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No sabe que tiene cuatro patas. Es que algunos nunca aprobamos las matemáticas.
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lunes, 30 de marzo de 2009
Puntos suspensivos
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Hoy,
las nubes eran vendas usadas, rotas, rendidas,
que tiempo atrás envolvieron heridas inmensas;
no eran pájaros los pájaros posados,
eran nudos en los tendidos eléctricos
y en las ramas de los árboles.
Las piedras que asomaban en el remanso del río
eran puntos suspensivos…
Ríos, lagos, mares,
caminos que se usan, rompen y rinden siempre contra un final
espejo del principio.
La vida tiene nudos como pájaros
que se posan en los remansos del tiempo
cuando todos los puntos suspensivos se unen
en una nube negra,
entonces, heridas viejas como piedras
se estremecen en la tierra con esos relámpagos que reflejan
ríos usados, lagos rotos, mares rendidos entre sus propias orillas…
En una trenza de agua
que vibra sobre el río,
en una escama de la brillante piel
que embellece el lago,
en un aliento de espuma
que sobre la ola respira la brisa del mar,
en esos lugares te encuentro,
al final de lo que es un principio:
los puntos suspensivos…
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Hoy,
las nubes eran vendas usadas, rotas, rendidas,
que tiempo atrás envolvieron heridas inmensas;
no eran pájaros los pájaros posados,
eran nudos en los tendidos eléctricos
y en las ramas de los árboles.
Las piedras que asomaban en el remanso del río
eran puntos suspensivos…
Ríos, lagos, mares,
caminos que se usan, rompen y rinden siempre contra un final
espejo del principio.
La vida tiene nudos como pájaros
que se posan en los remansos del tiempo
cuando todos los puntos suspensivos se unen
en una nube negra,
entonces, heridas viejas como piedras
se estremecen en la tierra con esos relámpagos que reflejan
ríos usados, lagos rotos, mares rendidos entre sus propias orillas…
En una trenza de agua
que vibra sobre el río,
en una escama de la brillante piel
que embellece el lago,
en un aliento de espuma
que sobre la ola respira la brisa del mar,
en esos lugares te encuentro,
al final de lo que es un principio:
los puntos suspensivos…
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En serio
domingo, 29 de marzo de 2009
La princesa Mileuros
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Érase una vez… No. Cantidad de veces ha sido que en un reino llamado Pártome vivía una princesa cariñosa, de nombre Mileuros y belleza “que pa qué”, a más de una libido tal que alcanzaba el orgasmo cuando la brisa de la mañana le daba en la cara al abrir la ventana de su alcoba en el castillo. En fin, una joya de mujer según valoramos los hombres. Sí, haceos los tontos. Su padre, el rey Cajerotomático I convocó unas justas literarias, que son las más cruentas de todas las posibles, para encontrar con quien casarla y así dejara la joven de dar que hablar a las malas de las ya centenares lenguas catadoras de sus íntimas femeninas humedades y difamadoras con impúdicos chismorreos de lo insaciable del chismorri en cuestión. Vencería el certamen quien diestro, o siniestro, pluma en mano, demostrara superioridad en escribir cuento asaz breve, auto-crítico, gallardo y ameno, revelando en esas cualidades capacidad para soportar a una mujer y gobernar un reino. De todo lo escrito, el rey quedó deslumbrado por el siguiente relato aquí trasncrito de principio a fin: “¿Ein?”, y admirado de tanta acertada brevedad, confesión de estupidez, osada desatención a una Regla Real y divertida interrogación grata-fónica, entregó, sin despegarla del resto del cuerpo, la mano de su hija al esperpéntico autor caballero Requetecardo Corazón De Meón, el cual partió hacia su tierra (Un tiesto con un geranio) en compañía de la desinhibida no doncella ni a que huele, ambos a lomos de la burra Piltrafa, obvia caballería del afortunado en nada. Tras ocho horas de camino, la princesa perdió el conocimiento agotada por el éxtasis multiorgásmico que la cojera crónica natal de la jumenta le infligía despiadadamente, momento que De Meón aprovechó para cambiar ambas hembras a un conocido mercader de esclavos de nombre Quelisto, por un pellejo de vino rancio, medicamento con el que aliviaba el terror lacerante que invadía su mente torturada por las dantescas visiones de cuerpos aplastados que desde la Guerra de los Pulgones, librada en defensa de su reino macetero, le acudían a la memoria para traumatizarle los días sobrios de su existencia…
El caballero Requetecardo falleció en el año 1358 víctima de la cornada de un burro celoso que rondaba por entonces a la desgraciada Piltrafa.
La princesa Mileuros falleció años más tarde a la edad de 97 años, víctima de infarto, mientras hacía el amor con el mozo de cuadras del marchante Gualquelabuelo, nieto heredero del negocio Quelisto S.A.
Y colorín en blanco y negro,
Este cuento ha acabedro.
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Érase una vez… No. Cantidad de veces ha sido que en un reino llamado Pártome vivía una princesa cariñosa, de nombre Mileuros y belleza “que pa qué”, a más de una libido tal que alcanzaba el orgasmo cuando la brisa de la mañana le daba en la cara al abrir la ventana de su alcoba en el castillo. En fin, una joya de mujer según valoramos los hombres. Sí, haceos los tontos. Su padre, el rey Cajerotomático I convocó unas justas literarias, que son las más cruentas de todas las posibles, para encontrar con quien casarla y así dejara la joven de dar que hablar a las malas de las ya centenares lenguas catadoras de sus íntimas femeninas humedades y difamadoras con impúdicos chismorreos de lo insaciable del chismorri en cuestión. Vencería el certamen quien diestro, o siniestro, pluma en mano, demostrara superioridad en escribir cuento asaz breve, auto-crítico, gallardo y ameno, revelando en esas cualidades capacidad para soportar a una mujer y gobernar un reino. De todo lo escrito, el rey quedó deslumbrado por el siguiente relato aquí trasncrito de principio a fin: “¿Ein?”, y admirado de tanta acertada brevedad, confesión de estupidez, osada desatención a una Regla Real y divertida interrogación grata-fónica, entregó, sin despegarla del resto del cuerpo, la mano de su hija al esperpéntico autor caballero Requetecardo Corazón De Meón, el cual partió hacia su tierra (Un tiesto con un geranio) en compañía de la desinhibida no doncella ni a que huele, ambos a lomos de la burra Piltrafa, obvia caballería del afortunado en nada. Tras ocho horas de camino, la princesa perdió el conocimiento agotada por el éxtasis multiorgásmico que la cojera crónica natal de la jumenta le infligía despiadadamente, momento que De Meón aprovechó para cambiar ambas hembras a un conocido mercader de esclavos de nombre Quelisto, por un pellejo de vino rancio, medicamento con el que aliviaba el terror lacerante que invadía su mente torturada por las dantescas visiones de cuerpos aplastados que desde la Guerra de los Pulgones, librada en defensa de su reino macetero, le acudían a la memoria para traumatizarle los días sobrios de su existencia…
El caballero Requetecardo falleció en el año 1358 víctima de la cornada de un burro celoso que rondaba por entonces a la desgraciada Piltrafa.
La princesa Mileuros falleció años más tarde a la edad de 97 años, víctima de infarto, mientras hacía el amor con el mozo de cuadras del marchante Gualquelabuelo, nieto heredero del negocio Quelisto S.A.
Y colorín en blanco y negro,
Este cuento ha acabedro.
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Te rías
Repiquetean en los paraguas
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En las hojas y las ramas
de los árboles del Paseo,
la llovizna se condensa y resbala
en la melancolía de un recuerdo,
en diamantinas gotas de agua.
Dos brillantes estrellas,
dos mundos alumbraban,
el reflejo de dos velas
en el espejo de tu mirada
tallaban un relieve vivo
sobre el fondo sombrío de la sala.
Con una alegría sin prisa,
en una lenta velada,
nos acariciaban las palabras,
suaves, complacientes, cálidas.
Decían, tal vez, todo,
prometían, tal vez, nada.
Grises tapices en la bahía
se difuminan en lontananza,
un mar enfadado castiga
con olas grises las barcas.
Conocías mis temores,
te hablé de mis fantasmas;
soñaste tras la bruma
montes verdes, bellas playas...
Pero vinieron los fuertes vientos
y trajeron las frías dudas
que a las nubes blancas
empujan, oscurecen y rasgan.
A despeinar tus sueños
los fuertes vientos vinieron
Se deshacen las nubes en lágrimas,
repiquetean en los paraguas.
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En las hojas y las ramas
de los árboles del Paseo,
la llovizna se condensa y resbala
en la melancolía de un recuerdo,
en diamantinas gotas de agua.
Dos brillantes estrellas,
dos mundos alumbraban,
el reflejo de dos velas
en el espejo de tu mirada
tallaban un relieve vivo
sobre el fondo sombrío de la sala.
Con una alegría sin prisa,
en una lenta velada,
nos acariciaban las palabras,
suaves, complacientes, cálidas.
Decían, tal vez, todo,
prometían, tal vez, nada.
Grises tapices en la bahía
se difuminan en lontananza,
un mar enfadado castiga
con olas grises las barcas.
Conocías mis temores,
te hablé de mis fantasmas;
soñaste tras la bruma
montes verdes, bellas playas...
Pero vinieron los fuertes vientos
y trajeron las frías dudas
que a las nubes blancas
empujan, oscurecen y rasgan.
A despeinar tus sueños
los fuertes vientos vinieron
Se deshacen las nubes en lágrimas,
repiquetean en los paraguas.
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En serio
sábado, 28 de marzo de 2009
Informe Locuán. 29320091121
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Programación neuronal humana.
Relación de conceptos. La ética, la moral, el individuo, el grupo, la distancia geográfica… Etc.

Los comportamientos humanos son determinados por programas cerebrales básicos en su herencia genética , programas adaptados al entorno por el mismo entorno. Como tanto los factores genéticos como los culturales son variados, los comportamientos humanos son variados. La necesidad de supervivencia, relación social, actividad sexual, reproducción, bienestar y seguridad están relacionados con la ética y la moral. La ética y la moral son la adaptación de los comportamientos a las necesidades comunes, para que los beneficios personales se reciban a través del bien común sin perjuicio de cada uno de los individuos.
Como la base de división social de sus comunidades son los “países” grupos independientes y competentes entre sí, cada uno en un territorio geográfico demarcado, podemos ver como los humanos viven en el convencimiento de que sus valores éticos son internacionales, y sin embargo, sus reacciones emocionales indican lo contrario. Si una masacre de vidas humanas se produce en otro grupo, otro territorio, como noticia provoca poco o ningún interés; en cambio, la masacre en el propio territorio se convierte en noticia de difusión máxima, los individuos entran en reacción colectiva de pesar y miedo, exigen a los dirigentes de la organización social más medios y nuevas leyes para evitar el peligro, renuncian a libertades, aumentan esfuerzos, varían la ética para adaptarla a los propios intereses, haciéndola más partidaria para sí mismos y más cruel para los demás grupos, que reaccionan del mismo modo en una escalada de adaptaciones a las amenazas y agresiones crecientes en esta interrelación de grupos.
Esto es algo natural en el Humano y ninguna cultura lo enfrenta y mucho menos trata de erradicarlo, las culturas más fuertes acaparan bienes, blindan sus territorios con su capacidad militar y fortalecen sus fuentes de provisiones de bienes mediante relaciones comerciales con clases sociales privilegiadas dirigentes de países con poblaciones condenadas a la ignorancia, la miseria y la explotación, sin posibilidades de reaccionar debido a la misma miseria, ignorancia y la amenaza de las fuerzas estatales que los inculcan desde su nacimiento condicionamientos interesados político-sociales y temores de fundamento bien realista.
De esa manera, en los lugares tercermundistas pensar en una concienciación social es absurdo.
En los lugares privilegiados por su desarrollo económico ocurre lo mismo respecto a la formación ética y moral del individuo: el Estado lo adapta al status, a lo que ayuda la misma naturaleza genético-egoísta del individuo. Todo el entorno: familia, medios de comunicación, sociedad en general, inculcan los valores adecuados para que la persona no llegue ni a plantearse siquiera su responsabilidad en este orden mundial que significa altas cuotas de sufrimiento y destrucción de la vida; o se la plantee y la asuma con indiferencia (o satisfacción de afortunado, en algunos casos) o atribuya esa responsabilidad a poderes políticos y financieros, cuando ocurre que en democracia esos poderes políticos han sido elegidos por los mismos individuos; y la suma de poder económico de los individuos de menos recursos es muy superior a las fortunas individuales de los individuos más ricos.
Conclusión final:
Con el dinero que te costó esa botella de vino, que te ha dicho el médico que no bebas, o esa nueva camisa que te revienta el armario, que tienes camisas sin estrenar y se pasa la temporada, habrías salvado la vida a un niño que ahora mismo se muere de hambre, un niño tan inocente y guapo como tu hijo.

Me voy a tomar un café.
La cafeína me relaja. ¡Agresivo le pondrá a su padre! ¡No te jode ya! ¡Coño sabrá el médico! ¡A que pido hora y le parto la cara!

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Programación neuronal humana.
Relación de conceptos. La ética, la moral, el individuo, el grupo, la distancia geográfica… Etc.
Los comportamientos humanos son determinados por programas cerebrales básicos en su herencia genética , programas adaptados al entorno por el mismo entorno. Como tanto los factores genéticos como los culturales son variados, los comportamientos humanos son variados. La necesidad de supervivencia, relación social, actividad sexual, reproducción, bienestar y seguridad están relacionados con la ética y la moral. La ética y la moral son la adaptación de los comportamientos a las necesidades comunes, para que los beneficios personales se reciban a través del bien común sin perjuicio de cada uno de los individuos.
Como la base de división social de sus comunidades son los “países” grupos independientes y competentes entre sí, cada uno en un territorio geográfico demarcado, podemos ver como los humanos viven en el convencimiento de que sus valores éticos son internacionales, y sin embargo, sus reacciones emocionales indican lo contrario. Si una masacre de vidas humanas se produce en otro grupo, otro territorio, como noticia provoca poco o ningún interés; en cambio, la masacre en el propio territorio se convierte en noticia de difusión máxima, los individuos entran en reacción colectiva de pesar y miedo, exigen a los dirigentes de la organización social más medios y nuevas leyes para evitar el peligro, renuncian a libertades, aumentan esfuerzos, varían la ética para adaptarla a los propios intereses, haciéndola más partidaria para sí mismos y más cruel para los demás grupos, que reaccionan del mismo modo en una escalada de adaptaciones a las amenazas y agresiones crecientes en esta interrelación de grupos.
Esto es algo natural en el Humano y ninguna cultura lo enfrenta y mucho menos trata de erradicarlo, las culturas más fuertes acaparan bienes, blindan sus territorios con su capacidad militar y fortalecen sus fuentes de provisiones de bienes mediante relaciones comerciales con clases sociales privilegiadas dirigentes de países con poblaciones condenadas a la ignorancia, la miseria y la explotación, sin posibilidades de reaccionar debido a la misma miseria, ignorancia y la amenaza de las fuerzas estatales que los inculcan desde su nacimiento condicionamientos interesados político-sociales y temores de fundamento bien realista.
De esa manera, en los lugares tercermundistas pensar en una concienciación social es absurdo.
En los lugares privilegiados por su desarrollo económico ocurre lo mismo respecto a la formación ética y moral del individuo: el Estado lo adapta al status, a lo que ayuda la misma naturaleza genético-egoísta del individuo. Todo el entorno: familia, medios de comunicación, sociedad en general, inculcan los valores adecuados para que la persona no llegue ni a plantearse siquiera su responsabilidad en este orden mundial que significa altas cuotas de sufrimiento y destrucción de la vida; o se la plantee y la asuma con indiferencia (o satisfacción de afortunado, en algunos casos) o atribuya esa responsabilidad a poderes políticos y financieros, cuando ocurre que en democracia esos poderes políticos han sido elegidos por los mismos individuos; y la suma de poder económico de los individuos de menos recursos es muy superior a las fortunas individuales de los individuos más ricos.
Conclusión final:
Con el dinero que te costó esa botella de vino, que te ha dicho el médico que no bebas, o esa nueva camisa que te revienta el armario, que tienes camisas sin estrenar y se pasa la temporada, habrías salvado la vida a un niño que ahora mismo se muere de hambre, un niño tan inocente y guapo como tu hijo.
Me voy a tomar un café.
La cafeína me relaja. ¡Agresivo le pondrá a su padre! ¡No te jode ya! ¡Coño sabrá el médico! ¡A que pido hora y le parto la cara!
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Locuán y Absurdilandia,
Te rías
miércoles, 25 de marzo de 2009
Acariciando horizontes
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Te veo en esas puestas de Sol que incendian los cielos
con todos los colores posibles,
son ensayos que hizo Dios antes de pintar tu belleza;
y los brillos simétricos que la luz refleja
en el borde del vaso de café,
son los de tus ojos acariciando los horizontes con su presencia.
Te veo en el mar de margaritas
que llegada esta época
florecen en el cuidado césped de los parques,
cada punto blanco es una sonrisa que has regalado en esta vida a propios y extraños;
y en el orden preciso de lineas que las baldosas lanzan por las aceras,
te veo,
porque me hablan de esas redes ordenadas
por las que transitan tus pensamientos.
Te veo en las risas de los niños, en sus ropas de colores, en los juguetes que cogen en brazos,
en ello veo tus gestos,
tus gestos son un espejo que devuelve todo lo que la vida tiene de tierna y noble;
y en los rostros cansados de los ancianos,
cada arruga que el conocimiento les ha grabado,
se me hace un libro como los que llenan las estanterías de tu casa,
en ellos te veo;
y te veo en las hojas de los árboles,
las hojas son las palabras que tú conoces;
te oigo en el diálogo que mantienen con el viento,
es tu voz,
tu voz con esa magia de susurros
que le explica a la Coherencia el valor de los esfuerzos cotidianos,
que se sobrepone por encima de todas las realidades adversas,
que ridiculiza cualquier duda que se atreve a argumentar contra
el Triunfo de la esperanza en el mundo.
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Te veo en esas puestas de Sol que incendian los cielos
con todos los colores posibles,
son ensayos que hizo Dios antes de pintar tu belleza;
y los brillos simétricos que la luz refleja
en el borde del vaso de café,
son los de tus ojos acariciando los horizontes con su presencia.
Te veo en el mar de margaritas
que llegada esta época
florecen en el cuidado césped de los parques,
cada punto blanco es una sonrisa que has regalado en esta vida a propios y extraños;
y en el orden preciso de lineas que las baldosas lanzan por las aceras,
te veo,
porque me hablan de esas redes ordenadas
por las que transitan tus pensamientos.
Te veo en las risas de los niños, en sus ropas de colores, en los juguetes que cogen en brazos,
en ello veo tus gestos,
tus gestos son un espejo que devuelve todo lo que la vida tiene de tierna y noble;
y en los rostros cansados de los ancianos,
cada arruga que el conocimiento les ha grabado,
se me hace un libro como los que llenan las estanterías de tu casa,
en ellos te veo;
y te veo en las hojas de los árboles,
las hojas son las palabras que tú conoces;
te oigo en el diálogo que mantienen con el viento,
es tu voz,
tu voz con esa magia de susurros
que le explica a la Coherencia el valor de los esfuerzos cotidianos,
que se sobrepone por encima de todas las realidades adversas,
que ridiculiza cualquier duda que se atreve a argumentar contra
el Triunfo de la esperanza en el mundo.
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En serio,
L' amourrrrr
Caperucita Loba y El Rojo
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Érase muchas veces, y a todas horas pasa, que había una… Llamémosle “Niña adolescente”, por su atraso de formación de personalidad. Una niña de 30 años que vivía en un bosquejo de barrio, esto es una agrupación de chabolas de lujo. Hablo de materiales reciclados, cartones, chapas, tablas de embalajes, etc.; con una coherencia estética que hace décadas no alcanza ningún arquitecto colegiado, como podéis ver allá donde viváis. Muchos eran los que envidiaban la suerte de sus residentes, el barrio se veía desde la cárcel. Atendiendo al sentimiento ecológico de nuestra era, el bosquejo contenía en su interior frondosas plantaciones de marihuana, coca y unos geranios, éstos, plantados por un joven que se equivocó de semillas por practicar la agricultura con las pupilas más dilatadas que un personaje de dibujos animados japoneses.
El lugar estaba poblado por toda clase de animalitos de piel, pelo y pluma, salvajes y domésticos, atareados en acecharse y perseguirse juguetones, ya fueran perros sarnosos tras ratas piojosas, ratas piojosas tras polluelos pelados, cuervos encorvados tras sucios huevos de gallina, gallinas lujuriosas tras los huevos de los patos, vecinos sin nada que echar al arroz tras gatos famélicos… A toda esta actividad asistía un público de cucarachas con el colesterol por las nubes y otro de moscas que por su número daban al lugar una agradable sombra, algunos días incluso penumbra.
En medio de tanta vida y tanta paz ausente, al arrullo de los disparos de reyertas cercanas, esta inmadura conocida como Caperucita Loba por su actividad profesional, sí, esa que adivináis, veterinaria en la perrera municipal, caminaba medio sonámbula por la calle embarrada atrayendo la atención de todo el huerto de pepinos, por decirlo en metáfora . Era una fémina preciosa, aún le quedaban tres dientes y doblaba barras de bares con las tetas; con unos andares elegantes, de “eses” amplias y tropiezos dignos; cantaba con una miel-odiosa voz, entre dulce de alucinada y chillona como uñas contra pizarra, que dejaba el entorno mudo, expectante y temeroso con el último éxito de grupo Pirulados del Jachís, ya sabéis, el tema “Si te fumas el muesli te piso un callo”.
¿No? Sí, hombre:
La banda metiendo caña a tope:
¡Si te fumas el muesli
te piso un callo,
que tú no eres mi kely
ni yo soy tu payo!
¡Si te fumas el janster
es fijo que te clavo,
no toques a mi Ganster
o te mato con el nabo!
¡Si te fumas mi consola
te machaco con las pesas,
ya sabes que me mola
vender las hambuerguesas!
¡Si te fumas mi guitarra
has firmado tu sentencia,
te subiste a la parra
por la puta dependencia!
Cambia a melódico romántico con un solo de guitarra,
primero el estribillo:
¡En cambioooooooooooo!
¡No es lo mismoooooooo!
¡Por otro laooooooooooo!
¡Na que veeeeeeeeeeerrr!
Estrofa que sigue en melódico:
¡Si te fumas la pelusaaaaaa,
entonces si te quierooooooo,
carne de reclusaaaaaaaaa
te lleno el agujeroooooo!
Estribillo y vuelta a empezar con caña.
Pues esa.
¿Por donde iba?
Ah, sí.
Concentrada en esta canción avalada por la crítica por defender la cultura musical, la práctica del deporte, los derechos de los animales, la alimentación sana y el procesado inteligente de la suciedad doméstica, Caperucita tropezó de morros con El Rojo, un peligroso, malévolo, fuerte, grande, feo y peludo hombre que se la quería comer de esa manera que después nadie puede llamarte canibal, pero le era imposible por una castración accidental padecida durante un intento de robo en una caseta del tendido eléctrico de alta tensión. Interpretó la señal de peligro como “Peligro de tropiezo, barras de oro tiradas por el suelo”.
La esquizofrenia es así. Le saltó un arco voltaico que se le cayó al suelo todo lo que no tenía hueso y le dejó la cara como un cesto de guindillas.
-¿A dónde vas Caperucita con esa cestita?
- ¿Qué cestita, gilipollas, si no llevo nada? Aparta de en medio.
- ¡Esa, la de los melones! ¡Juas, juas, juas!
- Capullo… Voy a casa de La Abuelita, que te apartes, menstruao.
- Si no te hablas.
- Voy porque allí para el furgón de la metadona, que no te enteras.
- Pues tonto el último.
Y diciendo esto, El Rojo echó a correr como pimiento que lleva el viento y se perdió de vista en un plis plas, como subsidio de excarcelado.
Al llegar a casa de La Abuelita (Una enana veinte añera, pálida, ojerosa, desdentada, de pelo lacio, que vestía siempre de negro y dormía en un embalaje de nevera embreado, todo esto ejemplo alegórico de lo que a la Sociedad le importan las realidades marginales) Caperucita Loba encontró a ésta y al Rojo con el carnet de identidad en la mano al lado del vehículo de la Sanidad Pública esperando su dosis legal. Al ver al Rojo arremangado, Caperucita le dijo:
- ¡Qué venas tan grandes tienes!
- Son para verlas mejor.
- ¡Y qué patas tan grandes tienes!
- Las mías.
- ¡Y qué dientes tan grandes tienes!
-¡Y la polla, no te jode, tía! ¿Tú estás tonta? Anda, pasa delante antes que veas vacas de plomo volando, ¡que pa grande tu mono!
- ¿Jode, verdad? ¡Te vuelves a meter con mis tetas y te rompo la cabeza con ellas!
Justo en este tierno momento, típica discusión de quienes están enamorados y no saben como decírselo, al reclamo de los agradables gritos acudió raudo, única forma de acudir a un reparto de metadona, Pepe El Cazador, también conocido como “El atracador del paraguas recortado”, que llegaba, como a todas partes, guiándose de oído desde que quedara ciego por esnifar los gases de un bote lacrimógeno en aquel fatídico atraco que le diera fama mundial.
¿Ahora sí sabéis quien digo, verdad?
Ese mismo. Pepe, el que hizo famosa la coletilla “el que escondía la escopeta en el paragüero”, de uso extendido desde entonces y que empleamos cuando bromeamos sobre un error propio de poca importancia, o ironizamos sobre errores ajenos exagerados, como el que cometió este hombre cuando completamente drogado cortó un paraguas por la mitad con una sierra de metales y se presentó en una sucursal bancaria apuntando con su recién estrenada “recortada” al personal.
Pepe señaló con su bastón blanco hacia donde había oido hablar al Rojo, hizo “pum” con la boca, o sea, la misma broma de siempre, porque con las luces no se le había ido el sentido del humor, y dijo: "pa que no te metas más con Caperucita Loba” y se echó a reír. Nadie le hizo caso porque el sanitario había empezado a poner las inyecciones.
Después de la vacuna todos fueros felices y comieron pipas. No les pedía más el cuerpo.
Y colorín de color rojo,
este cuento es constante, ojo.

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El lugar estaba poblado por toda clase de animalitos de piel, pelo y pluma, salvajes y domésticos, atareados en acecharse y perseguirse juguetones, ya fueran perros sarnosos tras ratas piojosas, ratas piojosas tras polluelos pelados, cuervos encorvados tras sucios huevos de gallina, gallinas lujuriosas tras los huevos de los patos, vecinos sin nada que echar al arroz tras gatos famélicos… A toda esta actividad asistía un público de cucarachas con el colesterol por las nubes y otro de moscas que por su número daban al lugar una agradable sombra, algunos días incluso penumbra.
En medio de tanta vida y tanta paz ausente, al arrullo de los disparos de reyertas cercanas, esta inmadura conocida como Caperucita Loba por su actividad profesional, sí, esa que adivináis, veterinaria en la perrera municipal, caminaba medio sonámbula por la calle embarrada atrayendo la atención de todo el huerto de pepinos, por decirlo en metáfora . Era una fémina preciosa, aún le quedaban tres dientes y doblaba barras de bares con las tetas; con unos andares elegantes, de “eses” amplias y tropiezos dignos; cantaba con una miel-odiosa voz, entre dulce de alucinada y chillona como uñas contra pizarra, que dejaba el entorno mudo, expectante y temeroso con el último éxito de grupo Pirulados del Jachís, ya sabéis, el tema “Si te fumas el muesli te piso un callo”.
¿No? Sí, hombre:
La banda metiendo caña a tope:
¡Si te fumas el muesli
te piso un callo,
que tú no eres mi kely
ni yo soy tu payo!
¡Si te fumas el janster
es fijo que te clavo,
no toques a mi Ganster
o te mato con el nabo!
¡Si te fumas mi consola
te machaco con las pesas,
ya sabes que me mola
vender las hambuerguesas!
¡Si te fumas mi guitarra
has firmado tu sentencia,
te subiste a la parra
por la puta dependencia!
Cambia a melódico romántico con un solo de guitarra,
primero el estribillo:
¡En cambioooooooooooo!
¡No es lo mismoooooooo!
¡Por otro laooooooooooo!
¡Na que veeeeeeeeeeerrr!
Estrofa que sigue en melódico:
¡Si te fumas la pelusaaaaaa,
entonces si te quierooooooo,
carne de reclusaaaaaaaaa
te lleno el agujeroooooo!
Estribillo y vuelta a empezar con caña.
Pues esa.
¿Por donde iba?
Ah, sí.
Concentrada en esta canción avalada por la crítica por defender la cultura musical, la práctica del deporte, los derechos de los animales, la alimentación sana y el procesado inteligente de la suciedad doméstica, Caperucita tropezó de morros con El Rojo, un peligroso, malévolo, fuerte, grande, feo y peludo hombre que se la quería comer de esa manera que después nadie puede llamarte canibal, pero le era imposible por una castración accidental padecida durante un intento de robo en una caseta del tendido eléctrico de alta tensión. Interpretó la señal de peligro como “Peligro de tropiezo, barras de oro tiradas por el suelo”.
La esquizofrenia es así. Le saltó un arco voltaico que se le cayó al suelo todo lo que no tenía hueso y le dejó la cara como un cesto de guindillas.
-¿A dónde vas Caperucita con esa cestita?
- ¿Qué cestita, gilipollas, si no llevo nada? Aparta de en medio.
- ¡Esa, la de los melones! ¡Juas, juas, juas!
- Capullo… Voy a casa de La Abuelita, que te apartes, menstruao.
- Si no te hablas.
- Voy porque allí para el furgón de la metadona, que no te enteras.
- Pues tonto el último.
Y diciendo esto, El Rojo echó a correr como pimiento que lleva el viento y se perdió de vista en un plis plas, como subsidio de excarcelado.
Al llegar a casa de La Abuelita (Una enana veinte añera, pálida, ojerosa, desdentada, de pelo lacio, que vestía siempre de negro y dormía en un embalaje de nevera embreado, todo esto ejemplo alegórico de lo que a la Sociedad le importan las realidades marginales) Caperucita Loba encontró a ésta y al Rojo con el carnet de identidad en la mano al lado del vehículo de la Sanidad Pública esperando su dosis legal. Al ver al Rojo arremangado, Caperucita le dijo:
- ¡Qué venas tan grandes tienes!
- Son para verlas mejor.
- ¡Y qué patas tan grandes tienes!
- Las mías.
- ¡Y qué dientes tan grandes tienes!
-¡Y la polla, no te jode, tía! ¿Tú estás tonta? Anda, pasa delante antes que veas vacas de plomo volando, ¡que pa grande tu mono!
- ¿Jode, verdad? ¡Te vuelves a meter con mis tetas y te rompo la cabeza con ellas!
Justo en este tierno momento, típica discusión de quienes están enamorados y no saben como decírselo, al reclamo de los agradables gritos acudió raudo, única forma de acudir a un reparto de metadona, Pepe El Cazador, también conocido como “El atracador del paraguas recortado”, que llegaba, como a todas partes, guiándose de oído desde que quedara ciego por esnifar los gases de un bote lacrimógeno en aquel fatídico atraco que le diera fama mundial.
¿Ahora sí sabéis quien digo, verdad?
Ese mismo. Pepe, el que hizo famosa la coletilla “el que escondía la escopeta en el paragüero”, de uso extendido desde entonces y que empleamos cuando bromeamos sobre un error propio de poca importancia, o ironizamos sobre errores ajenos exagerados, como el que cometió este hombre cuando completamente drogado cortó un paraguas por la mitad con una sierra de metales y se presentó en una sucursal bancaria apuntando con su recién estrenada “recortada” al personal.
Pepe señaló con su bastón blanco hacia donde había oido hablar al Rojo, hizo “pum” con la boca, o sea, la misma broma de siempre, porque con las luces no se le había ido el sentido del humor, y dijo: "pa que no te metas más con Caperucita Loba” y se echó a reír. Nadie le hizo caso porque el sanitario había empezado a poner las inyecciones.
Después de la vacuna todos fueros felices y comieron pipas. No les pedía más el cuerpo.
Y colorín de color rojo,
este cuento es constante, ojo.
.
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Te rías
martes, 24 de marzo de 2009
Esperanza
.
Dedicado a Ana Márquez
Por encima del barro
que remueven las pezuñas impías
de los malévolos,
los indiferentes,
los inconscientes,
los apáticos rendidos,
los egoístas de miga de pan,
los avaros de alfiler oxidado,
nosotros:
nosotros, los peores de todos,
pistoleros de cafetería,
diestros en apuntar con el dedo a la altura de la cadera
para disparar la culpa en duelos de diez palabras y media vuelta;
o esos francotiradores de la lógica,
en tertulias televisivas,
acomodadas a conciencias orondas,
con una mira telescópica de razones
que alcanza con precisión a supuestos responsables
en cualquier rincón del mundo;
todos,
soldados de ejércitos democráticos,
complacidos por el continuo botín de guerra
que la masacre de nuestros votos
arrebata en esos frentes de miseria, esclavitud y muerte...
...Sobre la escombrera de lo vivido,
desmadejado el ánimo en una pose de marioneta en descanso,
se puede ver un cielo inmenso de piel
inalcanzable,
toda la piel escapada a las caricias
en las pasiones frustradas
de los enamorados de su propia inconsecuencia...
El futuro depara una somnolencia sin retorno
a quienes vagabundean por las catacumbas
de sus fracasos,
tropezando con problemas fósiles,
redondeados por los encontronazos
de miles de generaciones anteriores;
en los nichos, las calaveras se ríen
por ese empeño de los vivos en no quererse reconocer
en los frenéticos espasmos de amores, odios, deseos, miedos,
instintos, en suma,
que les hacen caminar ciegos bajo la luz de su propio entendimiento,
inseguros en la certeza de su finitud,
hipotecados en futuros a pagar a plazos de toda magnitud, incluso
infinita;
mimosos en acunar sueños adoptivos,
sueños engendrados por los impulsos de estar, permanecer,
perpetuarse en una progenie obligada a nacer,
sueños vanos, ignorantes, ridículos, pretenciosos,
construidos sin imaginación
con el esclavizante mecano
de un entorno de manufactura publicitaria.
Y sin embargo, esperanza.
Esperanza,
en la inocencia de esas mariposas de vuelo impreciso, pero grácil,
que son las risas de los niños;
en el río de agua pura que fluye solidario
de aromas florales
y almas amigas;
en los viejos árboles, sabios maestros
que imparten los valiosos conocimientos
del respeto,
de la benevolencia
y de la belleza de la convivencia hermanada
en el mosaico humano de colores,
luces, sombras, hojas caídas y brotes nuevos
sobre la tierra,
nacidos en el plácido frescor
de la ayuda desinteresada,
en la calidez maternal de los rayos de sol
que acarician la firme suavidad
de los gestos comprometidos,
de la complaciente armonía que reina
en el paisaje del Ser anónimo que da el pan, el agua, la paz, la vida
a cambio de nada.
De nada.
.
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En serio,
Filosofeando (con perdón),
L' amourrrrr
Desvaríos de amor desentregado
.
Nunca podré permitirme
una foca pianista
que me relaje musical
la calentura casuística
de mis meninges bajo el infiernillo
programado en automático encendido
al llegar al cochinero umbral de mi piso.
Más duro me lo pone
mi Dios, Suerte o Destino,
que pateo veinte calles desde el curro
a la madriguera y en todo el camino
no hallo un semáforo de goma espuma
en que limpiarle el culo
a esa nostalgia de inocencia perruna
compartida concienzuda
con los fabricantes de gomas para bragas
de la talla treinta a la cuarenta y una.
Cariño, he encogido los pestiños.
Traigo en mala vida mal día,
así que te lo regalo,
mal que me pese me sonrías
con esa cara col, babosa mía,
que refleja tu alma y dicta
ya eras boba cuando tus padres ni se conocían.
Como nunca eres original y siempre nota,
videncio se te incrusta en la chota
la idea de hacerte fuerte en la cocina
para desgraciarle también el Sino
a un infeliz huevo de gallina
iluso de tu especialidad en tortura de espumareda china:
roto, frito, crudo, sobre quemado,
cubierto de crocante de carbonilla,
de la sartén que espantó a Godzilla.
Anda, no te esmeres,
ponle al huevo de compañía
el pan añejo que te echaste al bolso
en la boda de tu prima
y un vaso de grifo largo de cloro.
Como no lo doy todo por perdido,
floto en el ensueño de que te salte una gota de aceite
requetehervido
al ojo y te deje medio cuponera,
malparida,
que no alcanzo por qué me lo guiñas,
si es conocido en el vecindario entero
que nuestra complicidad es parecida
a la de un palestino y una judía
comprando boletos en la tómbola del armero.
¡Ay! ¡Qué miedo! ¡Cómo me miras!
Imagino y temo sea hoy día
de querer
disfrazarte con el camisón rojo;
tonto yo que no me traigo,
por joder,
un morlaco vengativo, bravo de lidia,
que te meta el cuerno a la embestida
y te ponga el chumi a despojo...
Viciosa de todo lo que se empina,
que compras las bragas
en tallas sobradas
para que caigan solas a la mínima.
Camisón de los cojones.
Pareces la ex novia de Drácula, la aborrecida.
¡Qué sensual! ¡Cómo caminas!
Se me hace han puesto bajo la alfombra
una mezcla de sapos y minas.
Ojalá. Y pises una y vueles por los aires,
pájara exótica, contrahecha, libertina,
que ni pagando encuentro ya vecino
que me los ponga
y me quite del trabajo
que odia mi carajo,
que tienes menos salida
que los sesos de vaca loca,
que eres menos sexy
que un concurso de belleza leprosa.
"Bésame", me sueltas.
¡Me cago en mi padre!
¡Antes chupo a vueltas
la escobilla del váter!
Si tienes el aliento que hundió el Titanic;
que las flores de plástico las marchitas;
que disolviste, no se me olvida,
la manifestación de limpiadores de alcantarillas
sólo arrimarte y preguntar por la Calle Castilla.
Los pobres.
Pa qué seguir, si ya ni me desahogo.
A que pongo un anuncio...
"Cambio la Mujer Maravilla
por una croqueta de pelotillas".
.
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Te rías
domingo, 22 de marzo de 2009
Los tres cerdazos
.

Cochón, Minstro y Porki eran tres hermanos de la especie animal porcina. Tres cerdos, vaya, preocupados por el problema de la vivienda y el de los depredadores. De la casita y el lobo, vaya. Cochón adolecía del impulso de la voluntad enérgica. Era un vago, vaya, y se construyó una casita de paja. Bueno... Dos. La primera se la pació una vaca por no recibir ésta ningún estímulo contrario a la intención de alimentarse de la paja. Por no espantarla el cerdo, vaya. Vaya vago.
Minstro era abrillantador de naranjas en una factoría de manufactura de productos hortícolas. Un almacén, vaya, y se ocupaba de mantener en funcionamiento la máquina que lava las naranjas y las rocía con una solución abrillantadora que las da un aspecto más atractivo en las estanterías de los supermercados cara al consumidor. Que apretaba el botón, vaya. El cerdo, no el consumidor. El botón de arranque de la máquina. En su tiempo libre, el de Cochón, no el de la máquina, hacía bricolaje con palillos. Su mayor logro era un crucifijo elaborado con dos palillos cruzados, como no, que portaba al cuello atado con un cordón de zapato. Se construyó una casita de madera. Bueno... Dos. La primera la ensambló desde dentro olvidando dejar los huecos de puerta y ventanas. Se percató de su despiste al comprobar la ausencia de iluminación natural interior diurna. Al quedarse a oscuras, vaya. El idiota. Le sacaron sus hermanos. En el derribo, Cochón sufrió un traumatismo ocular inciso seccionante de órgano óptico y vaciado total de cuenca. Se sacó un ojo, vaya. Porky se clavó una punta en un pié al pisar una tabla. Minstro, tres.
.
Porky ignoraba cualquier técnica de ejecución de actividad laboral convencional por carecer de cualidades psíquico-físicas para el aprendizaje. Era un inútil, vaya. Bueno, era el más inútil de los tres. Se fue a vivir a las afueras, a una escombrera, y se construyó una casita de ladrillos. Bueno... Dos. La primera se la demolieron los gitanos que iban al lugar a buscar materiales para arreglar sus chabolas porque la ubicó en zona de acceso al recinto impidiendo el libre tránsito de vehículos rodados. En medio de la entrada, vaya, y no dejaba pasar a las jargonetas, vaya, “jaaaaaaaaaaaa, chacho, dale con la porra, Richar, ja, paaaaaaá, mira el payo qué cara gocho tié”.
Y vino el lobo.
Queridus amigus, ¡el lobo! Ese animal perseguido, acosado por el hombre desde tiempos inmemoriales. ¡El lobo! Azote de rebaños, y en otras épocas, de gentes también, cuando las poblaciones de lobos se censaban en miles de ejemplares a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Hoy día, en peligro de extinción, apenas sobrevive en algunas sierras de nuestra piel de toro, persiguiendo a cerditos estúpidos que mejor estaban en centros de selección y crianza de ganaderías para la producción comercial de productos cárnicos. En cubiles para engordarlos y matarlos, vaya.
El lobo tenía 99 años. Fumaba desde bebé. Su madre, alcohólica, fumadora empedernida y lisa como una tabla de esnuorbuoar, no disponía de recursos para potitos ni chupetes, así que le ponía al cachorro las colillas en la boca para que chupara algo caliente. A los tres años tenía los pulmones tan quemados, que cuando se hacía una herida se la soplaba con el fuelle de la chimenea. A los seis, se alimentaba por sonda, llevaba carrito con botella de oxígeno, catéter, tubo, vaya, y mascarilla, que sólo se quitaba en los cumpleaños, para apagar las velas de la tarta a escupitajos.
Se presentó en casa de Cochón el cerdito pajero. Al intentar levantar la pata de alante para llamar a la puerta se le escapó una ventosidad que se le hubo de disculpar porque estaba muy mayor y la casita se cayó, no entiende el perito cómo porque estaba desenfilada de la dirección del pedo. Corrió Cochón a meterse en casa de Minstro, a dos metros. Una hora después llegó el lobo medio ahogado y con la espita de la botella abierta al máximo. Esta vez, el sutil remolino de aire que formó la pata al levantarla para intentar apretar el pulsador del timbre derribó la choza sin que hubiese sido tocada por nada ni nadie. El perito puso en el informe "contingencia climática". Un tornado, vaya, porque de haber contado la verdad se hubiesen reído de él y expulsado del trabajo.
Los dos cerditos, apercibiendo la situación, dijeron: "Vamos a ser cerdos, un poquito de por favó”. Pidieron un taxi para los tres y llevaron al lobo a las afueras, a casa de Porky. Le ayudaron a salir del taxi y le pusieron delante de la casita de ladrillo. Le animaron "¡Vamos, Feroz, tú puedes!" "¡Hala, lobito, bonito, como en los viejos tiempos!" Al lobo le dio un mareo sólo pensar en que tenía que soplar. Los cerditos llamaron a la puerta, asustados; salió Porky y al ver lo que ocurría entró en casa corriendo y volvió a salir con una silla para el anciano lobo, que se sentó, agotado de tanto jaleo que armaban los chavales.
En eso, dijo Porky: "Venga, tranquilo, no pasa nada. A ver, hermanos, todos juntos, hay que echar una pezuña."
Y los tres cerditos se pusieron juntos a soplar y soplar y soplar con todas la fuerza de sus pulmones intentando derribar la casita de ladrillo sin conseguirlo. Al lobo se le veía cada vez más apagado. Entonces, Porky dijo: "tengo una idea", sacó el móvil del bolsillo de sus ridículos pantalones con tirantes, que no le hubiera venido mal encontrar una cerda de la que enamorarse que le enseñara a vestir bien al desgraciado de él, y marcó un número. A la media hora se presentó Juan de Dios con su hijo Richar y cuatro primos más. Echaron la casa abajo a porrazos. Gitanos y cerditos se pusieron a picar palmas, cantar y bailar hasta que se dieron cuenta de que el lobo había muerto. En los ojos, abiertos, el difunto tenía un brillo de agradecimiento y paz como nunca se ha visto en la mirada de un animal en toda la historia del devenir de la fauna animal sobre este mundo.
En la puta vida, vaya.
.................IIIIIiiiiiiii
.
Cochón, Minstro y Porki eran tres hermanos de la especie animal porcina. Tres cerdos, vaya, preocupados por el problema de la vivienda y el de los depredadores. De la casita y el lobo, vaya. Cochón adolecía del impulso de la voluntad enérgica. Era un vago, vaya, y se construyó una casita de paja. Bueno... Dos. La primera se la pació una vaca por no recibir ésta ningún estímulo contrario a la intención de alimentarse de la paja. Por no espantarla el cerdo, vaya. Vaya vago.
Minstro era abrillantador de naranjas en una factoría de manufactura de productos hortícolas. Un almacén, vaya, y se ocupaba de mantener en funcionamiento la máquina que lava las naranjas y las rocía con una solución abrillantadora que las da un aspecto más atractivo en las estanterías de los supermercados cara al consumidor. Que apretaba el botón, vaya. El cerdo, no el consumidor. El botón de arranque de la máquina. En su tiempo libre, el de Cochón, no el de la máquina, hacía bricolaje con palillos. Su mayor logro era un crucifijo elaborado con dos palillos cruzados, como no, que portaba al cuello atado con un cordón de zapato. Se construyó una casita de madera. Bueno... Dos. La primera la ensambló desde dentro olvidando dejar los huecos de puerta y ventanas. Se percató de su despiste al comprobar la ausencia de iluminación natural interior diurna. Al quedarse a oscuras, vaya. El idiota. Le sacaron sus hermanos. En el derribo, Cochón sufrió un traumatismo ocular inciso seccionante de órgano óptico y vaciado total de cuenca. Se sacó un ojo, vaya. Porky se clavó una punta en un pié al pisar una tabla. Minstro, tres.
.
Porky ignoraba cualquier técnica de ejecución de actividad laboral convencional por carecer de cualidades psíquico-físicas para el aprendizaje. Era un inútil, vaya. Bueno, era el más inútil de los tres. Se fue a vivir a las afueras, a una escombrera, y se construyó una casita de ladrillos. Bueno... Dos. La primera se la demolieron los gitanos que iban al lugar a buscar materiales para arreglar sus chabolas porque la ubicó en zona de acceso al recinto impidiendo el libre tránsito de vehículos rodados. En medio de la entrada, vaya, y no dejaba pasar a las jargonetas, vaya, “jaaaaaaaaaaaa, chacho, dale con la porra, Richar, ja, paaaaaaá, mira el payo qué cara gocho tié”.
Y vino el lobo.
Queridus amigus, ¡el lobo! Ese animal perseguido, acosado por el hombre desde tiempos inmemoriales. ¡El lobo! Azote de rebaños, y en otras épocas, de gentes también, cuando las poblaciones de lobos se censaban en miles de ejemplares a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Hoy día, en peligro de extinción, apenas sobrevive en algunas sierras de nuestra piel de toro, persiguiendo a cerditos estúpidos que mejor estaban en centros de selección y crianza de ganaderías para la producción comercial de productos cárnicos. En cubiles para engordarlos y matarlos, vaya.
El lobo tenía 99 años. Fumaba desde bebé. Su madre, alcohólica, fumadora empedernida y lisa como una tabla de esnuorbuoar, no disponía de recursos para potitos ni chupetes, así que le ponía al cachorro las colillas en la boca para que chupara algo caliente. A los tres años tenía los pulmones tan quemados, que cuando se hacía una herida se la soplaba con el fuelle de la chimenea. A los seis, se alimentaba por sonda, llevaba carrito con botella de oxígeno, catéter, tubo, vaya, y mascarilla, que sólo se quitaba en los cumpleaños, para apagar las velas de la tarta a escupitajos.
Se presentó en casa de Cochón el cerdito pajero. Al intentar levantar la pata de alante para llamar a la puerta se le escapó una ventosidad que se le hubo de disculpar porque estaba muy mayor y la casita se cayó, no entiende el perito cómo porque estaba desenfilada de la dirección del pedo. Corrió Cochón a meterse en casa de Minstro, a dos metros. Una hora después llegó el lobo medio ahogado y con la espita de la botella abierta al máximo. Esta vez, el sutil remolino de aire que formó la pata al levantarla para intentar apretar el pulsador del timbre derribó la choza sin que hubiese sido tocada por nada ni nadie. El perito puso en el informe "contingencia climática". Un tornado, vaya, porque de haber contado la verdad se hubiesen reído de él y expulsado del trabajo.
Los dos cerditos, apercibiendo la situación, dijeron: "Vamos a ser cerdos, un poquito de por favó”. Pidieron un taxi para los tres y llevaron al lobo a las afueras, a casa de Porky. Le ayudaron a salir del taxi y le pusieron delante de la casita de ladrillo. Le animaron "¡Vamos, Feroz, tú puedes!" "¡Hala, lobito, bonito, como en los viejos tiempos!" Al lobo le dio un mareo sólo pensar en que tenía que soplar. Los cerditos llamaron a la puerta, asustados; salió Porky y al ver lo que ocurría entró en casa corriendo y volvió a salir con una silla para el anciano lobo, que se sentó, agotado de tanto jaleo que armaban los chavales.
En eso, dijo Porky: "Venga, tranquilo, no pasa nada. A ver, hermanos, todos juntos, hay que echar una pezuña."
Y los tres cerditos se pusieron juntos a soplar y soplar y soplar con todas la fuerza de sus pulmones intentando derribar la casita de ladrillo sin conseguirlo. Al lobo se le veía cada vez más apagado. Entonces, Porky dijo: "tengo una idea", sacó el móvil del bolsillo de sus ridículos pantalones con tirantes, que no le hubiera venido mal encontrar una cerda de la que enamorarse que le enseñara a vestir bien al desgraciado de él, y marcó un número. A la media hora se presentó Juan de Dios con su hijo Richar y cuatro primos más. Echaron la casa abajo a porrazos. Gitanos y cerditos se pusieron a picar palmas, cantar y bailar hasta que se dieron cuenta de que el lobo había muerto. En los ojos, abiertos, el difunto tenía un brillo de agradecimiento y paz como nunca se ha visto en la mirada de un animal en toda la historia del devenir de la fauna animal sobre este mundo.
En la puta vida, vaya.
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