Faro de Olvera,
veo la cadencia musical del perfume de tu tierna piedra;
un amanecer de feliz algarabía de silencios
me acaricia la piel;
deslumbras la curiosidad del Sol asomado en el horizonte;
paladeo el haz, Faro mío,
su luz gira las esquinas
y hace imposible saber a dónde se destierran las tinieblas de la vida,
su luz espesa el aire
hasta volverlo tan sólido como un amigo
y lo viste con un traje de mágica fantasía que renueva lo cotidiano
como si el mundo fuera pan que acabara de hornearse
en el corazón de Dios.
Sí, he decidido crear a Dios a ratos,
para que me haga compañía,
para que me explique cómo se abre la jaula,
que vuelen libres,
que dejen de torturarme el alma
con ese constante cosquilleo de sus alas
estos pajarillos que son
los besos que no nos dimos.

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