
Errante de dolor,
llego con mi astronave
a una roca desértica,
tras un largo viaje.
Busco la soledad.
No me acompaña nadie.
Atrás lo dejo todo:
tecnología y equipaje.
Camino y me siento.
Pensamientos miserables
me hacen llorar,
y aquel mundo inestable
se cubre de lágrimas
en su mayor parte.
En mis lágrimas,
caídas a mares,
aparece palpitante
una forma de vida
que evoluciona imparable,
se diversifica rápida,
cubre el mar, forma aire,
y se extiende por la roca.
Una criatura fascinante,
dotada de inteligencia,
orgullosa y desafiante,
me intuye sin verme,
me llama "Dios Padre"
y llora, como hago yo,
pensamientos miserables.
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