martes, 16 de agosto de 2011

Octubre

Ha salido de su cueva indefenso;
ni un endeble escudo de papel,
ni una triste espada de tinta;
camina tan despacio
como el reloj que mide las esperas
de quien llena su vida de ilusiones fantasmas;
observa el mar
como si temiera despertarlo con uno de sus parpadeos;
mar dormido
bajo un manto de lana sucia,
nubes extrañadas
del paisaje
impregnado de la misteriosa luz
que cae de ese grisáceo tamiz...
Entre azul y cielo,
de sal y algas,
un frío viento
eriza de melancolías la piel
del Señor de los Acantilados.
Desnudo de armas
acude al combate de las efemérides de octubre:
tal día como hoy,
la más hermosa y noble de las princesas
que concebir pudiera Azar o Dios,
llegó huyendo de la línea del horizonte
con un presente de roce de labios
que para los suyos fueron llave mágica
de la celda
donde cumplen condena los milagros del amor.
El Señor de los Acantilados vivió medio año
difuminado
en un Universo convertido en decorado de fondo
de ese divino Ser venido de islas lejanas...
Hoy,
ve su pecho abierto
por la lanza de esa imagen
y cae de rodillas
herido de dulce muerte,
y con un lamento en grito
de dolor y gozo
queda inmóvil,
un año más,
feliz de haber perdido nuevamente
la batalla de octubre.

No hay comentarios:

ir arriba