No vestir un manto de hojas para dejarlas besar el suelo
y esperar desnudos inmóviles la llegada de la Primavera.
No llorar a la orilla de la playa
por cada ola que entierra la cumbre de su belleza
en un derribo de espuma.
No tener un alma de baldosas agradecidas a los pájaros del parque,
cómplices con sus trinos de los rayos del Sol
que van hurtando la humedad olvidada por las lluvias.
No poder atrapar el sonido de los aleteos de las palomas
para usarlo a modo de comillas con que cercar
estos suspiros de añoranza
que me desinflan por la ciudad.
lunes, 14 de febrero de 2011
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