sábado, 28 de febrero de 2009

¡Venga, hombre! (Análisis locuánicos sobre las costumbres humanas).

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...En el asiento de atrás puedo hacer el dormitorio por la noche y la sala de recibir visitas durante el día;

en el asiento del copiloto, la habitación de los invitados;
en ese lugar, en el espacio para las piernas, la cocina;
en la guantera, la oficina;
en el salpicadero, la mesa de trabajo;
en el asiento del piloto, la sala de estar;
en el maletero, armario ropero, despensa, trastero y librería;
el baño en el bar.

No me cabe la lavadora... A lavar al río...
No necesito comprar vivienda. Y añado la ventaja de tener la casa sobre ruedas, poder viajar por toda España. Y por el País Vasco. Y por Cataluña. Y por Valencia. Y por Soromujo de la Sierra. Aunque viajar mucho es monotonía y amuerma. Yo me fijo en los jubilados alemanes que vienen con caravana, con la cara vana, comiendo banana sin gana por la mañana, hola, Ana. Y en silencio. Joder, qué silencio media en algunas parejas de jubilados y también en las jóvenes con la comunicación jubilada. Hay recién casados que se ponen de morros y por un a ver quien aguanta más pasa un día, un mes, un año, y cuando llevan cuatro décadas peleados y con gesto facial de difunto crónico ya les da mucha rabia a cada uno el ser el primero en hablar porque el que habla pierde, y es perder cuarenta años de una vida. Aunque en estas cosas suelen ganar las mujeres, por la ecuación (Obedece = Cariñitos) * (Teportasmal = Cierropatas). Y funciona, lo cual demuestra que el hombre puede ser inteligente en toda circunstancia excepto en compañía de una mujer. De ahí se puede deducir la clasificación de las mujeres en dos grandes grupos:

(1). Extrovertidas Sinceras. "¡Eres gilipollas, tontolculo, mamón, que yo no soy tu madre!", lo piensan y se lo dicen a gritos en público rodeados de desconocidos que van y vienen con expresión indiferente y sin fijarse, aunque ya han mirado la escena de reojo y se están descojonando por dentro.

(2). Introvertidas de Espoleta Retardada. No le hablan ni le miran en público, se reprimen y en la máxima tensión rabiosa fuerzan una cara de mala leche y hacen gestos tan bruscos por la rúe que si las ven los municipales las piden la documentación y las registran el bolso.

Las (1) son incómodas de llevar del brazo, pero te acostumbras si anulas tu personalidad y te acalzonas.

Las (2) son incómodas para llegar a casa con ellas, porque sacan todo de golpe en capítulos interminables. Nunca van al grano. En realidad ninguna mujer va al grano, a no ser que le haya salido en la piel, entonces, sí, lo mismo lo espachurran con las uñas, si son de clase social floja, que piden hora en Corporación Dermoestética si son pijas, lo sean por posibles o por aspiraciones ñoñas. Éstas, (2), invierten muchas horas en sus maridos, horas de reproches, descalificaciones, ironías, repaso del historial de errores, fracasos, torpezas, recalco de supuestos defectos y manías, etcéteras. Ellos no entienden a qué viene la retahíla-conferencia ni por qué. Intentan sin éxito adivinarlo y a cada fallo ellas, vengativas, no sólo no lo desvelan, sino que suben dos octavas la impertinencia y sacan los morros dos centímetros más para alante, como los sacaban al principio de la relación para dar besitos, pero ahora por hacer más expresivos los ascos. Como apaciguar al enemigo es más frustrante y peligroso que ponerle un supositorio a un tigre despierto, los más listos y mejores estrategas proyectan pintar el techo de la cocina ese mismo día buscando la redención piadosa por el trámite de la brocha, o arreglan el enchufe ese que estaba roto en el baño desde la invasión de los Visigodos.

Esto de las reparaciones en casa es la hostia en bicicleta, sin frenos, cuesta abajo, por carretera de montaña. Puro instinto. Instinto macho: Sobrevivir y follar; instinto hembra: Sobrevivir y perfeccionar la casa. Soltar una mujer en un hogar con un mini-defecto es como soltar una gallina en un laberinto del tamaño de un aeropuerto donde hay un gusano escondido. La Caponata lo encuentra. Directamente. A la primera vuelta. Y es curioso cómo las mujeres descansan y se endulzan cuando ven eso reparado. Qué Paz. Por eso, es recomendable estropear cosas a escondidas. Que sí. Le quitas a la lavadora la carcasa del motor, sueltas un cable y atornillas el panel. Esperas. Ya cae ella sola en la trampa. "La lavadora está averiada, avisa a la casa por lo menos, que lo tengo que hacer yo todo, joder, siempre igual". Manos a la máquina, te peleas con los tornillos, haces ruido, juras, intentas sudar, aunque sea haciendo flexiones cuando ella no mira. Después de una hora de interpretación conectas el cable cómplice, cierras, atornillas, botón y voilá. Esa misma noche, sexo con el manitas...

Ahora, que los hombres cuando arreglan alguna máquina de verdad ¡hay que aguantarlos! Parece que crecen, sacan pecho, estiran el cuello, miran al techo, sonríen como si se la estuvieran tal y cual y sueltan el comentario. "¿Ves? Y si llamas al técnico te cobran 120 euros", breve y contundente frase que equivale al chillido del mono en el árbol de la selva cuando alcanza fruta más difícil, la que los demás no tienen capacidad para coger. Y va para largo, que el "efecto Lavadora” dura meses: se lo contará a los amigos, a las visitas, a desconocidos en los bares sin venir a cuento... Supongo que son las alienaciones de esta era tecnológica que vivimos... ¡Qué tiempos aquellos, cuando la ropa se lavaba a la orilla del río...!

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo tampoco necesito comprar una casa.

Concordamos.

Quizá no es mérito comparable con lo del río, pero lavo mi ropa en una pila, a mano. Es más confiable que las lavadoras.

Locuán dijo...

Qué tiempos aquellos de lavanderas, jabón verde y rozaduras en las rodillas...

Besos, Maga, y gracias por pasarte :-)
Ana

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