
Al desatar los nudos de las cadenas
vi que las cadenas nacían de mi carne,
y un comenzar a despreciar la libertad
fue el principio de un empezar a quererme a mi mismo.
Roces y llagas fueron escala precisa
para la medida lógica de mi sensibilidad;
la pesada serpiente de eslabones,
su óxido,
su tintineo y chirriar,
me arroparon en esa revelación de la vida que sólo el dolor otorga.
Me quedé sentado
en un banco del parque,
todo mi hierro inmóvil,
y en ese momento
el tráfico de la calle,
los gritos de los niños,
la charla de la gente,
todo ese jaleo y alguno más, todo junto,
se convirtió en un hermoso silencio,
un silencio ignorante de mi Estar:
en eso radicaba su belleza, en la callada ceguera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario