viernes, 3 de febrero de 2012

Casimiro, oye, como te cuento

Casimiro era un hombre de poner los huevos encima de la mesa. colocarlos en cartones de docena.y salir del gallinero guardando cuidado de dejar la puerta bien cerrada. Descendía de cuatro generaciones de hueveros y odiaba los huevos. De niño, se negaba a comerlos y su padre, un gañán de reacciones aleatorias, en ocasiones se tomaba la molestia de sustituírlos por una ensalada de hostias con mucho vinagre. Esta dieta impredecible convirtió a Casimiro en un adulto con los pies de plomo, los arrastraba siempre, así caminara por las ascuas de las hogueras de San Juan. Heredero de la ética familiar, a Casimiro le sabía mal cobrar caros los huevos, por eso hacía gárgaras con orujo después de cada venta, y por honestidad nunca engañaba a los clientes cuando le preguntaban "¿Son frescos?". Su respuesta "Están recién puestos" era fiel a la realidad: los huevos estaban recién puestos sobre el mostrador, después de sacarlos de debajo, donde Casimiro los ordenaba en tres categorías:
1. Huevos de Cosecha: menos de dos semanas.
2. Huevos de Crianza: de dos semanas a dos meses.
3. Huevos Gran Reserva: Más de dos meses.
De meter un gallo con las ponedoras, hubiera podido cambiar el cartel "Huevos recién puestos" por el de "Se venden pollos medio criados".
Casimiro vivía en un casa vieja y sucia, conocida por sus vecinos como "La casa de putas", hartos ya de de oír toda la vida a su habitante gritar a la inesperada: "¡Las putas ratas!" o "¡Las putas moscas!" o "¡Las putas cucarachas!" o ¡"Las putas arañas!" o todo junto y más.
Casimiro tenía un perro recogido de la calle. Lo llamaba "Hétero" porque no valía ni para tomar por el culo. Era un chucho más cruzado que un paso de peatones, flaco de pasar hambre canina y viejo como de haber tenido dueño visigodo; cuando se arrascaba, las costras de mierda seca que le colgaban de las greñas sonaban como una zarzuela de castañuelas, y al bostezar emitía un sonido tan sobrenatural que cualquier Jedi hubiese pensado que el animal se había pasado al lado oscuro de la Fuerza. En el pueblo ganaba todas las peleas de perros sin dar un mordisco: la peste de su aliento hacía que el contrincante se tumbara panza arriba y gimiera clemencia. Eso sí, estaba desparasitado porque solo comía huevos y las pulgas se le morían del colesterol.
Casimiro era muy cariñoso con él, nunca había tenido un perro al que pegara menos patadas cuando se cruzaba en su camino, esto era a todas horas e intencionadamente porque al perro le gustaban las patadas, era la única forma de aliviarse los picores de la piel más encostrada.
Un día, más afortunado que otro cualquiera, el perro pasó a mejor vida, es decir, marchó por el mundo a buscar el sustento en los basureros y a dormir al raso.
La ausencia de Hétero hizo recapacitar a Casimiro con las pocas capacidades mentales que le desadornaban y de su egocentrismo y sin saberlo parió..., abortó, mejor dicho, una máxima filosófica nueva:
"No es bueno que el huevero esté solo", de lo que podemos deducir que el Diablo siembra ideas catastróficas en los cerebros más áridos y le crecen frondosas.
Y surgió el amor. Nunca tuvo tanto sentido el rezo "cada oveja con su pareja", porque el borrego emparejó con una cordera impresionante, acabada de llegar del Este, más indocumentada que un capitán de patera y con anhelo de casarse con un caballero español, o con un Sancho Panza, por amor. Por amor a los papeles de la nacionalidad. Había que verla. "De belleza sin par" que diría Cervantes, tontamente hablando, porque la turgente tenía un par que había que rodearla para verla a ella detrás, y pese al la masa implicada desafiaban a las Leyes de la Gravedad y ganaban el desafío de tal manera que de haberla conocido Isaac Newton, el matemático le hubiera dado a las cuartillas de sus ecuaciones un uso higiénico...
Jo. Se me termina la hora ciber en al biblio. Otro día... ¡Continuará!
Escribe algo, Ana. Ya van dos veces.

1 comentario:

Ana Márquez dijo...

Terminando trabajo para post :-)
Be patient!

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