Divago por los paseos del pensamiento.
Visito mis manos
encadenadas por eslabones de cicatrices que dejan los esfuerzos
con el paso de los años;
el pecho, yermo pedregal, cuna de espinos secos
y extrañas flores exóticas, de otro mundo;
absurdos cuentos malparidos, cómplices traidores de la realidad;
lozanos claveles blancos en un rincón de la memoria
perfumado de ternura y risa;
mi futuro asustado, pendiendo de un hilo de miedo sobre un abismo de soledad malherida
por el recuerdo de las caricias casuales, ensimismadas,
de las mariposas de tus dedos;
tu sonrisa, autosuficiente, orgullosa, segura,
dominando el paisaje de admiradores desde la atalaya
de tanta belleza...
Ahora...
Ahora que aquí, al lado del mar,
veo y oigo la fuerza vital del mundo
en el romper furioso de las olas,
ahora que aprendo a tomar conciencia de los muñones
de mi naturaleza afectiva,
me pongo triste,
y le pregunto a la vida
por qué me regala este Sol,
este aire frío en la cara,
esos perros jugando en la arena,
ese barco balanceándose a lo lejos,
las alegres parejas que se hacen fotos en los jardines...
¿De qué me sirven esos,
de qué me sirven todos... todos los regalos?
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