Cumplido es hoy el
año quinto de allá el día en que fueras acogido en el Rebaño del
Señor, cordero mio, y es tiempo ya en que has de saber que aunque me
llames “Padre”, yo, Padre Tomás, no soy padre de tu carne, sino
pastor de tu alma, como lo soy de todas las almas del rebaño de Dios
Nuestro Señor que por la Divina Voluntad me es concedido guiar en
esta próspera colonia que poblamos desde entonces. Esto y lo
siguiente te digo, obligado es para el buen siervo del Señor el
decirlo y virtud del recto cristiano el escucharlo para que lo
conozca y en presente lo tenga siempre cuál es su origen y linaje:
Tus padres, amado Arenalculo, eran Caribes y tu madre también. Ello
te aúpe, a partir de ahora saberlo, sobre el orgullo de ser el
primero y único Caribe instruido en el seno de la Madre Iglesia y
salvado de la ignorancia en que tus pecadores antepasados condenaban
sus almas, dados a costumbres aberradas por influencia de Satanás.
Dios Nuestro Señor lo confunda y aquí santíguate conmigo tres
veces para espantar la presencia del Maligno, que como bien se sabe
acecha sin descanso y os elige a los niños víctimas propicias por
vuestra inocencia y poco aviso en las artimañas de su condenada
fábrica. Sí, amado Arenalculo, tal día como hoy cinco años ha,
fondeó en esta misma rada el galeón Santísimo Clavo de Cristo tras
52 días de bienaventurada singladura océana con principio en Cádiz
del Reino y arribada en nuestra bautizada isla de barlovento como
Santa Nueva Anegada. Sumábamos a bordo más de siete cientos
temerosos de Dios, entre marinería, soldadesca y colonos, hombres y
mujeres, en exiguo espacio abarrotados junto a pertrecho abundante de
utensilios, ganaderías, forrajes, semillas, aguada y viandas
entibados a casi reventar las cuadernas. Llegados y desembarcadas
gentes y bestias aquí en la playa, tras el natural jolgorio y
felicitaciones mutuas, en la emoción del éxito de la travesía, y
los agradecimientos a Dios Nuestro Señor, tomamos posesión de esta
nueva tierra en nombre de Su Majestad Felipe II para mayor Gloria de
Dios, el Rey, España Y sus Imperios. Ocurrió entonces en la solemne
ceremonia y a media misa consagradora que nos vimos interrumpidos
por la presencia no avisada de tus gentes, hombres, mujeres e
infantes, desnudos todos, aparecidos frente a nos, desde esta misma
selva, para horrendo susto de nuestra devotas chillonas y asombro
hechizado de nuestros recios hombres de tierra, mar y armas, más
contemplativos en esa cuita de las desnudas carnes indígenas que de
los Misterios de las Sagradas Escrituras, como delataban en sus calzones los lúbricos abultamientos provocados por las ignorantes
hijas del pecado, que sin vestimenta ni pudor los arrastraban a la
perdición, y para que veas que la bestialidad que influye Satanás
no tiene confines, lo hacían ellas delante de sus propios machos y
criaturas, no menos impudentos todos, sin paños ni brozas que les
taparan las vergüenzas, las cuales no tenían en sus conciencias,
pero sí en sus cuerpos y con mesuras carnales escandalosas de ubres,
grupas y tronchos que ya los quisiéramos dotando vacas,
cerdas y caballos de los nuestros ganados para su bien procrear,
criar y producir leche, carne y bestias de tiro y monta. En esta
difícil prueba quiso con su siempre iluminado juicio nuestro noble
Capitán Don Alonso de Mataquisques, y con mi propio beneplace
consultado, entablar cordial relación por atraer a este rebaño
descarriado hacia la utilidad en el mundo católico y aprestando los
arcabuceros con orden de puntería enfilada y mechas encendidas, como
es costumbre castrense cuando se desea honrar a gente numerosa y
desconocida recién llegada, clavó su espada en la arena, gesto
universal por el que se solicita pacífico parlamento, y en lo mismo
intencionado elevé yo a los cielos mi pesado Cristo de plata, ligero
en mi fervor, con grande báculo de mi igual altura e imagen que de
tamaña es clara a distancia y de bella es entendida por todo Ser, a
poco racional que sea y aunque lo sea en tan apartado confín, como
ofrecimiento de Paz, Salvación, y Vida Eterna en el Reino de Dios
Nuestro Señor. A todo esto lo cual, estallaron tus gentes en
manifiestos de grandes contentos, alegres gritos y farragosos
parloteos a nos dirigidos y que nadie entendía de nos, ni fuera
necesario, pues con animosos espasmos y efusivas danzas de homenaje
nos hicieron saber su deseo de aceptar el Credo y nos suplicaron
inmediato bautismo, a lo cual nuestro magnánimo Don Alonso de
Mataquisques otorgó gracia con su habitual sonrisa beatífica, si
bien dispuso, como sabio marino de academia versado en variadas
artes, también en ceremonias pías de toma de posesión, dispuso,
digo, concluir antes la media misa empezada, para después proceder
al ungir con agua bendita a las nuevas almas ganadas para la
Cristiandad. Y en esta circunstancia, quiso Satanás meter las
pezuñas en las cabezas de tu gente, pues el anuncio del retraso
desató en los tuyos gritos enloquecidos de furia y por dejar claro
que querían de inmediato y sin más dilaciones recibir el bautismo,
nos mostraron su enfado arrojándonos lanzas y flechas que nos
causaron heridos y muertos. Ya conoces, amado Arenalculo, por la de
veces que te pillo y castigo en faltas, cuán de resorte y ballesta
son mis sesos cuando hay que resolver en un “Ya” lo que no puede
esperar un “Pronto”, y así obré en aquel brete por frenar el
fermento de males: de mi mano diestra en el aire el dibujo de la
Santa Cruz y de mi boca el exclamo “¡Bautizados!”, fueron un
todojunto en menos tiempo que cae grano de reloj de arena, y bien
vivaz y presto Don Alonso de Mataquisques, que me adivinaba el hisopo
descargado de agua de la bendita, sin anuncio avisado previo ni
intervalo de tiempo mínimo propuso a su tercio un “¡¡¡Fuegooooo!!!”
con toda la cortesía de su vozarrón, por bautizar a tu gente con un
elemento ya preparado y más a mano. De esta manera corregimos
nuestra anterior torpeza en retrasos y para mejor reparar el yerro en
su conciencia de sí que al capitán le pesaba por juzgarse culpable,
quiso este generoso hombre no meditar en gastos, despreciando los
muchos reales que a las arcas de la Corona sangran los elevados
precios de pólvora y balas, pues sabe tú, amado Arenalculo, que
estos útiles hacen sangrar tanto cuando se comprar como cuando se
usan. Y así fue obsequiada tu gente, cada obsequio entregado a
disparo, que con estampido hay más sorpresa y mayor sorpresa mueve a
más grande ilusión y por la rapidez de la entrega menos sufre la
espera el ansioso y antes le extasía la dicha, que bien lo dice su
rostro acá cuando vislumbra ojiplático el Más Allá de acá y la
visión de la grandeza del Reino de Dios Nuestro Señor le deja la
lengua muda y el fuelle relajado por los siglos, si no es que falte
menos tiempo para el Día del Juicio Final y la resurrección de los
insurreccionados.
A estas alturas
del relato de la feliz historia de tu afortunado pueblo, te
preguntas, tal vez, confuso, amado Arenalculo, el porqué te
impedimos a ti acompañarlo en tan anhelado y liberador viaje al
Paraíso merecido, y la razón te hago saber: Al disiparse la nube de
pólvora resultante de tanta fiesta, he allí que una perra mastina y
su prole con nos viajada y desembarcada, parida en el barco de a
pocos días y cachorros, al punto y en breve diole por husmear y
encontrarte entre sangres y muertos, sobre la arena y bajo unas
palmas que te ocultaban, y tumbose a tu vera y fue tino tuyo abocarte
a un pezón de teta ociosa, haciendo consecuencia con la su camada.
Y ahí y en esto,
con regocijo y devoción quisieron ver Señal Divina las piadosas
mujeres todas de la expedición, que como género débil de cuerpo y
seso acorde, son ellas las mujeres dadas a pensar que la ternura y
sus demostraciones auguran beneficio allá donde la cultivan humanos
o animales, y con más razón así lo creían éstas nuestras, pues
ellas todas en España fueron zalameras perendecas y por tales
condenadas al exilio en la patria grande para en esta patria chica
practicar la virtud de obedecer el mandato de Dios de multiplicar los
cristianos como estrellas con los mismos meneos con que antes
practicaran el pecado para multiplicar los dineros.
Y fue así que
cavilando el sentido de la Señal Divina, se me hizo la cuenta en la
sesera que quiso Dios Nuestro Señor fueras hoy mi discípulo, y
Jesuita en el futuro, cuando en el pasado cubriéndote con palmas te
ocultó a la puntería del arcabuz y empanándote el culete con caca
y arena te descubrió al olfato de la mastina, amado Arenalculo.
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