miércoles, 30 de marzo de 2011
De su paso
Los verbos. De su paso quedan unas huellas de óxido arrastradas por una fatiga polvorienta. Huyeron y ahora curan sus heridas en un palacio de memoria y cristal, entre el seno y la caricia de una Princesa ebria de Fe y pureza. Bajo un sol permanente pasean por jardines sembrados de certezas bellísimas de espinas inmisericordes. Los milagros se suceden cotidianos con una normalidad arrogante. Ejemplo, mirad esos gatos: maullan manantiales de sangre que flota voluptuosa tejiendo con la pereza del humo vestidos de seda. vestidos que bailan danzas antiquísimas habitados por las almas de todas las personas que no fuimos nosotros. Los verbos. Bajo la tonante tormenta de la respiración vehemente de los Dioses los verbos conducen las ironías atemorizadas hacia la plaza del mercado donde son vendidas como esclavas. Ellas gimen el pudor de su carne desnuda, el drama de su indefensión. La Princesa sonríe hipnotizada por el espectáculo, se deleita llorando de placer, juega a ser clámide en un tiempo eterno, brotan sueños de sus ojos, sueños que en cada parpadeo tintinean como una luna de bronce golpeada por flechas de acero... La Bondad duerme. Despertará presa en los bajorrelieves de su propia cripta, inmutable a las eras, condenada a unas incomprensibles tinieblas. Los verbos son inocentes, ni siquiera encubren a los poetas.
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