viernes, 22 de julio de 2016

Los comienzos de Baby Mouse en la Royal Navy


Los primeros rayos de Sol se filtraron entre las tablas de la cofa del mastelero mayor y le dibujaron a Baby Mouse un pijama a rayas sobre la camisola. El grumete había dormido allí apaciblemente toda la noche. Despertó, abrió los ojos un tanto y lanzó un berrido tan fuerte que hizo vibrar los obenques. Los marineros de guardia saltaron del susto sobre cubierta; alguno se torció un tobillo. Los que descansaban abajo roncando en los coyes se cayeron al suelo. Los vidrios de los fanales de popa se agrietaron una vez más, y el capitán Rage Brexit, reunido en su cámara con el piloto y los oficiales, desgarró la carta de navegación que en ese momento desplegaba entre sus manos.
- ¡Bendito sea ese demonio mal parido! - Dijo el capitán Brexit-. ¡Por los grandísimos cojones del difunto Nelson! ¡Todos al castillo! ¡Zafarrancho de combate! ¡Señor Eyes, vigías en todas las cofas, cinco libras para el primero en avistar lonas enemigas!
- ¡A la orden, Mi Capitán!

El navío de linea The Floating Blackfly bullía de actividad. Marineros, artilleros, fusileros... Despejaban la cubierta, guarnecían la batayola, destrincaban los cañones; los grumetes corrían entre la Santa Bárbara y las dotaciones de artillería haciendo acopio de pólvora y balas de gran calibre; el oficial encargado del armero distribuía pistolas, mosquetes, munición, sables y hachas de abordaje; algunos marineros extendían arena sobre las tablazones para evitar resbalar con la sangre que pronto se derramaría; el cirujano y su ayudante preparaban la mesa de operaciones y el instrumental en un espacio de la bodega, a la luz de dos faroles.
Baby Mouse trepó hasta el tope del mastelerillo. Desde lo alto babeaba observando con atenta curiosidad aquellas laboriosas “hormiguitas”. De pronto, fijó la atención en lontananza, extendió un brazo hacia un puntito blanco que apenas se adivinaba en la linea del horizonte, agitó la manita como si quisiera borrarlo y gritó “¡GU, GU, GU, IIIIIIIIIIIEEEEEEEEEEE!”.
El gaviero Fox Drunk intentaba atrapar al travieso grumete. Fox Drunk subía ya por los obenquillos, escudriñó en la misma dirección que señalaba su sobrino y gritó “¡Vela a sotavento por la aleta de estribor! ¡ Cinco libras para mi bolsa, ja, ja, ja!”

- ¡Contramaestre, virada por avante, rumbo noroeste y a todo trapo! - Dijo el Capitán Brexit desde el puente.
- ¡A la orden, mi Capitán!
- Ah, y dígale a ese truhán de Drunk cuando baje de ahí que su recompensa es una semana a pan y agua, por pícaro. El premio es para su sobrino.
- Sí, mi capitán.

Fox Drunk no pudo escuchar a distancia esa conversación, pero intuyó haberse metido en un lío, por la mirada fija y la expresión del rostro que el capitán le dedicaba. Fingió un enfado y riñó a su sobrino:

- ¡Maldita sea! ¡¿Tienes que ser siempre tan bocazas?! ¡Ven aquí, vamos, salta, bribón!
- ¡¡¡ GUUUUUUUUU!!! - Respondió Baby Mouse y se soltó del tope para caer veinte pies más abajo en brazos de su tío, el cual se sujetaba a la jarcia haciendo fuerza con las piernas metidas entre los flechastes. El hombre nunca podía evitar sonreír cuando tenía a su sobrino en brazos: estaba orgulloso de él.

Baby Mouse tenía ocho meses de edad; de ellos, dos a bordo y ya había sido ascendido de paje a grumete. Si causa asombro ver un bebé enrolado en la Royal Navy, más debe sorprender el valioso Don con que éste naciera: la clarividencia. El cuñado de Fox Drunk, Clumsy Daredevil, padre del rorro, había pasado a mejor vida frente a Cabo Trafalgar, en la gloriosa batalla; la madre del crio, Sara, había fallecido la semana siguiente durante el parto. Al recién nacido no le quedó más familia que su tío, un degenerado sinvergüenza, pero de buén corazón. Fox Drunk era un hombre de cabeza y acción, un hombre que pensaba primero y actuaba después, y esa era su perdición, porque pensar se le daba como el culo... Es más, posiblemente fuera esa la parte de su anatomia que utilizaba para pensar. El día fijado para la partida del barco, se encontraba por la mañana en una taberna del puerto, con el churumbel asomando la cabeza por la abertura de su petate. El marinero competía en un concurso privado de intoxicación etílica junto con algunos de sus mejores amigos, todos zafios, por supuesto, y se le pudo oir soltar semejantes declaraciones:
Demonios, si tengo que pagar para que lo cuide en tierra una buena familia, entonces no tendré nunca un penique en el bolsillo para una jarra de cerveza y si lo abandono en el horfanato, ¿como le voy a sacar provecho, si ni siquiera me va a conocer? Además, esos hijos de perra lo matarán de hambre, le castigarán a golpe de bastón y le harán trabajar como una mula desde el día en que se ponga en pie... Todo eso también lo sé hacer yo... No, no, ¡al infierno! Me lo llevo conmigo, sí, será fácil esconderlo en el barco, abulta menos que un ratón... Y si hace ruido, con medio vaso de ron se quedará tranquilo, sí, ja, ja, ja, ¡calaña de mi sangre ha de aprender a beber desde muy joven! ¡Los mejores negocios de esta vida se hacen delante de una botella! ¡Nos espera un gran futuro, Baby Mouse, sí, ya lo creo, ja, ja, ja...!”
El Floating Blackfly partió de Plymouth ese día durante la noche, en el cambio de marea. Dos días después, Fox Drunk se encontraba en la cubierta del barco atado al cabestrante y recibiendo treinta latigazos. Toda la tripulación contemplaba el espectáculo con circustancial seriedad. En cambio, la pariencia del Capitan Brexit parecía, más bien, la de un loco rabioso que apenas puede contenerse. Solo le faltaba echar humo por los ojos mientras alternaba la mirada entre el reo y el artillero Loving Deaf, el cual sostenía al bebé mientras le daba a probar una papilla de queso de cabra batido en cerveza, muy del gusto del pequeño, al parecer, que por suerte había dejado de llorar. Aún les pitaban los oídos a todos.... Sí, había pasado media hora... Y el vigía anunció desde su puesto “¡Barco a la vista! ¡Por la amura de babor! ¡Pabellón francés!” La leyenda de Baby mouse “El adivino” daba comienzo y le acompañaría el resto de su vida. En su bautizo de fuego no paró de reir y dar palmitas todo el tiempo que duró la batalla. Fue lo más divertido que le habia pasado hasta entonces en su breve existencia. Le entusiasmaba el ruido.
Pronto fueron conscientes de que el niño percibía con su sesto sentido a los barcos enemigos . Media hora antes de que pudieran ser vislumbrados, lanzaba su “Bramido de Satanás”, como lo llamaban los marineros; y en el caso de que asomara barco sin previo “Bramido”, entonces era uno inglés, aliado de Inglaterra o neutral en la guerra contra la alianza franco-española.
Desde esa primera presa en exitoso combate, esta supersticiosa gente creyó, sin dudar lo más mínimo, que el meón traía consigo la buena suerte. Fox Drunk tomó costumbre de acarrearlo atado a su espalda, todo el tiempo, ya obrara en cubierta o bregara por la arboladura, “¡Para que vaya aprendiendo el oficio, mi pequeño ratón, ja, ja, ja!”, explicaba muy seguro de si mismo a sus compañeros. Cuando el nene empezó a gatear, su tío se lo quitó de la chepa y lo dejó a libre antojo. A partir de ahí, se podía localizar a Baby Mouse en los lugares más inesperados, lo mismo en la oscuridad de las bodegas persiguiendo a las ratas, que en las perchas más altas de los mástiles, que deslizándose como un macaco por estayes, brazas o drizas. Su sitio favorito era el mascarón de proa, sobretodo los días de temporal. Se sentaba a horcajadas en el cuello del Ícaro, con la espalda aprisionada contra el tajamar y agarrado a los revueltos cabellos de la talla, que el artesano había querido dar forma imitando el efecto del viento. Permanecía allí durante horas, celebrando con aullidos y risotadas felices la emocionante cabalgada de la proa sobre las espantosas olas. El niño regresaba de esas excursiones más empapado que un percebe de roca profunda, lo cual nunca afectó a su salud, pero siempre influía en su apetito, pues esos días engullía más voraz que de costumbre su ración de tocino salado y duro bizcocho, royendo con sus dos únicos y primeros incisivos inferiores como un aplicado ratón. Sí, la mar le abría el apetito, y estaba rodeado de ella.
Volviendo a la acción del inicio, en el castillo del Floating Blackfly el veterano Segundo Oficial Milky Eyes, tragó saliva, apartó su catalejo de la cara y dedicó cinco segundos a pensar en su familia. Era el abuelo del barco y el más cegato de la tripulación, sufría de cataratas en ambos ojos, pero había invertido los ahorros de su vida en comprar un “Copérnicus Star” de última generación, de calibración inglesa, con lentes pulidas antes de la guerra en los talleres franceses del maestro Lenoir. Fue el primero en dar la noticia al capitán:

- Mi Capitán, mal asunto, el enemigo vira en redondo y nos aproa.
- Sí, sí, ya veo... ¿Qué pretenden esos locos? ¿Identifico un bergantin, señor Eyes? - Dijo el capitán, observando por su propio anteojo.
- Sí, Mi Capitán, de dos palos, dos cañones, bandera pirata, se trata del...
- ¡¿Cómo?! ¡¿Cómo se atreven? ¡¿Ese cagarro flotante encara los ochenta cañones de mi Floating Blackfly, orgullo de la Royal Navy?!... Pero no... Aunque, tal vez... Imposible... Ni con esas... O... ¿O sí?
- Me temo que sí, mi Capitán: es el Abejaruco Fantasma.
- ¡¡¡¿Qué?!!! ¡ El Diablo nos asista! ¡Ana de Olvera! ¡ “¡La Insumergible” y su caterva despiada de viejas dementes!

El Abejaruco Fantasma era una goleta de velacho de setenta y cinco pies de eslora, esculpido de una pieza en piedra pómez; mástiles, entenas y botabaras de bronce y velas de gruesa chapa de cobre. Le rebotaban hasta las balas de carronada de 42 libras. Armaba sobre base giratoria en proa y popa sendos morteros de 19 pulgadas que disparaban botijos rellenos de termitas malayas, capaces de deshacer el más sólido navío del mejor roble inglés en menos de una hora, con sólo un disparo certero. En lo alto del palo mayor lucía su enseña: Un abejaruco pintado en todos sus colores sobre fondo negro, pero con calavera humana por cabeza, de color cirio de velatorio.
Todos los hombres del Floating Blackfly habían palidecido. Se habían quedado mudos. No se oía ni un murmullo. Algún sollozo, sí. El oficial Eyes respiró hondo y se atrevió a formular al capitán la pregunta del millón de libras.

- Mi Capitán... Esperamos sus órdenes... ¿Qué hacemos?
- ... Estamos a su alcance, maldita sea – el Capitán Brexit hablaba con una voz de cuchicheo afónico, a punto de hacer pucheros y empleando toda su fuerza física en contraer el esfinter anal-. La “Insumergible” jamás falló un disparo a dos millas... Maldita sea, joder, joder... Si es que lo tengo que decir todo...Si es que estoy rodeado de tontos... Velas en facha, bandera blanca, retraigan cañones, cierren portas, depongan armas... Rodeado de tontos... A la mierda mi carrera... Hostias católicas... con lo grande que es el mar... Joder, y me tuvo que tocar a mi... el pajarraco fantasma de los huevos.... (Snif, snif). Tres capturas en dos meses... Tres batallas gloriosas (Snif)... Y ahora que era rico, tenía que pasar ésta por aquí...(Snif)... Me cago en mi puta suerte... Pero, ¿qué mira, buen hombre?¿Le dió un vahído?
- MiCapitán -insistió Milky Eyes-. Le formarán consejo de guerra si no presenta batalla.
- ¡Y usted que lo vea...! ¡Y usted que lo vea y que lo vean todos, que eso será que salimos vivos de esta...! - Exclamó el capitan, en un repentino cambio de su desequilibrada personalidad.
- Mi Capitán...
- ¡¡¡Mis cuernos!!! -estalló- ¡¡¡Una mierda como una ballena!!! ¡¡¡Obedezca las órdenes!!! ¡¡¡Gilipollas!!! - Vociferó como un loco, la cara de rojo pimiento, las venas del cuello como rabas de calamar y los ojos, dos bolas, de sapo pisado por un caballo al galope.
- Señor... Es que...
- ¡¿Quéééééé?! ¡¿Qué de quééééé ?! ¡¡¡¿Qué de qué de quééééé?!!!
- ¿Y el orgullo de la Royal Navy?

El capitán se cubrió el rostro con las manos, respiró hondo tres veces, contó hasta diez en voz baja. Al retirar las manos ofrecía una sonrisa bonachona, tierna, serena, como de cura majo, como de padre cariñoso, como de adicto al laúdano en pleno éxtasis.

- Mi querido señor Eyes -dijo-. Le ruego que usted mismo se ocupe de proteger el orgullo de la Royal Navy, para lo cual, puede guardárselo en un lugar extrecho, cerrado y justito, que haya que empujarlo con el dedo para que no quede nada a la vista, no le vaya a dar el Sol, el agua o el aire y lo estropee...
- ¡Señor... Yo solo quería...!
- Sí, usted solo queria morir ahogado con la ropa hecha confeti y bajo una alfombra de serrín... Le entiendo, le entiendo, pero eso hágalo en su pueblo, si regresa algún día, sí, hombre, sí, mire, le pide unas termitas malayas a esas arpías y ya en su pueblo baja usted por el río navegando en un cajón de higos y suelta los bichitos... Esto... ¿En mi barco mando yo? Uy, sí, qué memoria, se me olvidan las cosas, debe ser la edad.
- A sus órdenes, Mi Capitán.
- ¡Pero qué amable es usted, señor Eyes! Siempre lo dije. ¡Ay! Se me olvidaba: cuando terminen, se me sientan todos en el combés con las manos en alto y calladitos, ¿sí? Bien... Y de paso, para no aburrirse, jueguen a no pestañear.
- Lo que usted diga, mi capitán.

El Abejaruco fantasma maniobró sin prisa para abarloar. La capitana Ana de Olvera abordó como de paseo, un caminar casi distraído, una sonrisa etrusca, muy señora. Maquillada a lo escesivo, su cara era un estuco blanco con carmines en labios y mejillas; los ojos perfilados en negro,a lo Cleopatra, uñas y pestañas postizas, mismo color. Resplandecía enjoyada hasta las cejas con oros, platas, perlas y piedras preciosas, vamos, un muestrario de joyero con todo lo inventado por el Ser Humano como ponible. Vestía blusón blanco de seda, holgado, con chorreras en cuello y volantes en cintura y mangas, de estampado colorista con aves del paraíso en vegetación tropical; calzón bombacho corto, a medio muslo, de terciopelo negro liso acuchillado dejando ver un forro de seda también blanco ; medias de maya de pescar anchoa. Calzaba bota negra mosquetera de caña ancha a la rodilla, con hebillón de plata en el empeine y el cuero repujado con motivo de libélulas entre juncos y menúfares. Cubría su exuberante cabello cano con un sombrero de paja tipo colonial teñido en negro, de ala alabeada graciosamente, de dos pies de anchura y reforzada para sostener una ostentosa decoración de frutas tropicales y plumas de pavo real. Sus secuaces, unas treinta mujeres, le seguían los pasos arregladas en el mismo estilo, con ese tipo de afeites y vestuario, cada cuala a su gusto personal en modelos, complementos y colores, componiendo una acertada conjunción común que delataba un gusto excelente. A diferencia de su capitana, venían riendo a carcajadas. Rondaban una media de edad en torno a los setenta años. La que más dientes tenía era una con tres, dos arriba y uno abajo, cariados. Sus bocas parecían madrigueras de tarántula. Un cuadro espantoso.
La capitana saludó con su habitual educación, un poco aburrida, al modo funcionario en despacho de administración portuaria.

- Ozú, cuánto guiri zerio. ¿Ca pazao aquí? ¿Ha zubido el prezio de lo garbanzo o e que zufrimo la almorrana en zilenzio? ¿Qué me dize?
- Capitana Ana de Olvera – respondió el capitan Brexit en su mejor español-. Le hago entrega de mi sable. Mi barco está a su disposición.
- ¿A mi dizpozizión?. Qué novedá. Ande, traiga pacá el cuchillón, no ze vaya cortá uzté.
- Señora, le ruego clemencia para mis hombres.
- ¿Clemenqué? ¡Aquí no hay de ezo pa naide! ¡To laz armaz de fuego al agua! ¡To lo que pinche o corte, requizao! ¡Mala gente! ¡Y tol mundo a fregá y bañase, atajo guarroz! ¡no quiero vé una cagá de mozca nel barco ni una mijilla roña nun tobillo! ¡Que güele tó que vomitan laz mofetaz!

Y ese fue el principio del tormento. Bajo amenaza de soltar la termita malaya y con la exigente supervisión personal de estas señoras, todo lo que pudiera hacer daño fue arrojado por la borda hasta no quedar ni un cañón, ni una bala de mosquete, ni un grano de pólvora que estropeara la buena voluntad del bien llevarse. Se hizo una limpieza general de cubiertas, arboladura, jarcias, velas, sentinas y pañoles. Todo el navío, por dentro y por fuera, con marineros incluidos, pasó por el friegaquetefriega con arena, vinagre y jabón, aplicados a fuerza de puño con cáñamo en bruto de lo vasto. No faltó un concienzudo ahumado de bodegas, a escotilla cerrada, con fuegos de brea y azufre en pucheros, para eliminar ratas, cucarachas, gusanos, pulgas, piojos y arañas.
Y hasta aquí la parte del castigo de mejor soportar por las dignidades heridas. Los días siguientes fueron un curso textil intensivo, de horario jamaicano esclavista. El primer día se desenvergó casi todo el velamen; el segundo día se tiñó de variados y brillantes colores en marmitas y con tintes surtidos de la provisión con la que se resolvían las coquetas piratas en su Abejaruco Fantasma; el tercer día se descolgaron las lonas de los tendederos, ya secas, y lo pasaron recortando patrones de costura. La confección fue lo más duro: día y noche durante un mes y a ritmo de taller chino los pobres sometidos se hartaron de coser, bordar y tejer hasta quedar con los dedos agarrotados y ojeras de mapache, pero, eso sí, quedaron muy bien vestidos, al estilo barroco, con clara inclinación Rey Luis XIV de Francia, no renunciando a ningún recurso de otras influencias de las modas palaciegas anteriores o posteriores a esa época. Había que verles. Una maravilla. Impolutos, perfectos en cada detalle de exquisito refinamiento, con sus camisas, calzones ceñidos o greguescos, jubones, chalecos o abrigos, capas, medias, guantes, sombreros chambergos, bicornios o tricornios, guantes, zapatos embreados y entaconados con gruesos tochos de madera... Todo ello cargado y recargado con plumas, escarapelas, rosas, brocados, encajes,cintas, cordones, flecos, volantes, ribetes, borlas, fajines, bandoleras, gorgueras y pañuelos... ¡Y qué colores! ¡Para volver histérico a un camaleón que quisiera camuflarse en medio del grupo! Por supuesto, resaltaban especialmente los obligados pelucones, elaborados con filástica repeinada, fijada y teñida con engrudo de harina, largos hasta la cintura y con una fantasía de ondulados,tirabuzones, bucles, rizos, trencitas y coletas
que hubieran eclipsado los cabellos a los ángeles del Cielo, de querer comparar. Estos hombres se remataron como obras de arte vivientes al pintarse con carmín pómulos y morritos, sin olvidar aplicarse unos sensuales lunares postizos, aquí y allá, capaces de subyugar a las naturalezas más frígidas. De haber sido la época y el lugar del Versalles de María Antonieta, estos hombres hubieran firmado autógrafos hasta en el escote de la reina. Por desgracia, debían volver a la Inglaterra Protestante de 1806. Pisar el puerto de Plymouth de esa guisa era garantía de una somanta de palos ablandadores antes de la dilapidación en público. Su aspecto difuminaba hasta lo sublime la masculinidad de estos viriles hombres, y violentados unos frente a otros, se contagiaron de un rubor crónico que hacía parecer este barco de guerra una gabarra de las que suben por el Támesis cargadas de tomates en temporada rumbo a los mercados de Londres.
En fin, nos habíamos olvidado de Baby Mouse... ¿Para qué decir que se convirtió en el bebé mimado de las viejecitas? Pues, ¿para qué va a ser?: Para que se sepa. Por supuesto, quedó dispensado de obligaciones, y por distraerlo de la monotonía de un barco anclado, le confeccionaron para su contento un traje típico con todo lo tópico de la indumentaria piratesca... Calzón de pernera de campana a media pantorrilla, chaleco abierto, modelo pecholobo, era una risa verlo gatear con su parche en el ojo, con su loro de trapo cosido al hombro y una pata de palo que llevaba arrastrando tras él atada a la cintura con un chicote. Por hacer la gracia completa le dejaron para que jugara el sable del Capitán Brexit, pero hubieron de quitárselo al momento porque estuvo a punto de abatir a mandobles el palo de mesana en un descuido de los mayores, como siempre.
Volviendo a los adultos, el último día de la provechosa convivencia, las corsarias organizaron una fiesta con música y baile. Los dóciles doblegados se arrancaron por unos minuetos. La ejecución se evidenció vergonzante, sin embargo, fueron aplaudidos generosamente por su magnánimo público femenino, casualmente de muy buen humor por tener en perspectiva un proyecto de negocios que pensaban poner en marcha en futuro cercano invirtiendo el fastuoso botín que había pasado a lastrar las bodegas del Abejaruco Fantasma. Partieron al atardecer. Los ingleses vieron aliviados alejarse la goleta, se desplomaron agotados sobre la cubierta del Floating Blackfly y fueron quedándose dormidos arruyados por las canciones del coro que se oía hacia el ocaso: El Abejaruco se recortaba como una sombra negra, enmarcado en un Sol carmesí gigante posado en la linea del horizonte, las españolas entonaban con su acento característico esa de “¡Yo zoy epañola, epañola, epañolaaaa!¡Yo zoy epañola epañola, epañolaaaa” y esa otra , también muy popular, de “¡Que viiiiivaaaa epañaaaaaa! ¡Epaña e ziempre la mejooooo! ¡Que viiiiivaaaaaa epañaaaa...!”

Epílogo.

El Capitan Rage Brexit fue juzgado un año después en Inglaterra acusado de cobardía. Evitó la pena de muerte gracias a la comprensión del jurado respecto a la circustancia de haberse rendido ante un enemigo formidable , pero no se libró de ser degradado y sentenciado a cadena perpetua. Cumple condena en la Torre de Londres. Los carceleros le martirizan. Le visten con ropas de mujer y gritan a su oido “¡Barco a la vista!”. Parece ser que a estos desalmados les hace mucha gracia la manera tan femenina que tiene el capitán de llevarse el dorso de la mano a la frente, echar la cabeza hacia atrás y caer desmayado, como si fuera un saco de patatas.

La tripulación del Floating Blackfly quedó exculpada de toda responsabilidad en los hechos. Durante los interrogatorios, sus declaraciones fueron airadas, pero coherentes. Manifestaban haberse visto obligados a cumplir órdenes en todo momento; guardaban un desprecio común lleno de reproches hacia Rage Brexit y si de algo se arrepentían, era de no haberse amotinado para morir luchando con honor y de seguro lo hubieran hecho de haber sabido lo que les esperaba, asi decían.
Excepto Fox Drunk, estos hombres no volvieron jamas a embarcarse; adoptaron falsas identidades para escapar al escarnio público y marcharon tierra adentro con intención de ganarse la vida en trabajos no relacionados con la navegación. Hoy en día aún se niegan incluso a trabajar como leñadores, temiendo que la madera de los árboles que talen pueda ser usada para construir barcos.

Ana de Olvera y sus enriquecidas corsarias viajaron a Europa y se afincaron en Francia. Actualmente, estas alegres viudas viven todas, regentan una cadena de talleres familiares dedicados a la moda Pret a porter y triunfan en los negocios. Dividen el tiempo libre entre sus nietos, bisnietos, tataranietos y las noches locas de París, protagonizando sonados escándalos por su libertinaje y excesos, que les han valido el apodo de “Las piratas de los trapos”, en los círculos sociales de la ciudad.

Recientemente, Lord Baby Mouse ha sido nombrado Almirante a la edad de treinta años, en reconocimiento a su exitosa carrera en la Royal Navy. Según informó The Times, el almirante Lord Mouse celebró el ascenso en una fiesta mutitudinaria en compañia de su mujer, la bellísima Lady Small Cake, Condesa de Essex, y sus doce hijos. Acudió al evento toda la alta nobleza de Essex, (familia política del Almirante), así como numerosos amigos, importantes autoridades y figuras destacadas de la sociedad londinense. El tío carnal de Lord Mouse, el influyente armador Fox Drunken, magnate del comercio internacional de licores, realizó durante la fiesta y ante 2500 invitados, una exitosa demostración de cómo un organismo humano puede sostenerse en pie y sin tambalearse conteniendo en su interior la cantidad de un galón de Brandy. Fue ovacionado durante treinta minutos.

2 comentarios:

Ana Márquez dijo...

La imaginación al poder :-) Os veo en plena forma, capitán Locuán, siga así vuestra pluma por luengos años :-D

Besos!

Locuán dijo...

:-)
Señora y muy destacada dama, beso su mano.

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