jueves, 15 de enero de 2009

Me huelen los pies





Siempre me pareció monótono pasear por los desiertos de avellanas,

pero aquel día descubrí una montaña de barro cocido

que no figuraba en ningún mapa.

Tenía cinco centímetros de altura. Saqué mi lupa de madera de mármol de la tostadora que siempre llevo en la mochila y observé el accidente detenidamente durante dos segundos.

Por la cara noroeste presentaba una ascensión espléndida con un tramo de dificultad dudosa, pero no tanto si se dispone de una buena cuerda de pelo de sobaco de piojo. En la cumbre, que estaba desprovista de nieve y tascas, una hormiga de carreras, sudorosa, defecaba.

Me puso algo triste el destino de la montañita, nunca deseada por el hombre.

¿Qué tiene el Everest que no tenga ella?

¿Cuando llegan los alpinistas a él, también defecan?
¿Hay cientos de excrementos en la cumbre?

¿Ha aumentado por ello su altura en los últimos años?

¿Los que han estado allí huelen mal el resto de su vida?

Me subí a la montañita cuidando no pisar la hormiga y pisé la mierda, resbalé y caí los cinco centímetros hasta el suelo.

Tengo la impresión de que desde entonces la gente me mira cuando voy desnudo por la calle con mi gato verde sobre la cabeza.

¿Se me habrá pegado el olor de las avellanas a los pies?



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