Ayer,
a primera hora de la mañana,
todo me salió bien.
Ningún meteorito me había destrozado las zapatillas
durante la noche,
no me rompí los dientes al cepillármelos,
no había tarántulas en la panera cuando la abrí para desayunar,
y en el mundo de mi imaginación
tuve tiempo de escribir un "Te quiero"
rojo brillante, con la punta de los dedos,
antes de morir desangrado
en el campo de batalla de mi propio grito.
El resto del día
fue silencio y soledad.
Soledad y silencio.
Una hoja en blanco:
silencio y soledad,
tal vez sea ese
el más bello poema.
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