domingo, 7 de febrero de 2010

Nosé Siesdiós

En un lugar de tal nombre,
el cual no oso recordar,
nació varón, o tal vez no,
de triste sino sin par,
un monstruo aborrecible
de apariencia singular
cuyo caso estremece
sólo oírlo comenzar.
Su madre, más que hermosa,
su padre, todo un galán,
no entienden los vecinos
cómo fueron a engendrar
una especie de mierda,
horror de la humanidad.
El día que vino al mundo
tanta cruel fealdad
atendía el quirófano
y ala de maternidad
comadrona veterana
de la guerra del Vietnam,
mujer de alma curtida
consciente de la maldad
que al hombre inocente
puede el destino guardar.
Mas no le sirvió de mucho,
pues viendo aquello llegar
cayó al suelo desmallada
o muerta, lo mismo da.
Aquí es cuando comienza
la pesadilla de verdad.
El padre coge al rorro
y lo tira a la basura.
"Criaremos la placenta,
es más hermosa, sin duda".
Pero la madre, más dura:
"Me da igual lo que sea,
quiero a la criatura”.
No queda otro remedio.
El padre blasfema y jura,
abre el contenedor,
lo revuelve y rebusca
y entre los desperdicios
no halla la cosa absurda:
muchos restos hay de abortos,
así de bien se camufla.
Ya agotado descansa
y observa mientras suda
cómo palpita y llora
un trozo de carne cruda:
"Ahí está, lo encontré".
Lo coge con mano ruda
y lo da a su esposa,
que al verlo se asusta.
La pálida madre piensa:
"Maldito está mi cuerpo
si tal diablo alumbra".
Y, a su pesar, lo besa
maternal contra natura.

Han pasado varios días
y es justo bautizarlo
por darlo, al menos, nombre,
no por hacerlo cristiano,
hecho cual es imposible,
su informe cuerpo dado.
Llevan al abominable
una tarde de relámpagos
a la iglesia del pueblo,
donde el cura, avisado,
espera con impaciencia
por lo que han hablado
de la cosa que le traen
al sacramento sagrado.
Entran todos en el templo:
los padres y congregados;
ocultan al bicho dentro
de una caja de zapatos.
Se llegan al pulcro altar,
donde posan con cuidado
por miedo a que despierte
aquel ser inacabado.
El cura abre la tapa
y trata, esfuerzo vano,
de contener la emoción.
A la cabeza las manos
se lleva y regurgita.
"¡El maligno ha llegado!"
Grita y quiere escapar,
pero domina el pánico
respira hondo y piensa:
"No obstante, es humano.
Dame fuerzas, Señor mío,
en este momento malo,
que no lo conocí peor,
¡y mira que pasé años
sirviendo de misionero
en los pueblos africanos!"
Hace corazón con tripa
y sin pie a más preámbulo
comienza la ceremonia
con los nervios desatados.
Al tanto, dice la madre:
- Padre, se ha equivocado,
mire que eso es el vómito
lo que está bautizando.
- Vaya, es verdad. Perdón.
Parece su fiel retrato.
Por cierto, no me han dicho
con que nombre castigarlo.
El padre de la cosa
responde desconsolado:
- Usted sabrá señor cura,
nosotros estamos hartos
de buscar y no encontrar
el término apropiado.
- Pues yo creo que...No sé...
-¡”Nosé” hemos de llamarlo!
Dice al final la madre
contenta de haber hallado
la palabra que define
mejor el desaguisado.
Ahora las cosas claras,
realizan el rito sacro
y llegado el momento
de dar a la testa baño
con agua de la bendita,
se plantean tiempo largo
la duda en localizar
la cabeza del escarnio,
pero fallan el intento
y deciden (juicio sabio)
empapar todo el cuerpo
por arriba y por abajo.
A todo esto asisten
los prudentes invitados
de espaldas al altar
y sentados en los bancos
en silencio religioso
y con los ojos cerrados,
no sea que la visión
les produzca un desmayo.
Terminado el bautizo,
el cura, trémulo el labio,
anuncia a los feligreses
con voz de senil anciano:
"Quien quiera verlo, que venga;
quien no, vaya en paz, hermanos."
Muchos escapan del templo
con gestos apresurados.
Algunos, más atrevidos,
que se creen muy gallardos,
esnifan un polvo blanco
y dan la cara a Nosé
para huir espantados
entre fuertes alaridos
todo el rostro tan pálido
como en el cementerio
lucen estatuas de mármol.
Y nada más hay que decir
de este triste día, salvo
que no siguen la costumbre
muy antigua en estos pagos
de arrojar caramelos
por el aire a puñados,
y dan antidepresivos
sin pena ni embarazo,
y un vale para recibir
un tratamiento psiquiátrico
con el que poder superar
un suceso tan nefasto.

Episodio concluido,
prosiguen, como veremos,
los sorprendentes detalles
que de este caso recuerdo.
Y así puedo afirmar
que no hubo sobre el suelo
ni bajo manto celeste
un cuento así de ameno
que no por entretenido
deja de ser más que cierto.
Ahora mismo regresa
al córtex de mi cerebro
lo ocurrido el día
que llevaron, sí, al médico
por primera y última vez
al malogrado engendro...
No está el niño malo,
no se ha puesto enfermo,
sólo desean sus padres
identificar el cuerpo,
para el cual imposible
le llevan a un experto
pediatra de gran prestigio
y hombre de mente abierto.
Ya entran en la consulta
los padres de lo no bello,
tienen al indescriptible
en el interior de un cesto.
Lo vuelcan sobre la mesa
del contrariado galeno,
el cual no entiende nada
y dice a todo esto:
- ¿Para qué me traen sobras
si se me murió el perro?
- Esto es el hijo nuestro.
- ¿Me toman, par de dementes,
por el pito de un sereno?
Saquen ya de mi consulta
esos asquerosos restos
y digan a quien los vende
que es un mal carnicero
porque no sabe cortar
y ofrece fatal género
con el que dar de comer
a animales domésticos.
- ¡Que no es resto de carne,
es mi hijo el esperpento!
Grita la madre furiosa,
y sin ningún miramiento
golpea a Nosé con el bolso
y el niño, descontento,
se retuerce serpentino
como un apache guerrero
que se arrastra por tierra
para rajarle el cuello
al incauto rostro-pálido
en un rodaje mal hecho.
El sanitario sospecha
que está siendo objeto
de una de esas bromas
del Objetivo Indiscreto:
Ja! A mi no me engañan,
con el robot que han puesto
dentro de los desperdicios
ni con actores tan buenos.
¿Dónde fijaron la cámara?
¿Me dejan saludar? ¿Puedo?"
El padre, desesperado,
dice: "Juro por mis muertos,
por lo sagrado divino,
por mi honor de caballero,
por el cielo y la tierra,
por de mi muerte el lecho,
y que me parta mal rayo
si en lo que digo miento,
que esta aberración
es el hijo de mis huevos”.
- ¡Magnífico en su papel!
¡Bravo! ¡Bravo! ¡Gran talento!
¿Se atreve usted con Chéspir?
¿Sabe hacer el Otelo?

Mucho ha de llover para
que un embalse sea lleno,
pero una sola gota
lo colma cuando es pleno
y entonces se rebosa
e inunda el terreno
y se lleva por delante
lo que encuentra por el medio.
Así murió la paciencia
de los padres del tremendo,
intentando explicarse
en más de veinte intentos.
La rabia, la ira, el odio,
como un tupido velo
sobre la razón corrido
cubrieron su entendimiento
y allí hubo de todo
menos abrazos y besos:
la madre, enloquecida,
quiere arrancar el pelo
al incrédulo pediatra
y con hebras de cabello
en las manos le insulta
de "farsante curandero".
El padre, menos tranquilo,
en estampida el cencerro
es de un toro y pega
enérgico y certero
patadas en los armarios
que guardan medicamentos.
Rompe cristales y muebles
y toda clase de objetos.
Treinta minutos más tarde
tienen que explicarse dentro
de un juzgado de guardia
donde no admiten ruegos
ni excusas, ni disculpas
ante hechos tan cruentos.

Días más tarde, el pago
de la multa satisfecho,
conducen al niño Nosé
(tan empecinados ellos)
ante un veterinario
de los que dicen muy buenos
por sanar variada fauna
del animal todo el reino.
Aquel hombre, profesional
que todos creían serio,
reacciona de forma que
viendo el contra-monumento,
de la risa que le entra,
a poco parte el pecho
y exclama pegando saltos:
“¡Eureka! ¡Mío! ¡Lo tengo!
¡Mi hijo extraterrestre
en un humano injerto!”

Si hasta aquí les parece
falacia esta historia,
de aquí en adelante
no una, sino dos moscas
por detrás de las orejas
tendrán zumbando sonoras
por lo cual pido, favor,
a toda aquella persona
que no lo crea y se enfade,
piense lo que a mí me toca:
sólo soy un policía
que ha pasado muchas horas
investigando este caso
y a los que testimonian
los sucesos ocurridos
aquella mañana tonta.
Aquí relato los hechos
y adjunto una nota
encontrada en el lugar,
cuyo contenido broma
parece de un gracioso,
aunque pesada, curiosa:
una energía rodea
al veterinario y borra
su apariencia externa
antes humana y ahora
alienígena entera,
y aunque menos hermosa
que la forma de Nosé,
semeja acertada copia,
por lo cual pensamos que
ambos son la misma cosa
venidos de algún mundo
cuya ubicación se ignora.
A los gritos de los padres
de Nosé, una presurosa
multitud acude rauda
y se queda con la boca
abierta ante el cuadro
como de comedia loca
que allí se representa.
Los dos seres son antorchas
de una luz refulgente
y giran como dos peonzas
ascendiendo en el aire
y emitiendo vistosas
chispas, destellos y rayos
que verlos es una gloria.
"¡Milagro!" -se oyen voces-
"¿No será Dios?" -dicen otras-
Y una emocionada:
"No se si es Dios, pero mola”.
Entonces, los dos unidos
en una entidad sola
salen disparados hacia
el exterior como postas
atravesando la pared
como si no fuese sólida.
Algunos rezan devotos,
otros se quedan de roca.
El uno emocionado
a la ventana se asoma
para ver una estrella
que asciende esplendorosa.
La que ha perdido un hijo,
aunque aliviada, llora.
En la mesa del despacho
fue encontrada esta nota
escrita por aquel ser
a modo de explicatoria:
"Allá de donde procedo
es mi raza tan hermosa
que la Confederación
Galáctica envidiosa
nos condenó a vagar
como solitarias sombras
para realizar así
la función reproductora
con otras formas de vida
retrasadas y asquerosas.
Seguimos teniendo hijos,
eso es lo que importa.
Nos da igual la vergüenza
de haber perdido la honra.
Espero que me disculpe
la invasión tan impropia
realizada en el útero
de su espantosa esposa.
De extraterrestre a hombre,
un abrazo de X-2A".

Sólo me queda exponer
las secuelas dolorosas:
un marido desgraciado
por la cornamenta cósmica;
una mujer deprimida
por la pena abrumadora
de perder hijo y amante
en esa profunda fosa
desconocida e insondable
que es la celeste bóveda;
y la fundación reciente
de una secta religiosa
que intenta buscar a Dios
Padre mediante la cópula
con entidades venidas
de entre las nebulosas.

Esto es todo lo que hay.
Yo, sumido en mi derrota,
seriamente afectado
por certezas horrorosas
me retiro a un monasterio
para hacer vida propia
de asceta abandonado
en la más extrema inopia.
Tal vez así me alivie
de la angustia que me acosa.

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