Alguien que tenía una empresa multimillonaria a base de dar la oportunidad de hacer el ridículo a personas con dinero le había vendido unas gafas de sol que solo dejaban ver de la cara la boca, y más, un bolso de cuero que le hubiera quedado grande como alforja al burro de Sancho Panza. Se hacía acompañar de su madre, una señora muy normal, ayudada del brazo por una malpagada mujer de aspecto latino y cara de aguantar de todo por tener que llenar cuatro bocas hambrientas al otro lado del océano. Al cuadro lo llamaría yo "Alegoría de los países ricos apuntalados por los países pobres". O más breve: "Jo, qué estampa".
La de gafas de Hubble sapoculebreaba contra el servicio como quien ha nacido servida a mimo de capricho, y acentuaba su jerga pija dejando la lengua vaga, no fuera a pensar la clase obrera que ella estaba acomodada a esfuerzos innecesarios. Por quitarse de la importancia de embetunar a sus esclavos varios, jugaba distraída con un collar absurdo que un afamado joyero hubiera diseñado dibujando fielmente el vómito de una cabra enferma por comer todo tipo de objetos yacentes entre la mala hierba que crece en las chatarrerías de los polígonos industriales del extrarradio. Para refinar el esperpento hasta lo sublime,calzaba unas botas de caña alta, con más hebillas que el aparejo de un percherón, con pliegues, cordoncitos, solapas salientes de los lugares más inverosímiles... Parecían las botas los juguetes de una jauría de perros asesinos aburridos en la perrera, esperando la persecución del próximo preso fugado...
Sonó su móvil: le había dado orden a su secretaria de viajes y compras que le llamara cada diez minutos de 10:00 a 14:30, no tenía sentido llevar un teléfono de 130.000 euros en platino y diamantes y no sacarlo de allí continuamente para que vieran todos los transeúntes lo dermatológicos que resultan este metal y estas piedras. Ni una alergia.
Al camión de la basura le reventó una rueda. El teléfono no apareció nunca. Dos años y quince investigadores privados después, le sumaron al ayudante de un forense del hospital más importante de la ciudad varias pruebas acusatorias, a saber, su elevado nivel de vida, por encima de la nómina; los testimonios de dos estudiantes de medicina que le vieron ser el primero en manipular el cadáver de la víctima (Pobre mujer, no tuvo tiempo de volverse buena persona en la vida), limpiando las vísceras de objetos incisivos; y la contabilidad secreta, con nombres y cantidades, confiscada al dueño de una casa de empeños, cuya reputación pasó de mala a nula.
lunes, 14 de febrero de 2011
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1 comentario:
Así es la vida. Macabra.
Un saludo
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