Cuando menos lo esperas, ocurre que al abrir los ojos alguien te está mirando fijamente, estático.
Sostienes la mirada de esos dos espejos sosegados y te desarma la inquebrantable lealtad que entregan, lealtad enraizada en una antiquísima herencia genética, lealtad templada con instintiva sabiduría. Ves en esos ojos tanta inocencia dócil, tanta incomprensible generosidad por encima de su propia vida misma, que ante esa fidelidad que nada reclama, ni nada espera, ni reprocha nada de ti, te cuestionas si eres digno de ser honrado con su amistad. Es entonces cuando despiertas del trance de esa comunicación visual, y recordando quién es quién, gritas "¡Vamos!", y esa forma de vida terrestre se levanta ladrando feliz y salís juntos a pasear por el planeta, tú con cierta tristeza, consciente como eres de que no encontrarás semejante ejemplo de nobleza en ninguna otra especie de ese mundo.
domingo, 28 de agosto de 2011
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