No está bien seguir las órdenes de forma estricta cuando servidor realiza en este planeta en crisis su trabajo de estudio. Conciencia obliga, de forma que es momento de revelar los secretos de civilizaciones más avanzadas, como aquella de la que procedo, para ayudar a la especie humana.
Tratado de como mejorar la asistencia sanitaria pública con ahorro de medios y eficacia multiplicada.
En mi mundo hay un médico cada 200 millones de habitantes. Como sufrimos de pésima salud, porque nos cuidamos menos que la pintura de las paredes de las escaleras de vecinos, acudimos a consulta a campo abierto, a ser posible llano. Allí reunidos, por cientos de miles, nos bajamos los pantalones y apuntamos los culos a los cerros donde se sitúan las ametralladoras dispara-termómetros. Después de cinco minutos de ráfagas, todos tenemos insertado uno vía anal y varios clavados en las nalgas. Aprovechamos la espera siguiente para guardar un minuto de silencio por los caídos, que siempre hay algún idiota que mira hacia atrás y le entra el termómetro por el ojo que no es, quiero decir, uno de la cara. A continuación cada cual lee su temperatura y nos colocamos todos por grupos de grados centígrados. El médico, por megafonía, va gritando síntomas a la velociad de un subastador de pescado en la lonja de un puerto marinero y todos nos vamos poniendo en manadas de miles que tenemos los mismos. Cuando ya nos hemos colocado todos en alguno de los doscientos o trescientos grupos, desde enfermos de gripe hasta enfermos de cáncer, pasando por aquejados de impotencia o gente con callos en los pies, entonces despega el avión de las recetas, una aeronave de 400 toneladas de capacidad cargada con ordenados palets, cada uno de ellos con kilos de recetas iguales que varios operarios van tirando por la compuerta del avión para que vallan descendiendo como panfletos sobre los grupos que hay abajo. El método es absolutamente eficaz, excepto los días de viento, en que algunas recetas contra la gripe caen en los grupos de enfermos de cáncer, lo cual no debe asustar a los humanos, pues a ustedes les ocurre lo mismo a diario, y eso que los médicos les entregan las recetas de uno en uno y en mano.
A todas esta actuación se le llama "Consulta", y transcurre en un espacio de tiempo de cinco minutos, por lo que para ir al médico no sólo hay que estar enfermo, sino también en forma, pues se hace obligado entrar y salir del campo abierto a la carrera para que pueda acudir a "consulta" el millón de pacientes siguiente que ha pedido hora (minuto) a continuación.
No me den las gracias, amigos terrícolas.
Sencillo, ¿eh? Y no se le había ocurrido a nadie.
¡...Pero cuanto tienen ustedes que evolucionar, Virgen Galáctica!
viernes, 11 de junio de 2010
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