No creo que tanto le costase al río
decirme que soy reflejo de sombra como tantas antes
a su vera milenaria lo fueron en su importancia:
ninguna.
Golpeo mi cabeza contra una piedra, le riego la corriente,
le tiño carmesí,
(quien sabe si sea ése el único lenguaje que entiende)
y diluye mi estupidez hasta enmudecerla en su vasta indiferencia.
Ni un momento se detiene,
seguramente no le sorprendí,
qué sabe nadie en qué siglo y batalla
le aburrieron a beber sangre...
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