
En el lecho,
me rodeas con las piernas.
Mi cara sobre tu rodilla,
creo en la vida como una bondad regalada
cuando mi pueril veneración
detiene el tiempo
ante la fuente de la feminidad,
pórtico del acogedor templo,
centro y eje de todos los paisajes del amor,
único lugar en el mundo
donde morir es un privilegio
del que no pueden gozar los dioses...Pobres inmortales.
Recuerdo aquel día en que te conocí.
Qué placer,
todo vehemente imaginativo,
el escalarte los tobillos
por la vertiente del deseo voraz,
embelesado en la ensoñación
de un ascenso pasional hacia tu cumbre.
Qué cínica mi sonrisa,
qué falso mi gesto de prestar atención a tu charla
sobre no recuerdo qué grupo musical,
mi pensamiento centrado en beber lobuno
de todos los manantiales de tu montaña.
Dulce agua que sacia y no sacia.
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