miércoles, 13 de mayo de 2009

Pedro Medario. Parte Primera.

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Pedro saca a pasear su elefante daltónico imaginario todas las noches de tres a cuatro de la madrugada, horas en que molesta menos por estar las calles más despejadas. El elefante se llama Pepe, como San José y tiene amputadas las dos trompas, las patas pares y las de al lado desde que sufriera un accidente laboral un 32 de abril del año 1992, cuando se encontraba desactivando rubias explosivas en los Campos de Spor del Merlucero. Una de ellas le estalló al rozarla con la mirada llevándosele medio cuerpo a la charcutería. Pepe aprendió a desplazarse de nuevo grabando en su memoria fotográfica digital 4,5 pixels el desnudo de Miss Paquiderma ‘93. Así babea lo justo para lubricar las aceras sobre las que se desliza como un caracol desahuciado. Siguen invariablemente la misma ruta para no pasar nunca por el mismo lugar. En el portal de la Sede del gobierno Regional, Pepe de detiene, puja hasta que una lágrima de orujo de hierbas le resbala por el enorme papo y en la subasta excreta un perdigón que sale disparado contra la pared de sillería caliza de la fachada. El viento barre con los suspiros de su invisible escoba la arena de cantera que resulta del impacto y la acumula contra las zapatillas de tenis de un delgado anciano sentado al otro lado de la calle, fallecido hace veinte años en la terraza de una cafetería para zurdos, ya sabéis, uno de esos locales en que todas las tazas tienen el asa a la izquierda. Ninguno de los 17 hijos del viejo han querido hacerse cargo de tan apuesto cadáver, pues le odiaban desde las respectivas tiernas 17 infancias por la costumbre maniática del progenitor de rascarse las costillas interpretando una irrespetuosamente desafinada versión de la cabecera musical del programa de divulgación cultural "Barrio Sésamo". Desde que jugaba a las canicas con las moléculas de ADN en los genes de sus tatarabuelos, Pedro ha deseado, con la vehemencia de una vaca bulímica en una frutería, morir de una coz de grillo y aprovecha estos garbeos para intentar sacarse uno percherón de la cabeza, escarbándose los oídos con los semáforos, pero sólo consigue hacer salir esbeltos grillos purasangres que al tocar el suelo echan a correr y levantan con sus relinchos las faldas a los curas trasnochadores, de vuelta de sus obras sociales, y arrancan pelos maduros de los bigotes de los dirigentes políticos que cuelgan de las farolas con intención de hacer públicas sus mentiras electorales.

En una ocasión, Pedro se enamoró de un chicle pegado a una baldosa. Nunca se atrevió a dirigirle la palabra. Detenía la marcha a varios metros y lo miraba de reojo. En estas rondas, Pepe dejaba malherido el aburrido tiempo con el culturismo mental de desarrollar los cálculos matemáticos necesarios para propulsar un grano de arena desde una playa de Ibiza hasta la parada de autobuses de Plutón, utilizando los planetas Júpiter y Saturno como catapultas gravitatorias de aceleración. Pedro soñaba con acariciar el chicle de sus sueños, tocarlo con la punta de la lengua, lamerlo cariñosamente, morderlo de una forma juguetona y masticarlo hasta el éxtasis. Su amor se transformó en odio perezoso, es decir, el que evoluciona hacia el olvido, al tomar dolorosa consciencia de la frivolidad de su amado, vergonzosamente coqueto con todo sucio chucho que acercaba su apestoso hocico para olisquearlo sin pudor. Quedó traumatizado con tamaño desengaño, y durante meses buscó desahogo con chicles pagados a los que vejaba mascando ruidosamente con la boca abierta y escupía con desprecio cuando le habían vaciado las glándulas salivares.

Pedro es creyente. En la puerta derecha de su coche, por la parte interior, ha crucificado con tres grapas al Cristo Copiloto y le invoca en hora punta para que le encuentre aparcamiento. El Cristo, aunque parezca dormido, varía milagrosamente su semblante en función de que los actos de Pedro sean, o no, moralmente aceptables. Por ejemplo, el Nazareno parece más amable si su devoto ayuda a cruzar la calle a un pomo de puerta indefenso caído por accidente de la furgoneta de un ferretero; y parece enfadarse si hace algo impropio, como sacarse los mocos de la nariz con los dedos de los pies. Para tenerlo contento le besa la corona de espinos y le reza de cuando en vez un Padrenuestro Vial:

"Padre Nuestro que estás en la vía pública,
santificada sea tu matrícula,
venga a nosotros tu semáforo en verde,
hágase tu voluntad así en la calle como en el aparcamiento,
el gasoil nuestro de cada día, dánosle hoy,
perdona nuestras infracciones así como nosotros perdonamos a nuestro municipales
y no nos dejes caer en la tentación,
más líbranos de la multa, Amén".

Su espiritualidad profunda y comprometida le lleva a compadecer a esos ateos que no contentos con estar equivocados, tratan de convencer a las buenas gentes de que Jesús fue un farsante. Tal es el caso de aquél irreverente físico que afirmó en un programa de TV que Jesucristo pudo caminar sobre las aguas porque calzaba unas enormes sandalias de corcho, que Lázaro no resucitó, sino que se recobró de pronto de un ataque epiléptico, que los peces y los panes alcanzaron para todos en el reparto no por multiplicarse, sino porque eran anchoas y palotes pequeñitos, y otras bobadas de similar escama.

En fin. Pedro ha tenido mucha suerte con el volante, única pieza salvada de su primer coche. Se quedó dormido y después de conducir doce kilómetros en sueños, su memoria subconsciente se distrajo con una mosca de mirada arrebatadora, le hizo salirse de la carretera y ayudar al personal de mantenimiento de la misma a segar el césped de la cuneta con el motor descolgado del automóvil por impacto contra mojón antes de dar dos vueltas y media de campana de Notre Dame, por lo aparatosas, y quedar picha abajo, como una montera bien educada, dentro de un entramado de hierros retorcidos que hubiesen valido millones en el Guggenheim a poco que lo firmara un extranjero desconocido con nombre impronunciable. En tales juergas, su cerebro, siempre más inteligente que él mismo, desconectó la memoria para no registrar tan hilarante episodio, que a más de múltiplos de uno hubiese podido matar por espasmos de carcajadas, según personalidad. Las personas que lo asistieron en socorro se quedaron a cuadros y otras figuras geométricas no tan escocesas al ver después de sacarle de entre la chatarra, que no había sufrido pupa alguna y que de los bolsillos de su chaqueta extraía un pañuelo y un peine, como en las películas hacen los gallardos héroes en esos gestos tan viriles de no dar importancia a las cosas.”Está afectado", dijo no sé quién, y los demás lo firmaron al ver como se mesaba el cabello con el pañuelo y se peinaba los zapatos con raya al medio. De haberle conocido se habrían quedado más tranquilos y no habrían llamado a la ambulancia ("Menos mal, está como siempre").


Continuará... (Perdón, lo siento)

5 comentarios:

Miguel Ángel dijo...

Cuando dices eso de que el caracol saca los cuernos al sol, ¿exactamente a que te refieres? al reflejo innato de este molusco gasterópodo de concha espiral cuando sale el sol después de la lluvia para sacar sus antenas, o bien a las relaciones extramatrimoniales de la caracola hermafrodita con el burro Abundio. Ahí dejo la pregunta.

noveldaytantos dijo...

Pedro Medario sería un buen novio para Hombreculo. Tiene todas las características exigibles, es decir, nada.

Anónimo dijo...

Me refiero a que le han estado toreando en la parte de la plaza que tiene sombra y loco de furia se atreve a envestir por la zona de Sol, no aconsejable a caracoles que hacen esfuerzos a plena carrera con la baba justa.


Eso de Hombreculo suena a Superhéroe americano: ya le imagino barriendo la delincuencia de las calles a base de sonoros pedos, algo así como las sopladoras de los jardineros para barrer hojas, pero a una escala estúpida como la cultura USA cuando usa la cultura para aburrir con sus comics.

Saludos, chavales, pasadlo bien.

Locuán dijo...

El de antes era Locuán, q entró como anónimo en vez de entrar por su cuenta (y riesgo). La vejez q es mu mala...

Saludos, chicos
Ana

Anónimo dijo...

Un texto digno de Absurdilandia, rayando más allá de los límites de lo absurdo pero sumamente ingenioso.

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