Después de cuarenta años de casados,
tu boca es el cementerio
donde van a morir los elefantes
cariados cuando se hacen viejos;
el sarro, una turba de ladrones de marfil
que asedian los cimientos
de ese cañón putrefacto;
tu aliento, la garantía
de que no se te acercará ningún gusano
mientras sigas exhalándolo;
tus labios... para tus labios no hay metáfora:
son dos pellejos muertos.
Me desespero por hallar la razón
de que aún las cosquillas me calienten el pecho,
los nervios me hagan temblar piernas y muletas,
cuando meto la lengua ahí dentro.

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