Los primeros rayos
de Sol se filtraron entre las tablas de la cofa del mastelero mayor y
le dibujaron a Baby Mouse un pijama a rayas sobre la camisola. El
grumete había dormido allí apaciblemente toda la noche. Despertó,
abrió los ojos un tanto y lanzó un berrido tan fuerte que hizo
vibrar los obenques. Los marineros de guardia saltaron del susto
sobre cubierta; alguno se torció un tobillo. Los que descansaban
abajo roncando en los coyes se cayeron al suelo. Los vidrios de los
fanales de popa se agrietaron una vez más, y el capitán Rage
Brexit, reunido en su cámara con el piloto y los oficiales, desgarró
la carta de navegación que en ese momento desplegaba entre sus
manos.
- ¡Bendito sea
ese demonio mal parido! - Dijo el capitán Brexit-. ¡Por los
grandísimos cojones del difunto Nelson! ¡Todos al castillo!
¡Zafarrancho de combate! ¡Señor Eyes, vigías en todas las cofas,
cinco libras para el primero en avistar lonas enemigas!
- ¡A la orden, Mi
Capitán!
El
navío de linea The
Floating Blackfly
bullía de actividad. Marineros, artilleros, fusileros... Despejaban
la cubierta, guarnecían la batayola, destrincaban los cañones; los
grumetes corrían entre la Santa Bárbara y las dotaciones de
artillería haciendo acopio de pólvora y balas de gran calibre; el
oficial encargado del armero distribuía pistolas, mosquetes,
munición, sables y hachas de abordaje; algunos marineros extendían
arena sobre las tablazones para evitar resbalar con la sangre que
pronto se derramaría; el cirujano y su ayudante preparaban la mesa
de operaciones y el instrumental en un espacio de la bodega, a la luz
de dos faroles.
Baby Mouse trepó hasta el tope del
mastelerillo. Desde lo alto babeaba observando con atenta curiosidad
aquellas laboriosas “hormiguitas”. De pronto, fijó la atención
en lontananza, extendió un brazo hacia un puntito blanco que apenas
se adivinaba en la linea del horizonte, agitó la manita como si
quisiera borrarlo y gritó “¡GU, GU, GU, IIIIIIIIIIIEEEEEEEEEEE!”.
El gaviero Fox Drunk intentaba atrapar
al travieso grumete. Fox Drunk subía ya por los obenquillos,
escudriñó en la misma dirección que señalaba su sobrino y gritó
“¡Vela a sotavento por la aleta de estribor! ¡ Cinco libras para
mi bolsa, ja, ja, ja!”
- ¡Contramaestre, virada por avante,
rumbo noroeste y a todo trapo! - Dijo el Capitán Brexit desde el
puente.
- ¡A la orden, mi Capitán!
- Ah, y dígale a ese truhán de Drunk
cuando baje de ahí que su recompensa es una semana a pan y agua, por
pícaro. El premio es para su sobrino.
- Sí, mi capitán.
Fox Drunk no pudo escuchar a distancia
esa conversación, pero intuyó haberse metido en un lío, por la
mirada fija y la expresión del rostro que el capitán le dedicaba.
Fingió un enfado y riñó a su sobrino:
- ¡Maldita sea! ¡¿Tienes que ser
siempre tan bocazas?! ¡Ven aquí, vamos, salta, bribón!
- ¡¡¡ GUUUUUUUUU!!! - Respondió
Baby Mouse y se soltó del tope para caer veinte pies más abajo en
brazos de su tío, el cual se sujetaba a la jarcia haciendo fuerza
con las piernas metidas entre los flechastes. El hombre nunca podía
evitar sonreír cuando tenía a su sobrino en brazos: estaba
orgulloso de él.
Baby Mouse tenía ocho meses de edad;
de ellos, dos a bordo y ya había sido ascendido de paje a grumete.
Si causa asombro ver un bebé enrolado en la Royal Navy, más debe
sorprender el valioso Don con que éste naciera: la clarividencia. El
cuñado de Fox Drunk, Clumsy Daredevil, padre
del rorro, había
pasado a mejor vida frente a Cabo Trafalgar, en la gloriosa batalla;
la madre del crio,
Sara, había fallecido la semana siguiente durante el parto. Al
recién nacido no le quedó más familia que
su tío, un degenerado sinvergüenza, pero de buén corazón. Fox
Drunk era un hombre de cabeza y acción, un hombre que pensaba
primero y actuaba después, y esa era su perdición, porque pensar se
le daba como el culo... Es más, posiblemente fuera esa la parte de
su anatomia que utilizaba para pensar. El día fijado para la partida
del barco, se encontraba por la mañana
en una taberna del puerto, con el churumbel
asomando la cabeza por la abertura
de su petate. El marinero competía
en un concurso privado de intoxicación etílica junto
con algunos de sus mejores amigos, todos
zafios, por supuesto, y se
le pudo oir soltar
semejantes declaraciones:
“Demonios, si tengo
que pagar para que lo cuide en tierra una buena familia, entonces no
tendré nunca un penique en el bolsillo para una jarra de cerveza y
si lo abandono en el horfanato, ¿como le voy a sacar provecho, si ni
siquiera me va a conocer? Además, esos hijos de perra lo matarán de
hambre, le castigarán a golpe de bastón y le harán trabajar como
una mula desde el día en que se ponga en pie... Todo eso también lo
sé hacer yo... No, no,
¡al infierno! Me lo llevo conmigo, sí, será fácil esconderlo en
el barco, abulta menos que un ratón... Y si hace ruido, con medio
vaso de ron se quedará tranquilo, sí, ja, ja, ja, ¡calaña de mi
sangre ha de aprender a beber desde muy joven! ¡Los mejores negocios
de esta vida se hacen delante de una botella! ¡Nos espera un gran
futuro, Baby Mouse, sí, ya lo creo, ja, ja, ja...!”
El
Floating Blackfly
partió de Plymouth ese día durante la noche,
en el cambio de marea. Dos días después, Fox Drunk se encontraba en
la cubierta del barco atado al cabestrante y recibiendo treinta
latigazos. Toda la tripulación contemplaba el espectáculo con
circustancial seriedad.
En cambio, la pariencia
del Capitan Brexit parecía, más bien, la de un loco rabioso que
apenas puede contenerse. Solo le faltaba echar humo por los ojos
mientras alternaba la
mirada entre el reo y el artillero Loving
Deaf, el
cual sostenía al bebé mientras le daba a
probar una papilla de
queso de cabra batido
en cerveza, muy del gusto del pequeño, al parecer, que por suerte
había dejado de llorar. Aún les pitaban
los oídos a todos.... Sí, había pasado media hora... Y el vigía
anunció desde su puesto “¡Barco a la vista! ¡Por la amura de
babor! ¡Pabellón francés!” La leyenda de Baby mouse “El
adivino” daba comienzo y le acompañaría el resto
de su vida. En su bautizo de fuego no paró de reir y dar palmitas
todo el tiempo que duró la batalla. Fue lo más divertido que le
habia pasado hasta entonces en su breve
existencia. Le
entusiasmaba el ruido.
Pronto fueron
conscientes de que el niño percibía con su
sesto sentido a los barcos enemigos . Media
hora antes de que pudieran ser vislumbrados,
lanzaba su “Bramido
de Satanás”, como lo llamaban los marineros; y en el caso de que
asomara barco sin previo “Bramido”,
entonces era uno inglés, aliado de Inglaterra
o neutral en la guerra contra la alianza franco-española.
Desde esa primera presa en exitoso
combate, esta supersticiosa gente creyó, sin dudar lo más mínimo,
que el meón traía consigo la buena suerte. Fox Drunk tomó
costumbre de acarrearlo atado a su espalda, todo el tiempo, ya obrara
en cubierta o bregara por la arboladura, “¡Para que vaya
aprendiendo el oficio, mi pequeño ratón, ja, ja, ja!”, explicaba
muy seguro de si mismo a sus compañeros. Cuando el nene empezó a
gatear, su tío se lo quitó de la chepa y lo dejó a libre antojo. A
partir de ahí, se podía localizar a Baby Mouse en los lugares más
inesperados, lo mismo en la oscuridad de las bodegas persiguiendo a
las ratas, que en las perchas más altas de los mástiles, que
deslizándose como un macaco por estayes, brazas o drizas. Su sitio
favorito era el mascarón de proa, sobretodo los días de temporal.
Se sentaba a horcajadas en el cuello del Ícaro, con la espalda
aprisionada contra el tajamar y agarrado a los revueltos cabellos de
la talla, que el artesano había querido dar forma imitando el efecto
del viento. Permanecía allí durante horas, celebrando con aullidos
y risotadas felices la emocionante cabalgada de la proa sobre las
espantosas olas. El niño regresaba de esas excursiones más empapado
que un percebe de roca profunda, lo cual nunca afectó a su salud,
pero siempre influía en su apetito, pues esos días engullía más
voraz que de costumbre su ración de tocino salado y duro bizcocho,
royendo con sus dos únicos y primeros incisivos inferiores como un
aplicado ratón. Sí, la mar le abría el apetito, y estaba rodeado
de ella.
Volviendo a la acción del inicio, en
el castillo del Floating
Blackfly el
veterano Segundo Oficial Milky Eyes, tragó saliva, apartó su
catalejo de la cara y dedicó cinco segundos a pensar en su familia.
Era el abuelo del barco y
el más cegato de la tripulación, sufría de cataratas en ambos
ojos, pero había invertido los ahorros de su vida en comprar un
“Copérnicus Star” de última generación, de calibración
inglesa, con lentes pulidas antes de la guerra
en los talleres franceses del
maestro Lenoir. Fue el primero en dar la noticia al capitán:
- Mi Capitán, mal asunto, el
enemigo vira en redondo y nos aproa.
- Sí, sí, ya veo... ¿Qué
pretenden esos locos? ¿Identifico un bergantin, señor Eyes? - Dijo
el capitán, observando por su propio anteojo.
- Sí, Mi Capitán, de dos
palos, dos cañones, bandera pirata, se trata del...
- ¡¿Cómo?! ¡¿Cómo
se atreven? ¡¿Ese cagarro flotante encara los ochenta cañones de
mi Floating Blackfly,
orgullo de la Royal Navy?!... Pero no...
Aunque, tal vez... Imposible... Ni con esas... O... ¿O sí?
- Me temo que sí, mi
Capitán: es el Abejaruco Fantasma.
- ¡¡¡¿Qué?!!! ¡ El
Diablo nos asista! ¡Ana de Olvera! ¡ “¡La Insumergible” y su
caterva despiada de viejas dementes!
El Abejaruco Fantasma
era una goleta de
velacho de setenta y cinco pies de eslora,
esculpido de una pieza
en piedra pómez; mástiles, entenas y botabaras de bronce y velas de
gruesa chapa de cobre. Le rebotaban hasta las balas de carronada de
42 libras. Armaba sobre base giratoria en proa y popa sendos morteros
de 19 pulgadas que disparaban botijos
rellenos de termitas
malayas, capaces de deshacer el más sólido navío del mejor roble
inglés en menos de una hora, con sólo un disparo certero. En lo
alto del palo mayor
lucía su enseña: Un abejaruco pintado en todos sus colores sobre
fondo negro, pero con calavera humana por cabeza, de color cirio de
velatorio.
Todos los hombres del
Floating Blackfly
habían palidecido. Se
habían quedado mudos. No se oía ni un
murmullo. Algún sollozo, sí. El oficial Eyes
respiró hondo y se atrevió a formular al capitán
la pregunta del millón
de libras.
- Mi Capitán... Esperamos
sus órdenes... ¿Qué hacemos?
- ... Estamos a su alcance,
maldita sea – el Capitán Brexit hablaba con una voz de cuchicheo
afónico, a punto de hacer pucheros y empleando toda su fuerza física
en contraer el esfinter anal-. La “Insumergible” jamás falló un
disparo a dos millas... Maldita sea, joder, joder... Si es que lo
tengo que decir todo...Si es que estoy rodeado de tontos... Velas en
facha, bandera blanca, retraigan cañones, cierren portas, depongan
armas... Rodeado de tontos... A la mierda mi carrera... Hostias
católicas... con lo grande que es el mar... Joder, y me tuvo que
tocar a mi... el pajarraco fantasma de los huevos.... (Snif, snif).
Tres capturas en dos meses... Tres batallas gloriosas (Snif)... Y
ahora que era rico, tenía que pasar ésta por aquí...(Snif)... Me
cago en mi puta suerte... Pero, ¿qué mira, buen hombre?¿Le dió un
vahído?
- MiCapitán -insistió Milky
Eyes-. Le formarán consejo de guerra si no presenta batalla.
- ¡Y usted que lo vea...! ¡Y
usted que lo vea y que lo vean todos, que eso será que salimos vivos
de esta...! - Exclamó el capitan, en un repentino cambio de su
desequilibrada personalidad.
- Mi Capitán...
- ¡¡¡Mis cuernos!!!
-estalló- ¡¡¡Una mierda como una ballena!!! ¡¡¡Obedezca las
órdenes!!! ¡¡¡Gilipollas!!! - Vociferó como un loco, la cara de
rojo pimiento, las venas del cuello como rabas de calamar y los ojos,
dos bolas, de sapo pisado por un caballo al galope.
- Señor... Es que...
- ¡¿Quéééééé?! ¡¿Qué
de quééééé ?! ¡¡¡¿Qué de qué de quééééé?!!!
- ¿Y el orgullo de la Royal
Navy?
El capitán se cubrió el
rostro con las manos, respiró hondo tres veces, contó hasta diez en
voz baja. Al retirar las manos ofrecía una sonrisa bonachona,
tierna, serena, como de cura majo, como de padre cariñoso, como de
adicto al laúdano en pleno éxtasis.
- Mi querido señor Eyes
-dijo-. Le ruego que usted mismo se ocupe de proteger el orgullo de
la Royal Navy, para lo cual, puede guardárselo en un lugar extrecho,
cerrado y justito, que haya que empujarlo con el dedo para que no
quede nada a la vista, no le vaya a dar el Sol, el agua o el aire y
lo estropee...
- ¡Señor... Yo solo
quería...!
- Sí, usted solo queria
morir ahogado con la ropa hecha confeti y bajo una alfombra de
serrín... Le entiendo, le entiendo, pero eso hágalo en su pueblo,
si regresa algún día, sí, hombre, sí, mire, le pide unas termitas
malayas a esas arpías y ya en su pueblo baja usted por el río
navegando en un cajón de higos y suelta los bichitos... Esto... ¿En
mi barco mando yo? Uy, sí, qué memoria, se me olvidan las cosas,
debe ser la edad.
- A sus órdenes, Mi Capitán.
- ¡Pero qué amable es
usted, señor Eyes! Siempre lo dije. ¡Ay! Se me olvidaba: cuando
terminen, se me sientan todos en el combés con las manos en alto y
calladitos, ¿sí? Bien... Y de paso, para no aburrirse, jueguen a no
pestañear.
- Lo que usted diga, mi
capitán.
El Abejaruco fantasma
maniobró sin prisa para abarloar. La capitana Ana de Olvera abordó
como de paseo, un caminar casi distraído, una sonrisa etrusca, muy
señora. Maquillada a lo escesivo, su cara era un estuco blanco con
carmines en labios y mejillas; los ojos perfilados en negro,a lo
Cleopatra, uñas y pestañas postizas, mismo color. Resplandecía
enjoyada hasta las cejas con oros, platas, perlas y piedras
preciosas, vamos, un muestrario de joyero con todo lo inventado por
el Ser Humano como ponible. Vestía blusón blanco de seda, holgado,
con chorreras en cuello y volantes en cintura y mangas, de estampado
colorista con aves del paraíso en vegetación tropical; calzón
bombacho corto, a medio muslo, de terciopelo negro liso acuchillado
dejando ver un forro de seda también blanco ; medias de maya de
pescar anchoa. Calzaba bota negra mosquetera de caña ancha a la
rodilla, con hebillón de plata en el empeine y el cuero repujado con
motivo de libélulas entre juncos y menúfares. Cubría su exuberante
cabello cano con un sombrero de paja tipo colonial teñido en negro,
de ala alabeada graciosamente, de dos pies de anchura y reforzada
para sostener una ostentosa decoración de frutas tropicales y plumas
de pavo real. Sus secuaces, unas treinta mujeres, le seguían los
pasos arregladas en el mismo estilo, con ese tipo de afeites y
vestuario, cada cuala a su gusto personal en modelos, complementos y
colores, componiendo una acertada conjunción común que delataba un
gusto excelente. A diferencia de su capitana, venían riendo a
carcajadas. Rondaban una media de edad en torno a los setenta años.
La que más dientes tenía era una con tres, dos arriba y uno abajo,
cariados. Sus bocas parecían madrigueras de tarántula. Un cuadro
espantoso.
La capitana saludó con su
habitual educación, un poco aburrida, al modo funcionario en
despacho de administración portuaria.
- Ozú, cuánto guiri zerio.
¿Ca pazao aquí? ¿Ha zubido el prezio de lo garbanzo o e que
zufrimo la almorrana en zilenzio? ¿Qué me dize?
- Capitana Ana de Olvera –
respondió el capitan Brexit en su mejor español-. Le hago entrega
de mi sable. Mi barco está a su disposición.
- ¿A mi dizpozizión?. Qué
novedá. Ande, traiga pacá el cuchillón, no ze vaya cortá uzté.
- Señora, le ruego clemencia para mis
hombres.
- ¿Clemenqué? ¡Aquí no hay de ezo
pa naide! ¡To laz armaz de fuego al agua! ¡To lo que pinche o
corte, requizao! ¡Mala gente! ¡Y tol mundo a fregá y bañase,
atajo guarroz! ¡no quiero vé una cagá de mozca nel barco ni una
mijilla roña nun tobillo! ¡Que güele tó que vomitan laz mofetaz!
Y ese fue el principio del tormento.
Bajo amenaza de soltar la termita malaya y con la exigente
supervisión personal de estas señoras, todo lo que pudiera hacer
daño fue arrojado por la borda hasta no quedar ni un cañón, ni una
bala de mosquete, ni un grano de pólvora que estropeara la buena
voluntad del bien llevarse. Se hizo una limpieza general de
cubiertas, arboladura, jarcias, velas, sentinas y pañoles. Todo el
navío, por dentro y por fuera, con marineros incluidos, pasó por el
friegaquetefriega con arena, vinagre y jabón, aplicados a fuerza de
puño con cáñamo en bruto de lo vasto. No faltó un concienzudo
ahumado de bodegas, a escotilla cerrada, con fuegos de brea y azufre
en pucheros, para eliminar ratas, cucarachas, gusanos, pulgas, piojos
y arañas.
Y hasta aquí la parte del castigo de
mejor soportar por las dignidades heridas. Los días siguientes
fueron un curso textil intensivo, de horario jamaicano esclavista. El
primer día se desenvergó casi todo el velamen; el segundo día se
tiñó de variados y brillantes colores en marmitas y con tintes
surtidos de la provisión con la que se resolvían las coquetas
piratas en su Abejaruco Fantasma; el tercer día se descolgaron las
lonas de los tendederos, ya secas, y lo pasaron recortando patrones
de costura. La confección fue lo más duro: día y noche durante un
mes y a ritmo de taller chino los pobres sometidos se hartaron de
coser, bordar y tejer hasta quedar con los dedos agarrotados y ojeras
de mapache, pero, eso sí, quedaron muy bien vestidos, al estilo
barroco, con clara inclinación Rey Luis XIV de Francia, no
renunciando a ningún recurso de otras influencias de las modas
palaciegas anteriores o posteriores a esa época. Había que verles.
Una maravilla. Impolutos, perfectos en cada detalle de exquisito
refinamiento, con sus camisas, calzones ceñidos o greguescos,
jubones, chalecos o abrigos, capas, medias, guantes, sombreros
chambergos, bicornios o tricornios, guantes, zapatos embreados y
entaconados con gruesos tochos de madera... Todo ello cargado y
recargado con plumas, escarapelas, rosas, brocados, encajes,cintas,
cordones, flecos, volantes, ribetes, borlas, fajines, bandoleras,
gorgueras y pañuelos... ¡Y qué colores! ¡Para volver histérico a
un camaleón que quisiera camuflarse en medio del grupo! Por
supuesto, resaltaban especialmente los obligados pelucones,
elaborados con filástica repeinada, fijada y teñida con engrudo de
harina, largos hasta la cintura y con una fantasía de
ondulados,tirabuzones, bucles, rizos, trencitas y coletas
que hubieran eclipsado los cabellos a
los ángeles del Cielo, de querer comparar. Estos hombres se
remataron como obras de arte vivientes al pintarse con carmín
pómulos y morritos, sin olvidar aplicarse unos sensuales lunares
postizos, aquí y allá, capaces de subyugar a las naturalezas más
frígidas. De haber sido la época y el lugar del Versalles de María
Antonieta, estos hombres hubieran firmado autógrafos hasta en el
escote de la reina. Por desgracia, debían volver a la Inglaterra
Protestante de 1806. Pisar el puerto de Plymouth de esa guisa era
garantía de una somanta de palos ablandadores antes de la
dilapidación en público. Su aspecto difuminaba hasta lo sublime la
masculinidad de estos viriles hombres, y violentados unos frente a
otros, se contagiaron de un rubor crónico que hacía parecer este
barco de guerra una gabarra de las que suben por el Támesis cargadas
de tomates en temporada rumbo a los mercados de Londres.
En fin, nos habíamos olvidado de Baby
Mouse... ¿Para qué decir que se convirtió en el bebé mimado de
las viejecitas? Pues, ¿para qué va a ser?: Para que se sepa. Por
supuesto, quedó dispensado de obligaciones, y por distraerlo de la
monotonía de un barco anclado, le confeccionaron para su contento un
traje típico con todo lo tópico de la indumentaria piratesca...
Calzón de pernera de campana a media pantorrilla, chaleco abierto,
modelo pecholobo, era una risa verlo gatear con su parche en el ojo,
con su loro de trapo cosido al hombro y una pata de palo que llevaba
arrastrando tras él atada a la cintura con un chicote. Por hacer la
gracia completa le dejaron para que jugara el sable del Capitán
Brexit, pero hubieron de quitárselo al momento porque estuvo a punto
de abatir a mandobles el palo de mesana en un descuido de los
mayores, como siempre.
Volviendo a los adultos, el último día
de la provechosa convivencia, las corsarias organizaron una fiesta
con música y baile. Los dóciles doblegados se arrancaron por unos
minuetos. La ejecución se evidenció vergonzante, sin embargo,
fueron aplaudidos generosamente por su magnánimo público femenino,
casualmente de muy buen humor por tener en perspectiva un proyecto de
negocios que pensaban poner en marcha en futuro cercano invirtiendo
el fastuoso botín que había pasado a lastrar las bodegas del
Abejaruco Fantasma. Partieron al atardecer. Los ingleses vieron
aliviados alejarse la goleta, se desplomaron agotados sobre la
cubierta del Floating
Blackfly y
fueron quedándose dormidos arruyados por las canciones del coro que
se oía hacia el ocaso: El Abejaruco se recortaba como una sombra
negra, enmarcado en un Sol carmesí gigante
posado en la linea del horizonte,
las
españolas entonaban
con su acento característico esa de “¡Yo zoy epañola, epañola,
epañolaaaa!¡Yo zoy epañola epañola, epañolaaaa” y esa otra ,
también muy popular, de “¡Que viiiiivaaaa epañaaaaaa! ¡Epaña e
ziempre la mejooooo! ¡Que viiiiivaaaaaa epañaaaa...!”
Epílogo.
El
Capitan Rage Brexit fue
juzgado un año después en Inglaterra acusado de cobardía.
Evitó la pena de muerte gracias a la
comprensión del jurado respecto a la
circustancia de haberse rendido ante un
enemigo formidable , pero no se libró de ser
degradado y sentenciado
a cadena perpetua. Cumple condena en la Torre de Londres. Los
carceleros le martirizan. Le visten con ropas de mujer y gritan a su
oido “¡Barco a la vista!”. Parece ser que a estos desalmados les
hace mucha gracia la manera tan femenina que tiene el capitán de
llevarse el dorso de la mano a la frente, echar la cabeza hacia atrás
y caer desmayado, como si fuera un saco de patatas.
La
tripulación del Floating
Blackfly quedó
exculpada de toda responsabilidad en los hechos. Durante los
interrogatorios, sus declaraciones fueron airadas, pero coherentes.
Manifestaban haberse visto obligados a cumplir órdenes en todo
momento; guardaban un desprecio común lleno de reproches hacia Rage
Brexit y si de algo se arrepentían, era de no haberse amotinado para
morir luchando con honor y de seguro lo hubieran hecho de haber
sabido lo que les esperaba, asi decían.
Excepto
Fox Drunk, estos hombres no volvieron jamas a embarcarse; adoptaron
falsas identidades para escapar al escarnio
público y marcharon tierra adentro con
intención de ganarse la vida en trabajos no
relacionados con la navegación. Hoy en día
aún se niegan incluso a trabajar como
leñadores, temiendo que la madera de los árboles que
talen pueda ser usada para construir barcos.
Ana de
Olvera y sus enriquecidas corsarias viajaron a Europa y se afincaron
en Francia. Actualmente, estas alegres viudas viven todas, regentan
una cadena de talleres familiares dedicados a la moda Pret a porter y
triunfan en los negocios. Dividen el tiempo libre entre sus nietos,
bisnietos, tataranietos y las noches locas de París,
protagonizando sonados escándalos por su libertinaje y excesos, que
les han valido el apodo de “Las piratas de los trapos”, en los
círculos sociales de la ciudad.
Recientemente,
Lord Baby Mouse ha sido nombrado Almirante
a la edad de treinta años, en reconocimiento a su exitosa carrera en
la Royal Navy. Según informó The
Times, el almirante
Lord Mouse celebró el ascenso en una fiesta
mutitudinaria en compañia de su mujer, la bellísima Lady Small
Cake, Condesa
de Essex, y
sus doce hijos. Acudió al evento toda la alta
nobleza de Essex, (familia política del Almirante), así como
numerosos amigos, importantes autoridades y
figuras destacadas de la sociedad
londinense. El tío carnal de Lord Mouse, el
influyente armador Fox
Drunken, magnate del comercio internacional de licores, realizó
durante la fiesta y ante 2500 invitados, una exitosa demostración de
cómo un organismo humano puede sostenerse en pie y sin tambalearse
conteniendo en su interior la cantidad de un galón de Brandy. Fue
ovacionado durante treinta minutos.
2 comentarios:
La imaginación al poder :-) Os veo en plena forma, capitán Locuán, siga así vuestra pluma por luengos años :-D
Besos!
:-)
Señora y muy destacada dama, beso su mano.
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