Con garras afiladas en folios y libros,
con dientes de espuma de calimocho
saltó sobre su presa.
"Los cadamelos mueden chupaos
poque son calvos".
Le dijo,
y ella, también estudiante, claudicó a la bobada.
Les dolían las orejas de repetidas las canciones,
razón de sacarse juntos de la discoteca
y tambalearse etílicos
hacia el callejón de las mil meadas.
Oh, romanticismo,
sonaba una música de violines
o eran los gatos, que pegados a las baldosas
pedían auxilio,
no se supo.
La luna llena iluminaba a la madre que la parió,
porque aquel rincón
"Como cojón de grillo oscuro estaba",
que diría un Yoda nublado
por los avances del Darbeider o como se llame,
el de la Guerra de las Galaxias.
Panda ñoños, con todo el espacio que hay pelearse por unas galaxias.
Volviendo al tema,
en el concurso de despropósitos,
él dio el primer beso
contra un chicle pegado
a un desagüe mugriento.
"Tas leprosa, tía".
Lo escupió.
"Te se cae la lengua a caxos"
Ella se hizo un esguince
intentando evadirse del tanga, oye,
que metió el dedo por la correa del bolso y tiró pa bajo que pa qué.
Hicieron el amor
con el pene por donde te contaré.
La feliz del cuento tuvo un orgasmo nervioso,
se lo creyó de veras,
tan sugestionable como siempre.
Realmente, él había desvirgado una de las bolsas de basura
en las que ella yacía acolchonaba.
"Te jiero, mor mío",
dijo él,
o ella,
o la bolsa de la basura,
tampoco se supo quién.
"Dame túmero deléfono".
Se desmayaron al unítonto.
Cuando despertaron estaban casados,
tenían cuatro hijos,
él era cónsul,
ella ejecutiva de una multinacional.
La bolsa fue reciclada.
Un cardenal compró el cepillo de dientes,
providencia divina.
¿Los gatos? Bien.
Se despegaron lamiéndose las patas.
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