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¡Oh, noble calzado del Paraíso!
No en el tajo ni en la guerra quiso
verte
el destino, y del hogar al piso
Suerte
te confina amable;
no te dan baile o deporte honor
y es tu valor loable:
dejad que mi menda de vuestro esplendor
hable.
¡Ah, gratas zapatillas! Mis pinreles
corren como osos a vuestras mieles,
sudan
cautivos en los zapatos crueles,
mudan
los cueros torturantes
por la mullida tela y se vuelven
de vosotras amantes,
así duelos y fatigas resuelven
antes.
Compañeras del ocio y descanso,
en mi torrente vida sois remanso:
patos
mis dos pies en ese recodo manso,
ratos
disfrutan complacidos
a salvo de los feroces dolores
que, aunque decididos,
nunca alcanzan los acogedores
nidos...
¡No acarician igual lenguas doncellas!
¡Ni de amor más abrigan las más bellas
grutas
de señoras patricias o plebeyas
putas!
¡No el masaje chino
de tal toque el milagro alcanza!
¡En todo mi destino
a mi físico mayor alabanza
vino...!
Amigas fieles, cálidas, serenas,
en vuestro abrazo las horas amenas
calman
las mentes de preocupaciones plenas;
traman
los hilos del sosiego,
opuestos al pensamiento contrario:
contra el frío son fuego,
y en el jardín del alma, necesario
riego.
Musas de felpa, colmáis mi vida
de ensueños en maraña tupida
cuando
con la consciencia en sopor sumida
ando
sendas de fantasía
por un mundo cuya naturaleza
trampa es de armonía
donde espicha toda la tristeza mía.
De esa manera, vuestra presencia,
gracias a la magia o a la ciencia,
crea
la felicidad en la existencia
(sea
la existencia llena
por la espesa tiniebla maligna
en constante condena,
es lo mismo: no os vence la indigna
pena)...
¡Oh, rebosantes de gracia y gloria,
alzo mi grito pelado de euforia!
¡Bien
en lo que valéis os juzgue la historia!
¡Cien
y mil años la moda
os ensalce y ayude el verso
de mi humilde oda
a dar esa gracia al universo
toda!
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