos árabes interesados en financiar una fábrica en Kuwait. Apareció por el Jol despampanando indiscreta y bamboleando enérgica como haciendo la digestión de un empacho de leche condensada. Vio a nuestro Él y se enamoró tanto que fingió un tropiezo y la pobre, ni para qué, redondeó de un cabezazo el pico de una mesa antes de enganchar involuntariamente de la misma su corrector dental en la anilla de la cremallera de la bragueta del “pijo” del “pijo”.
En la sala de urgencias de la clínica un cura chocho los casó por un habitual meterse donde no le llamaban y “Por paliar el pecado”, palabras clericales del senil.
Él no se opuso, en su estado, borracho de güisqui, lujuria y deficiencia mental, ya con el calzoncillo astrónomo, esto es, con un palomino como un telescopio apuntando a la vía láctea derramada.
Ella se hizo la tonta como golfa que busca tajada por boda.
No fueron felices ni comieron chicles siquiera. Percatada la exuberante tipa de que su recién marido no tenía ni DNI rompió el contrato de boda, para nada, porque el cura no lo era ni supuesto, sino un viejo esquizoide que se creía Tutankamón y se disfrazaba de ministro de Dios Nuestro Señor para robar impune vendas por el hospital.
Pues ná, que fracasó el amor, pero eso no empañaría la belleza del recuerdo en la memoria de él, si la tuviera, que tampoco. Como de político. Bueno, no, menos.
miércoles, 10 de marzo de 2010
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