viernes, 20 de marzo de 2009

Qué suerte

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Qué tiempos aquellos de mi infancia,

cuando ni los más rodados por el mundo sospechaban
que la crema hidratante de la cara no era la adecuada para el contorno de ojos.
En mi pueblo, nadie sospechó jamás que los ojos tuvieran un contorno.
El contorno era algo muy bonito que nuestro pueblo tenía, según los turistas decían,
y que nosotros no encontrábamos por mucho que forzábamos la vista hacia el horizonte.
Éramos felices porque éramos niños,
no por ingenuos, ni inexpertos, ni irresponsables,
ni porque no lucháramos, que luchábamos tanto como ahora de adultos,
en medio de una pedagogía de palos y horas del trabajo en el campo,
sino porque a esa edad el cerebro está en esa fase temporal programada que significa felicidad, pase lo que pase, casi .
La siguiente es la fase adulta, fase de “la vida es lucha”.
La química de las neuronas fabrica temores, preocupaciones,
batallas que se ganan o se pierden
en una guerra que termina el último día de la vida;
cuatro risas dispersas
y un “gracias” diario a la Monotonía por no marcharse por ese camino
que te destripa los adentros
con unos dolores que te ríes de los de la carne.

Qué felices aquellas tardes de carreras a zapato roto,
cuarto propietario de un jersey roído y deslavado
al que guardába más fidelidad que la que conoce hoy de nadie la ropa de marca.

Ese tiempo bien llenado sin pausas ni prisas, con labores y juegos de pueblo,
más gozosos con un “Veo, veo” que ahora éstos críos con todos sus videojuegos.
Al año, conocíamos por navidades dos juguetes, a los dos días rotos.
No importaba: con piedras, palos, trapos, latas, chapas, pinzas,
una pelota de tenis o un balón pinchado,
hacíamos bazares de juguetes
y olimpiadas de juegos.

Qué tiempos aquellos… De bocadillos de chorizo,
cuando en las pocilgas no había racismo ni clases sociales
y todos los cerdos eran tratados como ibéricos,
cuando los niños no “fracasaban” en la escuela,
sólo suspendían,
por tontos de nacimiento o vagos,
no por no comer o sí comer las meriendas que hoy venden fabricadas con aditivos
y un poco de no se sabe qué;
qué suerte criarnos sin bífidus, omegas treses, inmunei casitas
y otros etcéteras…
¿A dónde hubiéramos llegado
si con patatas y alubias hemos llegado al metro ochenta?
¿Vitaminas? ¿Para qué?
Si jugábamos a ver quien levantaba más veces la burra en el aire,
si cogíamos todas las mojaduras del invierno solos por el camino de la escuela
y la única forma de oirnos toser era no diciéndonos que masticáramos más despacio.

Qué tiempos aquellos, en que mi abuela inventara la expresión “El despacio”
de uso en su máxima “¡Lo que hace el despacio!”
recurso del lenguaje ante actividades sorprendentes e incomprensibles
que el cine del pueblo les mostraba,
como eso que los ricos llamaban “Golf”,
ese absurdo de ir por un campo con un palo que en su extremo no terminaba en azada,
ese golpear una pelota hasta un agujero
“Por no agacharsi el vago y cogela con la mano”.

Qué tiempos, en que jamás conocimos una crisis económica porque en el pueblo nadie tenía dinero para caer en ellas.
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4 comentarios:

dianastrocyte dijo...

No sé qué rayos intentaban transmitir en esta entrada...
Pero me resultó hilarante, queridas presas...

¡Digo!
Amigos locuanes :P

Locuán dijo...

Pues está claro, Dianita. Que qué suerte haber sido chico. Tú, como aún eres chica, no has probado esas nostalgias :-) Todo llegará.
Besos y gracias siempre, guapa
Ana

Anónimo dijo...

Gran nostalagia me produjo tu reflexión.
Yo viví en un ambiente campirano, nuestros juegos fueron en la tierra, haciendo tortillas de lodo y juntando piedras para jugar a la matatena.
O íbamos al arroyuelo a nadar en sus frescas aguas,sin más apuro que el que nos dictaba el estómago,cuando sentíamos hambre.
Ya nos esperaba mi abuela con tortillas de maíz recién hechas,ricos frijoles y limonada.
¡Que maravillosa es una infancia al "aire libre"!
Nunca supe de llorar porque no tenía tiempo aire para el móvil o porque no me habían comprado la última versión del Nintendo.
Ahora los paseos son a los centros comerciales y cada día hay menos jardines y parques públicos, por lo menos aquí en la ciudad de México, creo que llegará un día en que los niños conocerán los parques por la TV.
Saludos: M.LeChat

Locuán dijo...

Yo todavía sueño que estoy en una era elevada, una mañana de sábado, con la hierba de mayo alcanzándome el pecho, los mantos de jaramagos alfombrándome la dicha, rodeada de insectos y de pájaros, bajo un cielo azul rabioso... en un tiempo q no volverá.

Gracias por tu reflexión, Dani. Un besazo.
Ana

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