viernes, 30 de diciembre de 2011

Me sigue tenaz un cobrador

.

Me sigue tenaz un cobrador
vestido de "No te quiero menos";
valentía debo con dolor
a la Vergüenza de mis venenos,

con el Tiempo cruel aliada,
catedrático él en usura
que saca réditos de la Nada
sin pausa, compasión ni premura,

y así mi deuda van cebando
tanto que menguan mi dignidad:
el Tiempo me irá recordando
siempre con Vergüenza la verdad,

"Serás moroso hasta la muerte"...
... No saben ellos que, al pasar,
el cobrador sentirá mi suerte
por haberme hecho familiar

y quitándose ese disfraz
me cubrirá con él por respeto
y yaceré ya siempre en Paz
por dejar al mundo mi secreto:

No te hablaré como primero,
pero por tantos momentos buenos
te diré siempre cuánto te quiero
vestido de "No te quiero menos".

sábado, 26 de noviembre de 2011

Pronóstico sonético

¡Oh, héroe de estas elecciones!
Hombre justo, noble, franco y llano,
inspirador de nuestras ilusiones,
¡Oh sabio, oh salvador, oh Mariano!

Eje de esperanzas y pasiones,
háblanos y guiados por tu mano
vayamos al son de tus soluciones
untando con vaselina el ano,

y preparados frente a la Banca,
cuenta con nosotros, fieles patriotas,
para frenar con el culo la tranca

de banqueros que se ponen las botas,
de la deuda que nos deja sin blanca
y de tanto listo tocapelotas.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Bajo el cielo despejado



Bajo el cielo despejado,

con los ojos reticentes

a la insistencia de esta luz no invitada

que viene a ellos humillándose

en un estúpido afán de perder el tiempo,

no deja de parecerme

el ancho y luminoso mundo

una estrecha y lúgubre guarida

desde que no te veo, amor,

amor mio...


La brisa merodea los paisajes

y al ritmo de esa cautela

los árboles, que otrora susurraban alegres,

hoy murmuran desconfiados y molestos...

...Sí... Escucha,

escucha el río,

cómo huye,

cómo sus aguas antes cantarinas

en juegos de caricias con las piedras,

ahora son algarabía de protesta

en premura ya obscena de tan codiciosa de exilio

desde que no te oigo, amor,

amor mío...


... Y aún así,
mis días tienen espacios que retozan como niños ilusionados:

son esos momentos en que el ángel de tu recuerdo

viene a desollarme la piel

con la seda de sus alas

desde que no te rozo, amor,

amor mío...







martes, 15 de noviembre de 2011

Una hoja de papel

Una hoja de papel.
La hoja es blanca.
En la hoja, solo hay palabras y nada más.
Si las palabras son algo y el resto nada,
solo hay algo y nada en este rectángulo.
La parte de la hoja donde van quedando las palabras que escribo
va dejando de ser nada para convertirse en algo, justo donde toca la tinta.
Escribir es crear,
Voy creando palabras en la nada,
las que deseo crear,
no puede conocer el deseo una libertad más pura.
El deseo puede decir un “te quiero”
y ahí queda
para siempre
rodeado de palabras y nada
en este rectángulo
que es la vida.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Una vida en otro planeta. Añoranzas

.
Ahora que estoy preparando la comida os contaré cosas sobre mí.
Al despertar, lo primero que veo es mi acuario lleno de secadores. Colecciono secadores de pelo submarinos. Algunos son muy antiguos, pero funcionan como el primer día.
Como me gusta ver amanecer, lo he grabado en vídeo y lo veo a esa hora, las diez u once de la mañana. Lo primero que hago es calentar con un soplete el número del día en mi calendario de hierro para que se ponga al rojo y sea festivo.
Me miro en el espejo, me aseguro de ser yo y no un intruso que me haya suplantado mientras dormía. Me ducho con el grifo cerrado, para ahorrar agua y no humedecer la toalla cuando me seco.
A continuación, le pongo un saco de cebada a Manteko, mi hámster, para que vaya abriendo boca. A Manteko le compré en un viaje a Japón. Para pasarlo de manera furtiva por las aduanas le dormí con un somnífero y le anillé de adorno en mi llavero. El perro antidrogas del aeropuerto casi le come. El policía que radiografió el "llavero" me lo quiso comprar, alucinaba porque nunca había visto un muñeco con esqueleto. Manteko practica el Sumo. Cuando entrena pega unos pisotones en la jaula que tiemblan los cimientos de la casa. Un día se me escapó y puso patas arriba a todos los gordos del pueblo. Tuvimos que aplaudirlo para que pensara que había ganado la final y ya podía volver a casa.
Soy de costumbres fijas. Unto el pan con crema solar factor 50 para que no se queme en la tostadora. Caliento la leche contándola chistes verdes, que la electricidad está por las nubes, y no me refiero a los rayos de las tormentas. Extiendo mermelada de tocino en la tostada y la cubro con una loncha de queso de ornitorrinca. Me priva.
Leo las noticias en mi periódico, lo compré hace 17 años, voy por la página dos.
Y escucho música de hilo, es como la de cuerda, pero más fina. Me gusta la música. A los tres años de edad ya tocaba el piano de casa, sólo por las patas, porque a las teclas no alcanzaba. Como dejaba los dedos marcados, me castigaban a ordeñar los pulgones de los geranios hasta llenar una botella de litro.
En mi cuarto cumpleaños papá me regaló una guitarra eléctrica. "Toma, para que pases el tiempo". El instrumento funcionaba mal, porque luego papá decía que el tiempo no pasaba cuando tocaba yo. A mamá le gustaba. Yo hacía melodía heavy y ella cantaba una de amor: "¡Me vuelves locaaaaaaaaaaa, ya no puedo maaaaaaaas!"
Comencé el colegio a los cinco años. Papá quiso apuntarme a uno bilingüe, pero como eran muy caros me matriculó en la escuela pública y me compró una llave inglesa para que hablara con ella. Mi cartilla de notas era ejemplo de trabajo bien hecho, porque cada cero estaba pulcramente escrito en su casilla sin tocar la de al lado. Papá y mamá eran analfabetos, señalaban los ceros y me preguntaban "¿Qué significa esto?"; yo contestaba "Que mis notas son redondas", y ellos se quedaban muy contentos.
Mi infancia fue muy breve. Me hice adulto el día que al volver del colegio vi a mamá sacar a José Javier de la lavadora, ahogado. José Javier era mi oso de peluche. Salí gritando a la calle, alguien llamó a la policía, se llevaron detenida a mamá. Un psiquiatra le hizo el diagnóstico de Psicosis con desconexión emotiva en enajenación crónica.
El entierro de mi oso fue multitudinario. Acudieron autoridades de la importancia del Defensor del Pueblo Peluche y el Ministro de Felpas, así como personajes de la cultura y el deporte (Don Pimpón, Coco, Naranjito...) encabezados por el actor Mimosín, el cual pronunció unas conmovedoras últimas palabras que desataron el aplauso general.
Mamá trató de defenderse en el juicio. Cuando dijo "¿Es que se ha vuelto loco todo el mundo? ¡Lo lavé porque estaba sucio! ¡Sólo era un peluche, coño! ¡No le ha pasado nada!", la mitad del jurado se desmayó. Han pasado treinta años, mamá sigue en el manicomio. No se fían de ella, una vez la sacaron de la celda acolchada, le quitaron la camisa de fuerza y en un descuido de los vigilantes se lanzó sobre un plumero y le desgració la vida a una colonia de ácaros que vivían en el polvo de una estantería sin meterse con nadie.
Papá no volvió a levantar cabeza desde el día del crimen de la lavadora porque casualmente acababa de comprar unos zapatos tan bonitos que se ha pasado la vida mirándoselos cuando camina.
Por el trauma se dio a la bebida, aunque sólo de agua, porque era abstemio. Bebía de fuentes, estanques, charcos...
La mala vida le llevó a caer en el arroyo, porque pisó mal y el puente no tenía barandilla. estuvo debajo del agua dos horas bebiendo. Sólo salía a respirar. Sufrió un coma hidrolítico, le salvaron en la UVI. atiborrándole de polvorones, a modo de reabsorberle el líquido mortal. Cuando despertó, el médico se lo dejó claro: "El agua o la vida, elija". Papá cayó en una profunda depresión. Para tranquilidad de todos, comenzó a beber güisqui en el hospital, al principio con pajita, hasta que recuperó fuerzas y pudo sostener el vaso sin ayuda de las enfermeras.
Después del alta, se pasaba el día en casa, borracho. Eso me hacía feliz, porque yo le veía con buen color de cara.
En mi sexto cumpleaños ya me hacía cargo de todo, de la casa y de la granja. A diario, después de las clases del colegio, me iba a trabajar a los campos con el tractor. Había adiestrado a mi cerdo Goschila para que apretara los pedales con el hocico, porque yo solo alcanzaba a conducir poniéndome de pie en el asiento. Llegamos a coordinar muy bien, ese año quedamos los terceros en Las 24 Horas de San Pancracio 1974, la carrera anual de tractores que se celebraba el día de la fiesta patronal. Nos dieron de premio el mismo jamón que había regalado yo la semana anterior a la comisión de festejos.
- Mira, Goschila, como hemos corrido bien, nos devuelven una parte de tu padre.
-Oink.
Goschila era un indolente.
El ganador de la carrera me propuso cambiar su premio (Un arado de oro con diamantes) por el mío. Mis jamones eran de fama gastronómica regional por su alto contenido en vitamina C, gracias a que mis cerdos sólo comían naranjas. Me negué por razones sentimentales.
Ese año papá intentó suicidarse con un biofrutas. Se salvó por los pelos, los que dejaban los ratones que entraban en el aparador de la cocina a lamer los vasos. Vomitó la mitad de esa porquería, llegamos a tiempo para que le hicieran un lavado gástrico que duró dos horas. La fregona salía del estómago que daba pena verla, tuvieron que cambiar el agua del cubo una docena de veces.
No volví a dejar a papá solo. Me lo llevaba al colegio. Aprendió a leer a sus 45 años. Se le daba bien. Hizo toda la primaria en un año; la secundaria en seis meses; en un mes se licenció en químicas; se doctoró en una semana, sacó la cátedra en 24 horas y diez minutos más tarde le dieron el Premio Novel por su trabajo "Anfetamina y rendimiento neuronal", pero no fue a recogerlo a Suecia porque le daba miedo salir del pueblo, decía que se perdía.
En fin, tanto drama me hizo hipersensible. Por ejemplo, la semana pasada lloré en un restaurante chino cuando el cocinero acuchilló una cebolla ante mis propios ojos.
No obstante, soy feliz. Tengo dos pasiones que me llenan a reventar: comer y beber.
También me gusta leer y cuidar el huerto . Siempre hay labor, en octubre cayeron todas las castañas, las tiró el viento, de mi peral, un árbol que no florece porque dice que eso es de maricas. Yo le poso castañas en las ramas porque un árbol frutal que no da fruto no vale para nada, al menos eso he leído en un libro titulado "Un árbol frutal que no da fruto no vale para nada".
Tengo miles de libros, todas las semanas compro dos o tres y los leo. Los leo nada más que por fuera, porque por dentro tienen muchas letras y además si se abren apestan a tinta y papel.
Soy creyente, si bien, no me apoyo en la Fe porque se me arruga la camisa. Eso sí, voy a la iglesia todos los días, a cuidar dos colmenas que tengo contra la pared de atrás. Las abejas hacen una miel cojonuda, cuando hay bodas y entierros se ceban con las flores de la iglesia y el cementerio. A cuento, riño con Ramiro, el cabrero. Este bestia, con alevosía y nocturnidad, lanza las cabras por encima de la tapia del cementerio, salta él y las aupa una a una para que coman las flores de todos los nichos, salvo las de el de su hijo, el pobre Andresito, fallecido cuando éramos críos, dicen que atropellado en las vías, pero es mentira. Aquella tarde le apostamos dos canicas y un chicle a que no descarrilaba el tren de un cabezazo. Lo había hecho más veces, pero ese día perdió porque el tren venía cargado de carbón, lo cual era absurdo porque siempre iba vacío en dirección a la mina, supongo que fue algún error en un cambio de agujas. Nos dolió tanto lo de Andresito que le pusimos las canicas en la mano y el chicle en la boca antes de que cerraran el ataúd, el día del entierro. Teníamos buen corazón. Después de la desgracia colocaron un cartel de "Prohibido cruzar las vías".
Cosa que nos prohibían, cosa que hacíamos. Nos juntamos todos los chavales del pueblo para cruzar las vías. Uno trajo una cadena gorda de casa; otro, una llave del calibre adecuado; yo, el tractor. Mientras unos vigilaban, los demás soltamos parte de los pernos roscados de un raíl, enganchamos el extremo al tractor con la cadena y Goschila aceleró a tope. Doblamos el raíl en arco cruzándolo sobre el de al lado. El tonto de Miguelón decía que el tren se iba a partir a lo largo por el medio y que la mitad continuaría su camino mientras la otra mitad se estrellaba. Lo había visto en los dibujos animados. Se creía todo lo que veía en la tele desde que comiera unas setas muy raras que crecieron en la cuneta al lado de su casa. El médico había dicho a los padres que el niño no tenía secuelas de la intoxicación que le encamó dos meses, y que , si acaso, había madurado, porque le ocurría con la TV lo mismo que a todos los adultos del pueblo.
Total, que volcaron treinta vagones. Tardaron dos semanas en retirarlos. Esos días acudíamos por la noche a "comprar" carbón al vigilante nocturno de la ferroviaria. Maximino, el panadero del pueblo, fue a denunciarlo al cuartelillo, por envidia, porque tenía enemistad con el vigilante y el derecho a "Compra" denegado. Se fue con un cesto lleno de bollos y volvió a los cuatro días, negro como un Bantú deshollinador y cojeando. Nos enteramos que los guardias le habían dado a probar un centenar de tortas para pedirle su opinión de panadero y luego le habían invitado a entrar en la carbonera del cuartel para que contara las piedras, por saber si faltaría carbón para "cocer el pan" todo el invierno...
¿A qué venía todo esto...? Ah, sí, por mis aficiones. Como veis, me gustan los animales. Soy Presidente del Club de Carreras de Caracoles. Hace años que se inauguraron las carreras. Va ganando el caracol de Eusebio, un molusco licenciado en económicas que ahora va por 4º de arquitectura, seguido de Tergiverseitor, el caracol de Gumersinda, doctor en derecho y opositor a la Presidencia del Gobierno Molusco, que seguramente gane porque ha prometido autopistas de moco para todos...
...¡Uy! Os tengo que dejar, se me queman las patatas... Y las alubias... Y los botes de conservas... Se me quema todo, está ardiendo la despensa, ya me volví a dejar el soplete encendido en la alacena. Voy a llamar a los bomberos, estarán en el salón jugando al póker. Se vinieron a vivir aquí porque me despisto mucho en la cocina.
Saludos, terrícolas, pasad buen día.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La Princesa Localina

En un reino tan lejano que solo venia representado en mapas del tamaño de cinco pieles de vaca cosidas, vivía la princesa más bella de todos los cuentos de princesas conocidos y por inventar, se llamaba Localina y para describirla es necesario recurrir a los tanes: Tenía los ojos tan grandes que hacia arriba le ocupaban toda la frente y hacia los lados le llegaban a las orejas; sus pestañas eran tan largas que cuando parpadeaba ponía a todas las moscas contra la pared; su cuerpo era tan esbelto como los números de la nómina de un ministro; sus movimientos tan elegantes que cuando tropezaba hacía tirabuzones en el aire antes de estamparse contra el suelo; y su voz tan dulce que a quien la oía el oído le formaba miel en lugar de cera y toda la corte aplaudía pidiendo un Bis cuando la princesa se desgañitaba gritando insultos a los lacayos por cualquier tontería, como acostumbraba. A la princesa le gustaba oler las flores de los jardines de palacio, perseguir a las mariposas y capar gatos con la espada de su padre, el rey Seborreico I.
Ya de pequeña mostró una inteligencia precoz cuando escapó de palacio a gatas el día de su bautizo para ir a presentar disculpas a una malvada bruja que por descuido de sus padres no había sido invitada a la ceremonia. La bruja, especialista en hechizos somníferos, pasó de los rencorosos planes de dormir a todo el reino, a dormir a la niña con una pastilla de las que venden los alquimistas, sin receta, de forma que la criatura no diera guerra mientras llegaban sus padres para llevársela, previo pago de dos monedas de plata, porque la bruja era mala, pero no tonta, y si les parecía caro, que buscaran otra canguro, que ella ya estaba hasta las tetas muy ocupada en buscar un reino donde la ningunearan ya de una puta vez como es debido, que ya padecía insomnio de buscar una escusa para poner a roncar en alguna comarca a todo lo despierto, pero todo, todo, que no quedara desvelado ni un búho caído de cabeza en el puchero del café. Años más tarde lo consiguió, pero eso es otro cuento, en otra parte, donde un príncipe baboso morreó sin permiso a una indefensa y bella durmiente.
Volviendo a la biografía de nuestra princesa, cuando la niña tuvo el cabello lo suficientemente largo, el rey la ató por el pelo a una pata del trono para que no causara más problemas, harto ya de que la niña tomara prestados objetos que hallaba a su alcance, para manipularlos cual ingeniosa artesana y transformarlos en otros con los que asustaba a las gentes de palacio. El colmo fue aquella cajita del diablo, con botones numerados que emitían pitidos de flauta al apretarlos y de la que salían voces humanas como si el mismísimo Demonio hubiera encerrado dentro almas en pena de pecadores difuntos.
Así fue como nuestra Localina creció atada, con un radio de alcance que con los años se fue alargando a medida que crecían sus cabellos. Al llegar a la adolescencia comenzó a suspirar tanto por su soledad sentimental que los pulmones se le desarrollaron potenciando la ya sin par belleza, despertando en palacio exuberantes miradas, turgentes admiraciones y prietos comentarios.
Soñaba Localina románticas fantasías o fantasiosos romanticismos y anhelaba el día en que su cabello le permitiera alcanzar la charca de los príncipes encantados, tal que ocurrió casualmente en su diez y ocho cumpleaños, después de estar tanto creciéndole el pelo. De la cabeza. Y así, enamoradiza, pero racional, no cachonda, aunque lo primero suele llevar a lo tercero porque lo de en medio (racional) se ofusca, inició la nada fácil tarea de encontrar un príncipe adecuado.
La charca estaba seca, las ranas se había bebido todo el agua. Formaban éstas una colina, por amontonadas, de varios metros de altura. Nadie se extrañe, es lógico en un mundo lleno de reinos, con príncipes mal criados deambulando ricamente vestidos, sobre briosos corceles y en actitudes gallardas. Hablando en cristiano: haciéndose los chulitos, hasta topar con alguna bruja ignorantona, de esas reprimidas que solo saben hacer el hechizo de la rana, por facilón, sí, el que viene en la portada del betseler "Magia para torpes"...
En fin, que me distraigo. Pues allá pasaba los días la princesa Localina cogiendo ranas y tirándolas por los aires, pero a toda leche, que parecía un sexador de pollos ludópata trabajando como un loco para intentar pagar sus deudas de juego, hasta que la pilló su madre, la reina María Zoófila, quien le recriminó tan impropia conducta.

-¡¿Qué haces con las ranas, niña?! ¡Que son para besarlas, no para destriparlas contra los árboles!
- Buscar la que quiero, mamá, antes no doy ningún beso.
- Pero hija, si son todas iguales.
- Eso digo yo.
- Entonces, ¿qué buscas?
- Una que tenga dinero, joder, mamá, que pareces tonta...
- ¡¿Cómo te atreves?! ¿Así te he educado yo? ¡Ahora mismo vas a tu padre!

El rey, al ser informado del percance por la reina, valoró que su hija era ya una persona adulta, inteligente, cabal, con autodeterminación, y digna portadora de los valores de la monarquía, y por todo ello la liberó de su atadura con un espadazo que le vino al pelo.

- ¡Buaaaaaaaa, buaaaaaaa, mi peloooo, mi lindo peloooo, buaaaaaa! ¡¿por qué no soltaste el nudo, papá?! ¡Buaaaaaaaaaaa!
- Porque llevas toda la vida apretándolo a tirones! ¡Eso no lo suelta ni un marinero culturista! ¡Y deja de ir a la charca, allí nunca sabes lo que te va a tocar! ¡Ya te busco yo pretendientes!
- Pues yo he leído en un cuento que...
- ¡He leído! ¡He leído! ¡Todo lo arregláis con leer, los jóvenes de ahora! ¡Mírame a mi: no sé leer ni escribir y he llegado a rey!
- Jo, papá, pero es que el abuelo, que en paz descanse, era rey, y tú, como hered...
- ¡Ni abuelo ni hostias! ¡Que yo empecé de príncipe y he llegado a lo más alto sudándome mis infamias! ¡Y vale ya de contestar a tu padre, que te encierro en una torre y no te dejo ver ni a un peluquero que te adecente!
- Tú no me quieres, ¿verdad papá?
- ¡Pero hija! ¿cómo se te ocurre decirme eso?
- Siempre quisiste un niño, todos los reyes sois iguales. Me tratas como a un chico.
- ¡Mentira y gorda! Anda... Mi cielo... Toma, mira, te dejo mi espada, para que veas, y ahora vete a jugar a los jardines, que papá tiene mucho que hacer.

Supongo que ahora entendéis el porqué de que la princesa desahogara sus frustraciones feministas capando gatos con la espada de su autoritario padre. O eso me dijo el médico de palacio, Simónfredo. Bueno, en realidad se llamaba Sigmun Froid, pero le cambiamos el nombre para que dejara de ser el hazmereir del reino. De Alemania vino. ¡Qué nombres más tontos ponen por esos países...! Solo se escapó un triste minino, muy listo, se calzó unas botas para salir corriendo por encima de los espinos, nadie le persiguiera. Dicen que llegó a otro reino y triunfó en la vida con su astucia. Pero eso es otro cuento.
Se sabe que cuando no se ama a nadie la vida no tiene sentido, y heles aquí a todos los felinos privados del órgano de expresar el amor, sin ilusiones, desmotivados. Así es: dejaron de cazar. También. ¿Consecuencia? Plaga de ratones.
A no se sabe qué lumbreras de la Corte se le ocurrió decirle al rey que contratara a un flautista para acabar con la plaga. Al "músico" había que verle. Tenía las típicas pintas de esa clase de gente que te hace pensar "Éste, o se ha pasado la vida llevando hostias o no ha tenido nunca al lado a alguien que le diera una bien dada y a tiempo". Vestía todo de cuero negro; pantalón pitillo pegado como una mancha de brea; sobre pelo en pecho, chaleco tapa tetillas; botas altas con tacón de dos palmos; Con los cintos, las correas y las muñequeras se podían aparejar dos burros, todo con más clavos que el ataud de un vampiro guardado en un convento, y cadenas como para embutir a media docena de delincuentes; el pelo era pura greña espida que llegaba a la cintura; la cara dibujada (cosas de artistas) con harina y hollín que parecía una mofeta el desgraciado; flaco, flaco como de pasar más hambre que un mejillón pegado a un campanario y con más mierda que la escoba de la carbonera. Tocaba tan mal que los ratones se suicidaban tirándose al río, y encima bailaba como un endemoniado, sacudiendo las greñas como si tuviera un avispero dentro, con una violencia que salpicaba de piojos las coladas puestas a secar en los balcones.
Por poco le linchan las mujeres. El rey le exilió sin pagarle, y el caso es que se largó con una pila de juventud tras él, como embrujados todos, oye, que bailaban igual que el loco, gritando y señalando el cielo con la mano haciendo el gesto de los cuernos, los muy herejes. Con el tiempo, este muchacho sentó cabeza, tuvo un hijo que aprendió a tocar de verdad la flauta, pero bien, que le seguían personas y animales, de gusto que daba escucharle. Pero eso es otro cuento.
Sigo con éste. Volviendo al tema, el rey, muy cuco, envió emisarios a empapelar todos los reinos de aquí a Matapolcacas con carteles proclamando una convocatoria de príncipes aspirantes a la mano y resto de la princesa, cuyas virtudes, innumerables, se ensalzaban detalladamente con un lenguaje culto, florido y seductor. No se presentó nadie.
Por indicación del sabio Saladínsalidín, asesor de farras del rey y experto reclutador de inexpertas doncellas que el rey citaba en sus aposentos privados para conocer la opinión pública sobre las necesidades del pueblo llano, se volvieron a distribuir carteles, pero esta vez con la princesa retratada de ombligo para arriba, lo que se llama "Un busto". ¡La madre que parió al busto, que bien pintado estaba! ¡Qué artistas tenia la corte, qué realismo! La princesa estaba que se salía. Del cuadro. A pie de retrato, una breve reseña: "La quiero casar". Firmado Seborreico I.
Total, un atasco de cagarse, todos los caminos del reino atascados, más príncipes que en el Concurso Internacional de Niños Mimados. El rey, a lo suyo, seleccionó a los cinco más atractivos, desde el punto de vista político, esto es, a los herederos de los cinco reinos más ricos y poderosos.

- ... Y no se hable más, hija mía, que una boda es un negocio. Con todo, espero que descartes al príncipe Ripiondo, porque tiene más pluma que el Parque Doñana, y encima escribe poemas, el piporrón. Muy forrao, sí, pero se meta el oro por donde no esquiva nada.
- Lo mismo digo, papá.
- Muy bien, hija. Otro que no me gusta es el príncipe Sapiéntomos, porque sale a su padre, el rey Magnanimón III de Etiquea. Son gentuza, no se les conoce una guerra, todo lo resuelven con diplomacia, los muy cobardes. Así se aflojan los siervos, pierden la bravura, caen en el vicio de comer a diario, empiezan a reír, se distraen de sus labores... La paz es una gangrena, hija, nadie la vea por su reino.
- Sí, papá, tampoco me gusta Sapiéntomos, tiene cara de enciclopedia. Yo al que quiero es a ese (Señala uno de los príncipes con el dedo).
- ¡¿Queeee?! ¡¿El príncipe Pulgarpito?! ¡Mi hija bebe! ¡Borracha!
- Que no, papá, que le amo sobria.
- ¡Pero si tienes al lado al príncipe Esteroideo de Bicepsburgo! ¡Dos metros de tiarrón! ¡Unos brazos como patas de caballo! ¡Sale a correr en calzones por el bosque y mata los jabalíes a escupitajos en las orejas! ¡Eso es un hombre!
- Lo que tu quieras, papá, pero tiene menos conocimiento que arrascarse el culo con un cangrejo.
- Bueno... Bueno, no tan aprisa... ¿Y qué me dices del príncipe Sadicando? Dicen de él que es digno vástago de su padre, el rey Gerundio El Ladino, afamado en gestas, el mejor rompedor de pactos de la historia, catedrático en conquista, matanza y saqueo, infatigable subidor de impuestos...
- Que sí, papá, ya le veo con mi suegro largar juntos a la guerra y volver todos los días perdidos de sangre y apestando a sudor. No es vida. Amo a Pulgarpito...
- ¡De eso nada!
- ...Es guapo y sensible...
- ¡Que no!
- ... y alegre, ha venido todo el tiempo echando migas de pan a los pajaritos del bosque, y listo que es...
- ¡Localinaaaaaaa, localinaaaaa, no me calientes la orinaaaaaaaa!
- ... que no se desorienta ni caminando solo por el bosque todo el día...
- ¡Basta!
- ... Y siempre hablando cariñosamente de...
- ¡Que te calles!
- ... Sus papás y sus hermanitos...
- ¡¡¡¿POR QUÉ NO TE CALLAS?!!!
- Jo, papá...
- Estás castigada. A la torre. Te casas con Sadicando, empreñas y a gestar sola a la torre. Así no distraes a tu marido, que ya le tengo yo planeado me conquiste unos reinos.
- ¡Buaaaaaaaaaaaaaa!
- Es igual que llores, ¡a la torre! ¡Sola!
- ¡Buaaaaa! ¡Jo, papaaaaa, déjame con unos gatitos por lo menos! ¡Buaaaa... Snif, snif, y la espada... ¡¡¡BUAAAAAAAAAAAAA!!!
- ¡¡¡NOOOO!!!

En fin, que fueron felices y comieron ratones ahogados. Hablo de los gatos, que quedaron muy contentos de la justicia del rey.
¿Las personas? Como siempre:creándose problemas entre ellas, ya sabéis como es eso.

Y conelporrín colocado
este cuento se ha acabado.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El cuando se le hizo un nunca fue de un repentino hace tanto que pasó

A ese nadie
que vive dentro del espejo,
huésped del silencio,
le traen los días todos los segundos maniatados
ante la ventura de un Sino guasón
que se desvela por amamantarle los oídos
con la fecunda teta que inflan
la élite de los acróbatas de la bobada;
y tratando,
en defensa propia,
de racionalizar,
le llegan a los tobillos los dolores de cabeza
que le pare madre ansiedad
cuando desespera en la empresa
de contar los tontos que le rodean,
cual imposible,
porque se le mueven de un lado a otro,
como las gallinas.
Esto dicho, entiendan cómicamente lo trágico
de ni se saber cómo ni cuándo
por lo febril exhaló el alma en fantasmas de vaho,
de lo que se le insubordinó a fósil
la humedad de los ojos
y quedó aterido crónico
de tanto envuelto en la espuma
de ese incesante batir tristezas.
De manera que,
apártense de incrédulos
si tienen cojones u ovarios, aviso que concluyo:
En su pecho late un estupor
que percute contra las paredes del Infinito.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Aventura en África

La sequía se adelantó aquel año. Habíamos perdido al grupo de vista. Llevábamos varios días sin comer. Mis hijos me seguían con estoica voluntad y aunque eran fuertes, acusaban el cansancio. Me encontraba recuperada de mis heridas, pero esta demora en abandonar el Serengueti podía costarnos la vida a los tres. Por suerte, pudimos saciar la sed el día anterior en los hoyos que los últimos elefantes en emigrar escarbaron con sus colmillos en el lecho de una charca que aún conservaba algo de agua.
Vimos el Land Rover al lado de un baobab. Corrimos esperanzados para nada: ni gente, ni agua, ni comida. La avería era reciente, el olor a aceite quemado nos mareó. Las huellas de los ocupantes estaban frescas, tomaban la dirección de Mwanza. Les alcanzaríamos en unas horas, eran la única posibilidad para mis hijos, si no les conseguía algo de comida no llegarían al lago. Al caer la noche, un resplandor nos señaló el campamento. Nos acercamos en silencio, aliviados. Pude ver un guía nativo y un matrimonio de raza blanca con un bebé. Turistas inconscientes, por no contratar a guardas autorizados, por adentrarse tanto en el parque con un solo vehículo y sin radio y,sobretodo, por traer a la sabana una criatura tan frágil sin que les obligara la necesidad.
El guía parecía dormitar, por alguna razón inexplicable había posado su arma contra una acacia, a dos metros. Salté desde detrás de unos arbustos. Arrebaté el bebé de los brazos de su madre con las fauces. Dos saltos más y quedé fuera del círculo de luz que proyectaba la hoguera. Oí disparos a mi cola. Mis cachorros, que me esperaban, corrieron tras de mí cuando pasé a su lado. Una hora después, a buena distancia y al abrigo de la oscuridad pudieron al fin saciar su hambre. Tomé dos bocados, no necesitaba más, dentro de un par de días nos reuniríamos con el resto de la manada, junto al Lago Victoria, allí la caza sería abundante, como todos los años en esta época... Cebras, ñus, antílopes por cientos de miles... Nos daríamos un festín.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Alguien tiene que pagar el pato

-Señor Speed, ¿Dice usted que conducía a una velocidad moderada?
- Así es, Señoría, todas las velocidades a las que conduzco mi coche las modero con elacelerador y el freno.
- Le advierto, Sr. Sleep, que soy intolerante a la lactosa.
- ... No entiendo, Señoría...
- Que usted me la quiere dar con queso, y no lo tolero. Los testigos, aquí presentes, afirman que usted circulaba por lo menos a 100 km./h. por el casco urbano, siendo el límite de 50 Km./h.
- ¡Señoría, los testigos estaban borrachos! ¡Veían el doble! ¡Yo iba a 50!
-Efectivamente, estaban borrachos, por lo cual valoro su testimonio el doble, porque en el mismo acto y tiempo le vieron a usted por duplicado cometer el atropello.
- ¡Me quieren hacer pagar el pato!
- Es comprensible, dado que el pato ha muerto y usted lo atropelló en un paso de peatones.
- Pues alego en mi defensa que el pato circulaba inadecuadamente: atravesaba el paso de peatones montado en monociclo, a todo pedal, no lo hacía caminando, y cruzósin mirar.

Al escuchar esta declaración, el Sr. Juez se dirige al demandante, Sr. Duck Trainer, el cual muestra un aspecto entre desolado e indignado.

- ¿Es cierto eso, Sr. Trainer?
- Sí, Señoría.
- ¿Le consentía usted a su pato ese incívico comportamiento de manera habitual?
- Jamás, Señoría: fue la primera vez en su vida que mi pato cruzó un paso de peatones sin bajarse del monociclo y mirar antes a ambos lados, y esta vez no se detuvo, a pesar de mis gritos de advertencia.
- Sr. Trainer, usted lleva años apareciendo en los medios de comunicación como el mejor domador de patos del mundo, tiene en su haber casi treinta premios internacionales, ha ganado todas la modalidades de concurso posible, desde paso de pato por aro de fuego hasta el de funambulismo de anátidas con malabares, ¿Cómo es posible que su pato no le hiciera caso aquél fatídico día?
- ¡No me hizo caso porque se armó la gorda!
- ¡Modere su comportamiento! ¡Le impongo una multa de 90 euros por faltarle el respeto a la Sra. Butter.
- Perdón, Señoría, estoy muy nervioso, me cuesta controlarme, pero es que esta señora... -El señor Trainer señala con el dedo a una señora de 140 kg. presente en la sala- salió de su carnicería armada con un machete persiguiendo a mi pato, que pedaleó por Pánico sin hacerme caso.
-Es decir, que su pato, dentro de una reacción de miedo exacerbado, se encontraba tan obnubilado que no le hizo a usted caso...
- No, señoría, si mi pato era muy valiente, no temía a nada, quiero decir que pedaleó por Pánico, C/ Pánico Méndez
- Ah, sí, sé cual dice, la que está en obras, están soterrando los contenedores de basura, hay un ruido insoportable, paso por allí para venir a los juzgados. Bien, entiendo que su pato no oyó sus gritos de advertencia, ¿no es cierto?
- Sí, Señoría, snif...

El Sr. Juez guarda silencio unos momentos, repasa unos papeles que tiene sobre la mesa y se dirige a la Sra. Butter.

- Sra. Butter, los testigos, aquí presentes, afirman haberla visto el día de autos a usted y a su hermana gemela armadas con sendos machetes de carnicero perseguir a dos patos, propiedad del Sr. Trainer, por la... sí, efectivamente, C/ Pánico Méndez, de lo cual deduzco, una vez realizada la necesaria división de número para llevar a la realidad la visión etílica de la misma, que usted no tiene ninguna hermana gemela e iba sola persiguiendo a un solo pato, pues en el otro caso supuesto, los testigos, en el reconocido estado de embriaguez, habrían visto a unas cuatrillizas persiguiendo a cuatro patos. Y yo le pregunto, Sra. Butter, ¿Sobre la base de qué derecho justifica usted su comportamiento y qué intención albergaba dentro del mismo?
- Señoría, soy Presidenta de la Liga del Machete Deportivo de mi barrio y tengo en regla la licencia de arma blanca para uso de caza.
- ¡Protesto, Señoría! -Interviene el Sr. Trainer, saltando de su silla, colorado por la indignación- ¡La ciudad no es coto de caza!
- ¡Guarde usted silencio! - Le insta el Sr. Juez- ¡Su turno ya ha concluido!
- Perdóneme, Señoría, estoy muy afectado.
- Pues lárguese de la sala inmediatamente, antes de que le vuelva a sancionar.

El Sr. Trainer se marcha cabizbajo y sollozando en compañía del alguacil de la sala. El Sr. Juez retoma el interrogatorio con la Sra. Butter.

- ¿Quiere usted decirme, señora, cómo se le ocurrió practicar la caza fuera de coto?
- Conozco mis derechos, Señoría, apelo al caso "Wasp contra Slap, 1983", precedente que sienta jurisprudencia reconociendo el derecho de todo ciudadano a eliminar cualquier animal salvaje dañino suelto en lugar público.
- Sra. Butter, en aquel famoso caso la avispa fallecida no volaba identificada como animal doméstico, a pesar de serlo, y por otro lado, quedó demostrado que el Sr. Slap actuó en defensa propia, habiendo sido atacado previamente por el véspido.
- Por eso cito el caso: el pato no iba identificado como doméstico.
- Pero bueno, ¿cuándo ha visto usted a un pato salvaje pedalear en mononociclo?
- Los patos salvajes son muy listos, Señoría, yo una vez vi a uno decir "Cuac, cuac" para engañar a una hembra y obtener beneficios sexuales. El día de autos tuve por seguro que el pato aquél era salvaje y había robado un monociclo con el que se dirigía al estanque del Parque Central para hacerse el chulo delante de las patas.
- ¡Absurdo! ¡Los patos cortejan como las personas: bebiendo y sacando pecho, no con monociclos!
- Que se las saben todas, Señoría...
- Haga el favor de no decir más sandeces. A parte, ¿qué comportamiento supuestamente dañino tuvo el pato con usted u otras personas?
- Me dañó moralmente.
- ¿Cómo?
- Me llamó "Puta gorda".
-¿Pero qué dice usted?
- Lo que oye. Dijo "Cuac cuac", que significa "Puta gorda".
- Sra. Butter, no voy a consentir que se ría usted de mi.
- Señoría, con todo el respeto, me gustaría que intentara ponerse en el contexto de la situación.
- ¿Y cuál es el contexto de la situación, según usted?
- Le explico...
- Adelante.
- Imagine Su Señoría ser un pato que va por la ciudad feliz en monociclo y, de pronto, ve lo siguiente: Una carnicería (la mía), con un escaparate donde se expone todo tipo de género (patos también), y me ve a mí echando un cigarro junto a la puerta, aprovechando un momento en que no tenía clientes... ¿Me sigue?
- Sí, sí, continúe...
- Pues bien, Señoría, usted es un pato. Por favor, concéntrese, es usted un pato...
- Sí, sí, soy un pato
- Piense con todas sus fuerzas que es un pato...
- Lo tengo... Lo tengo... Soy un pato...
- Eso. Y de pronto ve carnicería, carnicera relajada fumando y patos sacrificados expuestos en el escaparate... ¡¿Qué le dice usted a la oronda y satisfecha carnicera?!
- ¡Puta Gorda!
- ¡No! ¡No, Señoría! ¡Usted no puede hablar! ¡Es un pato! ¡¿Qué dice el pato?! ¡¡¡¿Quédice?!!!
- ¡¡¡Cuaaaac cuaaaac!!!
- ¡¿Lo ve, Señoría, lo ve?!

El juez, que había llegado en el ejercicio de su concentración a poner los ojos en blanco, sale de su trance y con cara de estupor se queda mirando muy seriamente a la Sra. Butter.

- ... ¡Ejem!... Claramente, Sra. Butter, queda exculpada de cualquier responsabilidad- Y girándose hacia el Sr. Speed-, Alguien va a tener que pagar el pato y ese alguien va a ser usted, Sr. Speed, he dicho.
Pato cerrado. Pueden abandonar la sala.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Se fue tras Ella

Hoy le pediré a la noche
un sembrado de terciopelo,
amapolas de corazones
en los trigales de su velo,

cada espiga de estrella
(teñida de sangre su fuego)
le cante a la luna llena
versos de amor sin consuelo;

Traiga la noche un rocío
de lloro tenaz y amargo,
una helada de gemido
hile de escarcha un manto;

hoy le pediré a la noche
que tome mi mano el Sueño,
con él, hasta el horizonte
hollaré descalzo el hielo,

que huya mi cuerpo desnudo
y caiga flechado de frío,
el alma que otrora tuvo
se fue tras lo que no es mío

al calor de la luz celeste
que mana de su gentileza,
tras ese amar vehemente,
allá fue, sí, se fue tras Ella.
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