Le llamaban "El Chirlas".
Hay vidas que son la historia de una supervivencia. Tal vez sí, tal vez no, valía la pena conocer las causas iniciales que habían llevado a este ser humano de 53 años a pesar unos 50 kilos y tener la cara como un cartón que hubiera estado lustros tirado en un solar bajo Sol y lluvia. Su rancia peste crónica se había vuelto menos insoportable desde que se viera obligado a aceptar un pantalón limpio del almacén de ropa del hospicio cada vez que se presentaba empapado de orina. De otra forma, le negaban el acceso. Allí, tres días a la semana, trabajaba María José cocinando, sirviendo mesas y fregando platos, junto a otras cuatro voluntarias. Era una mujer jubilada de su puesto como ejecutiva de una empresa de cierta importancia. Viuda a partir de un accidente de tráfico, no volvió a ser la misma, aunque salió adelante. Le ayudó el irse a vivir con una de sus hijas. Abandonar su antigua residencia, aquella enorme casa llena de recuerdos de una existencia feliz al lado de su marido, fue una liberación. Sus traviesos nietos y los tratamientos médicos le devolvieron la sonrisa. La idea de ejercer un voluntariado le fue propuesta por su psicoanalista.
Ella jamás imaginó hasta qué punto compartir y paliar los dramas de vidas ajenas podían sanar tanto la propia. Al principio había tenido reacciones de miedo y frustración frente a la actitud de algunos marginales despreciativos, insultantes e incluso violentos. De clase social alta, nunca había tratado con personas embrutecidas por la ignorancia, el abandono, los vicios y el duro entorno que esa misma gente construía y que el resto de la sociedad reforzaba con su rechazo y egoísmo. María José hacía frente a esos infelices disculpándose como si fuera responsable y no víctima de tanto resentimiento humano. Pedía perdón y sonreía. Por haber conocido tantos años de felicidad, los músculos de su cara solo sabían esbozar sonrisas de aspecto sereno y acogedor, pese a surgir del temor y del disgusto. La parte más profunda de esas mentes dañadas por el odio traducía el mensaje facial como un "Te acepto, te valoro, te ayudo" que causaba en su dueño, según la personalidad, una respuesta consciente de confusión, calma o bienestar que bloqueaba la química del enfado.
El Chirlas, llegó aquel día como siempre: borracho y sucio. Entró en los baños tambaleándose.
- ...Quieo... duxaaa... me. -Le dijo a Josefa, una de las ayudantes, que en ese momento se encontraba fregando los suelos-.
- ¿Qué has tomado hoy, Chirlas? Ya te ha dado rara, ya... Anda, pasa, ya te abro yo los grifos, que tú ni sabrás, ja ja ja.
- Pffff... Cafrona... e mieda...
Se conocían desde hacía años. La mujer no paraba de reír. Le caía bien el Chirlas, era basto, pero de fiar, con un código de honor a prueba de décadas de alcoholemia. El único problema social que creaba este hombre era caer desmayado cada pocos días en cualquier acera o parque de la ciudad.
-... ¡Hip...! Y quieo... nnn... trajjje... xaqueta... y cobata.
- Chirlas, estás tonto hoy ¿eh? Ja ja ja...
Josefa decidió seguirle la corriente. Desde Cáritas mandaban de todo, había buena ropa, a medio uso, que donaba gente de dinero en cada cambio de temporada.
Cuando el Chirlas entró en el comedor, parecía otro hombre. Igual de desgraciado, pero más ridículo. Su cuerpo escuálido, de paria veterano, vestido con aquel elegante traje cuatro tallas mayor era una parodia viviente de dos mundos que jamás se mezclarían. Trastabillando y sosteniendo en la mano un pulcro paquetito envuelto en papel de regalo, entró en el comedor, donde se encontraba María José, y dirigiéndose a ella:
-... Eeeeh... ¡Felí cumplaños... María...!
- ¿Qué es esto, Chirlas? Pero si no es mi cumpleaños... -Dijo ella, sorprendida, sonriendo-.
- Daiguá. -Respondió él-.
María José se quedó muy seria mientras abría el regalo. Se le saltaron las lágrimas cuando tomó aquel reloj en las manos, no por el objeto en sí, si bien se podría llorar al ver algo tan hortera, sino por el ticket de garantía de El Corte Inglés, porque imaginó a aquel desarrapado material comprando en ese comercio algo para ella, una mujer acostumbrada a tener de todo en la vida. María José le preguntó entre sollozos cómo había podido comprar aquello. Sabía que todos los ingresos del Chirlas procedían de mendigar a diario en su "puesto oficial", a la puerta de la Iglesia de la Concepción.
- ¡Sahorra, joé... Sahorra! ¿O no sama notao tolaño... la mitá boraxo? ¡JA JA JA!
La carcajada transformaba al Chirlas en la alegoría del esperpento. Si hubiera tenido dientes habría provocado aún más escalofríos...
María José aprendió a sus 63 años de edad que cualquier dignidad fabricada por la fuerza del bienestar material es pura ignominia frente a la que nace del desarraigo y el sufrimiento.
Y esta es la anécdota del Chirlas, de quien solo los municipales de Santander y los médicos de urgencias del Hospital Marqués de Baldecillo sabían su verdadero nombre:
José Miguel Carrasco Trueba, alias "El chirlas".
sábado, 2 de julio de 2011
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