Érase una vez… No. Cantidad de veces ha sido que en un reino llamado Pártome vivía una princesa cariñosa, de nombre Mileuros y belleza “que pa qué”, a más de una libido tal que alcanzaba el orgasmo cuando la brisa de la mañana le daba en la cara al abrir la ventana de su alcoba en el castillo. En fin, una joya de mujer según valoramos los hombres. Sí, haceos los tontos. Su padre, el rey Cajerotomático I convocó unas justas literarias, que son las más cruentas de todas las posibles, para encontrar con quien casarla y así dejara la joven de dar que hablar a las malas de las ya centenares lenguas catadoras de sus íntimas femeninas humedades y difamadoras con impúdicos chismorreos de lo insaciable del chismorri en cuestión. Vencería el certamen quien diestro, o siniestro, pluma en mano, demostrara superioridad en escribir cuento asaz breve, auto-crítico, gallardo y ameno, revelando en esas cualidades capacidad para soportar a una mujer y gobernar un reino. De todo lo escrito, el rey quedó deslumbrado por el siguiente relato aquí trasncrito de principio a fin: “¿Ein?”, y admirado de tanta acertada brevedad, confesión de estupidez, osada desatención a una Regla Real y divertida interrogación grata-fónica, entregó, sin despegarla del resto del cuerpo, la mano de su hija al esperpéntico autor caballero Requetecardo Corazón De Meón, el cual partió hacia su tierra (Un tiesto con un geranio) en compañía de la desinhibida no doncella ni a que huele, ambos a lomos de la burra Piltrafa, obvia caballería del afortunado en nada. Tras ocho horas de camino, la princesa perdió el conocimiento agotada por el éxtasis multiorgásmico que la cojera crónica natal de la jumenta le infligía despiadadamente, momento que De Meón aprovechó para cambiar ambas hembras a un conocido mercader de esclavos de nombre Quelisto, por un pellejo de vino rancio, medicamento con el que aliviaba el terror lacerante que invadía su mente torturada por las dantescas visiones de cuerpos aplastados que desde la Guerra de los Pulgones, librada en defensa de su reino macetero, le acudían a la memoria para traumatizarle los días sobrios de su existencia…
El caballero Requetecardo falleció en el año 1358 víctima de la cornada de un burro celoso que rondaba por entonces a la desgraciada Piltrafa.
La princesa Mileuros falleció años más tarde a la edad de 97 años, víctima de infarto, mientras hacía el amor con el mozo de cuadras del marchante Gualquelabuelo, nieto heredero del negocio Quelisto S.A.
Y colorín en blanco y negro,
Este cuento ha acabedro.
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3 comentarios:
El Rey Cajerotomático I forjó la leyenda de la Banca, que ha llegado hasta nuestros días dejándonos más tiesos que la mojama.
Los ricos más ricos, eso sí, sin fundamento.
oye ese caballo si que le ha dado una tremenda patada al pobre cuate!!! jajajajajaja
disculpame pero mas que dolor me causo gracia!!!
buen post!!!
Si, señores de Noveldaytantos, suscribo vuestra acertada reflexión.
Don P'pito, digo yo q el hierro candente deberían ponérselo algunos en salva sea la parte, no?
Abrazos fuertes a ambosdós (o cuatro, no me salen bien las cuentas).
Ana
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