Me arrepiento de no haberte mirado a los ojos
hasta desvanecerme.
Le pido al silencio que me consuele.
"Dele usted a su alma una forma abstracta
o tendremos que ingresarle",
me dice un Galeno.
Coño médicos, se ponen guantes de boxeador
para coser con hilo caducado
destripamientos de ánimos ajenos.
Amo la brisa que nace
de cada uno de tus pestañeos,
la huella de tus dedos en el espejo de mi memoria,
las patatas fritas cortadas
con mi troceador nuevo,
y no echo mi órgano cardiaco
al arroz del perro
por no verle serio,
que ya se parece a mí bastante
para que encima deje también de mover el rabo.
Amo la risa,
yo a ella no le importo, no soy su tipo.
Busco el buen humor
como el cerdo la trufa que se queda otro.
Soplo con fuerza
para contradecir al viento.
El cerebro debería tener dos riñones
para filtrar los pensamientos tóxicos.
- ¡Papá, papá! ¡Mira: un calamar!
- No, hijo, no, eso es un guarro
que acaba de mearse en la piscina.
Ayer, para olvidarte, salí al campo.
Junto a un rebaño de vacas desnudas
dibujé en folio blanco con boli negro
la trayectoria de una mosca chochera
hasta que se acabó la tinta.
La mosca se posó en la hoja,
me miró
y estuvo medio minuto
echándose las patas a la cabeza.
... Qué sabrá de arte
alguien que ronda los orines.
Hoy, paseando por la playa, encontré una caracola.
La acerqué al oído para escuchar el mar,
pero el mar no me dejaba oír nada.
A veces,
pienso en ti, de lejos y escondido para que no te des cuenta.
Robo tu voz e imagen unos segundos
y salgo corriendo cuando bosteza la conciencia (nada nuevo).
Amo los mensajes en Braille
que esconde tu cabello;
hablo del tiempo con tu Código Postal
como si me importaran el sol o la lluvia.
Me arrepiento de tener que volver a nacer
en la próxima vida.
Desde que tú y yo fuimos,
amo la luz más que el dueño de Iberdrola,
porque la oscuridad es la gangrena
en las heridas abiertas del pasado.
Amo
tu aura,
tu espíritu,
tu sombra,
el vaho que deja tu aliento en los cristales de los retratos,
tu perfume,
tu suavidad,
tu sabor.
Pero no a ti. A ti no te amo.
... Y la pincelada de esmalte
que has extendido sobre la uña del dedo anular de tu mano izquierda;
capricho personal mío, entiende,
una de varias pinceladas,
ahí, esa mano.
¿Cómo me dijiste que te llamabas?
Todos los días de mi vida recordaré que
te olvidé por completo.
lunes, 21 de marzo de 2011
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