Soy cordero plebeyo trovero,
acosado de lobos hambrientos.
No tengo yo mi pasto
a la orilla del arroyo
ni en la sombra del risco alto,
sino en el desierto estepario,
allí se horna mi alimento;
los rayos del sol
torturan los yermos
y hacen brillar las piedras
como los panes del panadero…
Son las piedras mi pábulo:
más tierno no lo encuentro.
Soy uno, y todo el rebaño soy
y un perro pobre es mi dueño
y pastor de mis lamentos.
Me guía fuera de los caminos
que llevan a los pueblos
donde tengo extraviada la risa;
me ladra y obliga
a despiadados descarríos;
recoge mis noches
en las torcas del terreno
para darme a beber el rocío,
y lame mis heridas:
así se cura él del hambre
y la sed de la vida,
que es un perro pobre mi dueño
y pastor de mis lamentos.
En lo alto, insultan los cielos
en corro ocioso y negro
buitres en grande bandada,
bien cebados en tantas mesas
bien servidas de inocentes entrañas.
Se ríen los ojos carroñeros,
fijos en mis lomos
porque soy cordero plebeyo trovero
acosado de hambrientos lobos.
No conozco tregua en mi compañía;
hacia un destino incierto
enfilo noche y día:
es la inercia mi aliento;
mi mejor actitud, la pasiva;
y si todo me falla,
de todo me río
y no le tengo miedo a nada
porque sé tomar
el regalo de la palabra
cuando la palabra se ofrece.
Entonces, cien puñaladas
cien caricias me parecen,
y me saben las piedras
a panes verdaderos,
y el rocío es copioso
manantial eterno,
y los buitres
cisnes bellos,
y las dentelladas
se hacen besos
de los lobos
ovejas hechos…
y cordero sigo siendo
y plebeyo
y trovero,
pero todo lo miro y lo veo
con el color que yo quiero.
miércoles, 1 de abril de 2009
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