lunes, 12 de enero de 2009

Dios







Errante de dolor,

llego con mi astronave

a una roca desértica,

tras un largo viaje.

Busco la soledad.

No me acompaña nadie.

Atrás lo dejo todo:

tecnología y equipaje.

Camino y me siento.

Pensamientos miserables

me hacen llorar,

y aquel mundo inestable

se cubre de lágrimas

en su mayor parte.

En mis lágrimas,

caídas a mares,

aparece palpitante

una forma de vida

que evoluciona imparable,

se diversifica rápida,

cubre el mar, forma aire,

y se extiende por la roca.

Una criatura fascinante,

dotada de inteligencia,

orgullosa y desafiante,

me intuye sin verme,

me llama "Dios Padre"

y llora, como hago yo,

pensamientos miserables.





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