
Ocurre cada vez con más frecuencia,
que se desvanece el jardín,
entre otras quimeras.
Perseguido por una neurosis fatalista
el Loco cae por tierra
entre ansiedad y angustia
y arrastra sus treinta y cinco cadenas
hacia el Bosque Desencantado.
Cuando llega,
cierra los ojos, se introvierte, piensa, sueña,
entre estos árboles de hierro oxidado
y frondosa maraña de ramas y hojas,
que son palabras de alambre de espino
donde miles de pájaros cantan disonantes,
quedan atrapados,
se desgarran,
se desangran
y riegan la frente del Loco,
que reposa debajo.
El Loco añora su jardín,
busca abrir la puerta de su fantasía
con un artificio de humor esperpéntico;
alza su imaginación a modo de escudo
y busca una risa
que disfrace la desnudez de su miseria
y distraiga su deseo de trepar a los árboles
y unirse a los pájaros.
Unirse a los pájaros
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