
El suicida es un payaso que hace circo en cualquier esquina.
Actuaciones privadas para autoridades y familia,
o funciones públicas desde las azoteas:
riesgo, expectación, suspense, emoción y desenlace.
La cara del payaso, carne reventada, diente partido, hueso astillado,
queda expresando rotundo lo tragicómico
de alguien que ha caído,
de alguien que ha muerto.
Un círculo de hipnotizados le rodean:
nunca han visto crecer un charco de sangre.
Después, salir todos de la plaza con una nueva experiencia,
destemplado público, entrar en un bar,
contarlo a todo el mundo, espantarse, entristecerse, lamentar
y, camarero,
otra cerveza.
En cada rostro apenado vivo, debajo de los labios, sonríe una calavera...
...Pobre payaso,
¡qué solo se queda!
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