Incesantemente, la incertidumbre me incapacita
en una insólita incredulidad.
Incordio con imprecaciones indecentes
la incuestionable indefensión de mi indigna indolencia,
indocto introvertido
en la industria de los indultos
a la infame impaciencia.
En insípidos intervalos de ingenio indomable,
insulto la inflexible intransigencia de la inquietud
con la implicación de mi improvisada infancia,
por incendiar
la impredecible impertinencia
de la inmensa e insufrible invocación
a la inconformidad de mis instintos.
Un incomprendido imbécil
me importuna
desde la incómoda, impúdica, indeleble
impavidez instigadora de mi infortunio.
Insisto en indultar
la incógnita imposible de un impulso incierto
con la insensata insurgencia
de una íntima invalidez intelectual,
inmerso en la indisciplina
de la infecunda inconstancia
por la insana imprecisión de mis incoherencias.
Aún implacable impío,
inspiro con inflamada informalidad
la incurable incongruencia insuperable
de invadir el invernadero de los incentivos
para inclinar la inseguridad
hacia el ingente imperio de las impresiones intangibles.
Ya me vale.
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