jueves, 28 de enero de 2010

Día de mercado en Absurdilandia.

SUCESOS

Jueves, día de mercado en la Plaza de Occidente. Los comerciantes han colocado numerosos puestos con toda clase de mercaderías. Como mañana viernes es fiesta, la afluencia es máxima. Algunas personas, incluso las que viven en barrios más cercanos, tienen que subirse a las farolas para encontrar las salidas de la plaza. Un hombre que empuja un carrito entre la multitud anuncia con voz fuerte y monótona sus productos: "¡Ansiedad, angustia, desesperanza! ¡Todo de primera! ¡Pruébelo sin compromiso!"

Una señora de treinta y ocho años casada con un hombre guapo, inteligente, educado, sensible, optimista, divertido, responsable, millonario y fiel, una señora, digo, dotada de las mismas virtudes, madre de dos hijo de diez y doce años, con idénticas cualidades que sus padres, le dice al vendedor:

- Deme un gramo de ansiedad, que soy demasiado feliz y corro el peligro de reventar de dicha.
- Un gramo es mucho, señora, que lo traigo del Norte y lo produce un profesional. Es mejor que lo pruebe ante de comprar, que es muy fuerte.
- Bueno, pues deme a probar una muestra.

El angustiero toma un palillo y con un pulso digno de un microneurocirujano lo acerca al bote de ansiedad para que la fuerza de gravedad generada por la masa de madera del mondadientes atraiga una molécula de la sustancia. Entrega el palillo a la señora, y ésta, con el imprudente atrevimiento que proporciona la ignorancia, no se le ocurre otra cosa que introducir el palillo en la boca e ingerir de ese modo la molécula, cuando todo el mundo sabe que lo correcto es acercar el palillo a medio metro de la vista y observarlo aguantando la respiración. Como es lógico, en dos segundos, la mujer se pone pálida, los ojos en blanco, la expresión de pánico y emite un grito con toda la fuerza y aire de sus pulmones. Queda desmayada en pie, pues no hay sitio para caerse tumbado al suelo. El vendedor, con la experiencia que da el día a día, saca una pistola de bengalas y dispara al cielo una roja.

El helicóptero de la Diputación aparece al recate en treinta segundos. Hacen descender una camilla con un cable de acero. Atan con correas a la víctima en la camilla y se la llevan al hospital.

Afortunadamente para ella y su familia, la señora muere minutos después de ser ingresada, sin que los médicos puedan hacer nada para salvar su vida.

Deberían prohibir la venta de estas sustancias.
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1 comentario:

Anónimo dijo...

El helicóptero de la diputación, jaja.

Oye si, la verdad es que esos vendedores ni siquiera pagan impuestos. Y luego dicen que las setas alucinógenas son malas : S

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