miércoles, 13 de julio de 2016

De lo que el Padre Tomás disertó a su discípulo en un emotivo quinto aniversario.



Cumplido es hoy el año quinto de allá el día en que fueras acogido en el Rebaño del Señor, cordero mio, y es tiempo ya en que has de saber que aunque me llames “Padre”, yo, Padre Tomás, no soy padre de tu carne, sino pastor de tu alma, como lo soy de todas las almas del rebaño de Dios Nuestro Señor que por la Divina Voluntad me es concedido guiar en esta próspera colonia que poblamos desde entonces. Esto y lo siguiente te digo, obligado es para el buen siervo del Señor el decirlo y virtud del recto cristiano el escucharlo para que lo conozca y en presente lo tenga siempre cuál es su origen y linaje: Tus padres, amado Arenalculo, eran Caribes y tu madre también. Ello te aúpe, a partir de ahora saberlo, sobre el orgullo de ser el primero y único Caribe instruido en el seno de la Madre Iglesia y salvado de la ignorancia en que tus pecadores antepasados condenaban sus almas, dados a costumbres aberradas por influencia de Satanás. Dios Nuestro Señor lo confunda y aquí santíguate conmigo tres veces para espantar la presencia del Maligno, que como bien se sabe acecha sin descanso y os elige a los niños víctimas propicias por vuestra inocencia y poco aviso en las artimañas de su condenada fábrica. Sí, amado Arenalculo, tal día como hoy cinco años ha, fondeó en esta misma rada el galeón Santísimo Clavo de Cristo tras 52 días de bienaventurada singladura océana con principio en Cádiz del Reino y arribada en nuestra bautizada isla de barlovento como Santa Nueva Anegada. Sumábamos a bordo más de siete cientos temerosos de Dios, entre marinería, soldadesca y colonos, hombres y mujeres, en exiguo espacio abarrotados junto a pertrecho abundante de utensilios, ganaderías, forrajes, semillas, aguada y viandas entibados a casi reventar las cuadernas. Llegados y desembarcadas gentes y bestias aquí en la playa, tras el natural jolgorio y felicitaciones mutuas, en la emoción del éxito de la travesía, y los agradecimientos a Dios Nuestro Señor, tomamos posesión de esta nueva tierra en nombre de Su Majestad Felipe II para mayor Gloria de Dios, el Rey, España Y sus Imperios. Ocurrió entonces en la solemne ceremonia y a media misa consagradora que nos vimos interrumpidos por la presencia no avisada de tus gentes, hombres, mujeres e infantes, desnudos todos, aparecidos frente a nos, desde esta misma selva, para horrendo susto de nuestra devotas chillonas y asombro hechizado de nuestros recios hombres de tierra, mar y armas, más contemplativos en esa cuita de las desnudas carnes indígenas que de los Misterios de las Sagradas Escrituras, como delataban en sus calzones los lúbricos abultamientos provocados por las ignorantes hijas del pecado, que sin vestimenta ni pudor los arrastraban a la perdición, y para que veas que la bestialidad que influye Satanás no tiene confines, lo hacían ellas delante de sus propios machos y criaturas, no menos impudentos todos, sin paños ni brozas que les taparan las vergüenzas, las cuales no tenían en sus conciencias, pero sí en sus cuerpos y con mesuras carnales escandalosas de ubres, grupas y tronchos que ya los quisiéramos dotando vacas, cerdas y caballos de los nuestros ganados para su bien procrear, criar y producir leche, carne y bestias de tiro y monta. En esta difícil prueba quiso con su siempre iluminado juicio nuestro noble Capitán Don Alonso de Mataquisques, y con mi propio beneplace consultado, entablar cordial relación por atraer a este rebaño descarriado hacia la utilidad en el mundo católico y aprestando los arcabuceros con orden de puntería enfilada y mechas encendidas, como es costumbre castrense cuando se desea honrar a gente numerosa y desconocida recién llegada, clavó su espada en la arena, gesto universal por el que se solicita pacífico parlamento, y en lo mismo intencionado elevé yo a los cielos mi pesado Cristo de plata, ligero en mi fervor, con grande báculo de mi igual altura e imagen que de tamaña es clara a distancia y de bella es entendida por todo Ser, a poco racional que sea y aunque lo sea en tan apartado confín, como ofrecimiento de Paz, Salvación, y Vida Eterna en el Reino de Dios Nuestro Señor. A todo esto lo cual, estallaron tus gentes en manifiestos de grandes contentos, alegres gritos y farragosos parloteos a nos dirigidos y que nadie entendía de nos, ni fuera necesario, pues con animosos espasmos y efusivas danzas de homenaje nos hicieron saber su deseo de aceptar el Credo y nos suplicaron inmediato bautismo, a lo cual nuestro magnánimo Don Alonso de Mataquisques otorgó gracia con su habitual sonrisa beatífica, si bien dispuso, como sabio marino de academia versado en variadas artes, también en ceremonias pías de toma de posesión, dispuso, digo, concluir antes la media misa empezada, para después proceder al ungir con agua bendita a las nuevas almas ganadas para la Cristiandad. Y en esta circunstancia, quiso Satanás meter las pezuñas en las cabezas de tu gente, pues el anuncio del retraso desató en los tuyos gritos enloquecidos de furia y por dejar claro que querían de inmediato y sin más dilaciones recibir el bautismo, nos mostraron su enfado arrojándonos lanzas y flechas que nos causaron heridos y muertos. Ya conoces, amado Arenalculo, por la de veces que te pillo y castigo en faltas, cuán de resorte y ballesta son mis sesos cuando hay que resolver en un “Ya” lo que no puede esperar un “Pronto”, y así obré en aquel brete por frenar el fermento de males: de mi mano diestra en el aire el dibujo de la Santa Cruz y de mi boca el exclamo “¡Bautizados!”, fueron un todojunto en menos tiempo que cae grano de reloj de arena, y bien vivaz y presto Don Alonso de Mataquisques, que me adivinaba el hisopo descargado de agua de la bendita, sin anuncio avisado previo ni intervalo de tiempo mínimo propuso a su tercio un “¡¡¡Fuegooooo!!!” con toda la cortesía de su vozarrón, por bautizar a tu gente con un elemento ya preparado y más a mano. De esta manera corregimos nuestra anterior torpeza en retrasos y para mejor reparar el yerro en su conciencia de sí que al capitán le pesaba por juzgarse culpable, quiso este generoso hombre no meditar en gastos, despreciando los muchos reales que a las arcas de la Corona sangran los elevados precios de pólvora y balas, pues sabe tú, amado Arenalculo, que estos útiles hacen sangrar tanto cuando se comprar como cuando se usan. Y así fue obsequiada tu gente, cada obsequio entregado a disparo, que con estampido hay más sorpresa y mayor sorpresa mueve a más grande ilusión y por la rapidez de la entrega menos sufre la espera el ansioso y antes le extasía la dicha, que bien lo dice su rostro acá cuando vislumbra ojiplático el Más Allá de acá y la visión de la grandeza del Reino de Dios Nuestro Señor le deja la lengua muda y el fuelle relajado por los siglos, si no es que falte menos tiempo para el Día del Juicio Final y la resurrección de los insurreccionados.
A estas alturas del relato de la feliz historia de tu afortunado pueblo, te preguntas, tal vez, confuso, amado Arenalculo, el porqué te impedimos a ti acompañarlo en tan anhelado y liberador viaje al Paraíso merecido, y la razón te hago saber: Al disiparse la nube de pólvora resultante de tanta fiesta, he allí que una perra mastina y su prole con nos viajada y desembarcada, parida en el barco de a pocos días y cachorros, al punto y en breve diole por husmear y encontrarte entre sangres y muertos, sobre la arena y bajo unas palmas que te ocultaban, y tumbose a tu vera y fue tino tuyo abocarte a un pezón de teta ociosa, haciendo consecuencia con la su camada.
Y ahí y en esto, con regocijo y devoción quisieron ver Señal Divina las piadosas mujeres todas de la expedición, que como género débil de cuerpo y seso acorde, son ellas las mujeres dadas a pensar que la ternura y sus demostraciones auguran beneficio allá donde la cultivan humanos o animales, y con más razón así lo creían éstas nuestras, pues ellas todas en España fueron zalameras perendecas y por tales condenadas al exilio en la patria grande para en esta patria chica practicar la virtud de obedecer el mandato de Dios de multiplicar los cristianos como estrellas con los mismos meneos con que antes practicaran el pecado para multiplicar los dineros.
Y fue así que cavilando el sentido de la Señal Divina, se me hizo la cuenta en la sesera que quiso Dios Nuestro Señor fueras hoy mi discípulo, y Jesuita en el futuro, cuando en el pasado cubriéndote con palmas te ocultó a la puntería del arcabuz y empanándote el culete con caca y arena te descubrió al olfato de la mastina, amado Arenalculo.

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