sábado, 12 de febrero de 2011

Blancanieves y los siete enanitos. Cuento para adultos

Ella era una chica de su tiempo a tal manera.
Entiende cuál.
Muy "Lolita", una "Jenny", que dicen los críos ahora.
Arrogante, lista, lamentablemente inteligente.
Su yaya, la T.V.
Series, cine, anuncios, le enseñaron a proyectar la felicidad sexual apenas despertadas las inquietudes de lo mismo.
Aquella tarde se desovejó de las amigas y cogida de la zarpa de un lobo casi anónimo, veraniego, flotó por el paseo nublada bajo el cielo azul hasta caer la noche.
No es que perdiera la virginidad: se la quitó de encima para no ser "gilipollas", desde su punto de vista, el que que había aprendido por interpretación libre,
de tal manera,
entiende cuál,
partiendo de la cultura que había escogido para rodearse, de la amplia oferta disponible.
Ocurrió en la parte oculta de la playa, urinario de litroneros, con luna nueva, para menos romanticismos, si cabe.
Consumada, se lavó lo íntimo de sus 13 años con dos olas del mar y se fue a casa.
Las 23:30, sus padres dormían el justo sueño de los progres, uno más de cubatas y canutos.
La niña vomitó en el baño.
En su cuarto se quitó la mochila de peluche de unicornio y por primera vez no permaneció un rato abrazándolo; en la imaginación le atribuía a la felpa un sentimiento acusatorio, despreciativo. Lo posó en el suelo.
En la pared, en una lámina, siete enanitos miraban sonrientes a Blancanieves.
"Cerdos", pensó y se quedó primero pálida y después dormida.
Siguió sacando las mejores notas del colegio.
Su madre tardó dos años más en conseguir que la niña partiera ella misma el filete antes de comerlo, en una de las cansinas batallas cotidianas.

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